La crisis del capitalismo europeo se profundiza, se agudiza la lucha de clases

La burguesía europea se ha pasado la mayor parte del 2011 de una cumbre de emergencia a otra tratando de evitar el colapso del euro y de la Unión Europea. Se han hecho comunicados grandilocuentes y declaraciones de intenciones altisonantes. Pero entramos en el 2012 y nada ha cambiado a excepción de que las contradicciones nacionales ahora son más agudas e insolubles de lo que antes ya eran. La Unión Europea en su conjunto podría entrar de nuevo en recesión. El capitalismo europeo mira al abismo y amenaza con arrastrar tras de sí a toda la economía mundial.

Después de dos años, la Unión Europea ha sido incapaz de resolver la crisis griega. Ahora, todos aceptan lo que hemos argumentado desde el principio: Grecia no puede pagar sus deudas. Las medidas de austeridad brutal que han obligado a tomar al pueblo griego han tenido el efecto opuesto: el de hundir más a la economía, con un deterioro de los niveles de vida, un colapso en la demanda, un alza en el desempleo, menor recaudación de impuestos y por tanto, una deuda mayor. Todos aceptan ahora que, tarde o temprano, Grecia va a declarar la suspensión de pagos de su deuda pública y será forzada a salir de la Zona Euro. Lo cual, a su vez, tendrá serias repercusiones para toda Europa.

La crisis en Grecia causó serios problemas, pero se ve empequeñecida por otros asuntos. Italia y el Estado Español necesitan colocar aproximadamente 1 billón de euros en bonos del estado durante los próximos cuatro años para pagar la deuda y el interés acumulado. Esto llevará a las finanzas públicas a un deterioro mayor llegando a niveles insostenibles. Italia está pagando actualmente un 7,17% de interés sobre bonos de 10 años, una cantidad intolerable. Tan solo las deudas de Italia acumulan 1,9 billones de euros, una cantidad suficiente como para llevar a la ruina a toda la Zona Euro.

La base de la crisis actual es clara. Simplemente es una cuestión de quién, si es que alguien lo hará, pagará las deudas asombrosamente enormes que se han acumulado en Europa. Si el dinero no se genera pronto, toda la Zona Euro, e incluso la UE, podrían desintegrarse rápidamente entre recriminaciones mutuas y proteccionismo.

La crisis de la deuda es simplemente la expresión superficial de la contradicción entre el colosal potencial de las fuerzas productivas y los estrechos límites de la propiedad privada y el Estado. El capitalismo produce necesariamente crisis de sobreproducción. Es decir, una crisis en la que se produce más de lo que el mercado puede absorber debido al colosal potencial de las fuerzas productivas y la capacidad limitada de consumo de las masas.

Las ganancias de los capitalistas en última instancia son el trabajo no pagado de la clase obrera. En el último periodo, la participación del capital en la renta nacional se ha expandido a costa de la parte de los trabajadores. La consecuencia fue el restringido poder adquisitivo de las masas que se convirtió en una barrera objetiva a la expansión de la producción capitalista. Por un tiempo, esta barrera se pudo superar a través de la expansión masiva del crédito, tal y como lo hemos visto en los 20 años anteriores al colapso de 2008. Pero justamente la enorme acumulación de deuda que permitió a la burguesía evitar una recesión profunda hace diez años, es el factor que ahora impide una recuperación seria de la economía.

Los capitalistas se enfrentan a una contradicción insoluble. Si empezamos por Grecia, no pueden dejar que el estado declare la suspensión de pagos por el efecto dominó que eso tendría sobre otros países de Europa que se enfrentan en mayor o menor grado a una situación análoga (empezando por Portugal, Grecia y siguiendo con España e Italia). Además, la suspensión de pagos de Grecia tendría un impacto inmediato en todo el sistema bancario europeo (pero principalmente alemán y francés) que son los que le prestaron el dinero.

Pero la única manera de obligar a Grecia a pagar es introduciendo medidas de austeridad salvaje y recortes masivos en los niveles de vida de los trabajadores y el pueblo griego. Eso como ya hemos visto, lejos de resolver los problemas de la economía griega, los empeora. La austeridad salvaje lleva a la contracción del mercado interno, la caída en la recaudación de impuestos, etc. Y finalmente empeora la crisis de la deuda pública. Es más, los planes de austeridad masivos están provocando una explosión social en Grecia con implicaciones revolucionarias.

Ya no se trata simplemente de una crisis económica sino, cómo admiten los analistas más agudos de la clase dominante, de que las recetas que se están aplicando para tratar de descargar su peso sobre la clase trabajadora amenazan con provocar una crisis de legitimidad del propio sistema capitalista.

Grécia no es más que el eslabón más débil de la cadena del capitalismo europeo. Pero como hemos visto, la atención de los buitres carroñeros de los mercados financieros y las agencias de calificación se ha trasladado a nuevas presas. No son ya sólo los países capitalistas más débiles de la periferia europea (Irlanda y Portugal), sino también España, Bélgica e Italia los que se ven obligados a pagar tipos de interés usurarios. Incluso Francia acaba de perder el estatus AAA de su deuda en la última recalificación de Standard’s and Poors. En realidad, más allá del elemento especulativo y rapaz de estas instituciones, en última instancia lo que hacen no es más que reflejar la confianza (o la ausencia de la misma) que tienen los inversores capitalistas en la capacidad de estos estados de resolver sus problemas económicos y por lo tanto devolver el dinero tomado prestado.

Austeridad permanente

En realidad, todas las cumbres europeas de emergencia se reducen a la lucha de la clase dominante alemana que no está dispuesta a asumir las deudas de España e Italia. En lugar de eso, buscan cargar sobre los hombros de la clase trabajadora todo el peso de los problemas del capitalismo europeo. Su exigencia de “disciplina” y “responsabilidad presupuestaria” es un intento de imponer un régimen permanente de austeridad, no sólo en Grecia e Italia, sino en todos los países de Europa.

El último acuerdo (“el pacto fiscal”) para salvar la economía europea de diciembre del 2011, si se implementa, significa austeridad extrema legal en todos los países firmantes. Es decir, lograr un requisito legal para que la clase trabajadora pague por la crisis, bajo la supervisión de burócratas no elegidos. El acuerdo obligará a los países que lo firmen a reducir sus déficits presupuestarios al 0.5% lo cual significa una política permanente de austeridad y ataques a la clase trabajadora. Esta es una receta acabada para dos cosas: una profunda recesión y una explosión de la lucha de clases.

Los países que por cualquier motivo incumplan los términos de este pacto fiscal se verán sometidos a duras sanciones, incluyendo la supervisión de los presupuestos nacionales por parte de la Comisión Europea (un organismo no electo). La soberanía nacional, que siempre ha sido ficción bajo la dominación del mercado global, ahora es pura pretensión, una fachada vacía.

De hecho, una de las consecuencias de la crisis capitalista en Europa ha sido justamente la de desnudar la farsa de la democracia burguesa ante los ojos de las masas. Hemos visto, tanto en Grecia como en Italia, la veloz sustitución de gobiernos burgueses democráticamente elegidos, por gobiernos “tecnocráticos” de “unidad nacional”, no elegidos por la población. En realidad se trata del gobierno directo de los banqueros y capitalistas, sin intermediarios políticos.

En Grecia eso se produce en una situación en la que el gobierno del PASOK, responsable de la aplicación de las medidas de austeridad, había perdido toda legitimidad ante los ojos de las masas. Además la clase dominante no confiaba en que unas nuevas elecciones fueran a producir un gobierno más fuerte, capaz de llevar adelante los ataques que necesita. En el caso de Italia, la ascensión del gobierno Monti refleja la desconfianza de los capitalistas (italianos y europeos) hacia Berlusconi y su capacidad de aplicar el ajuste brutal que necesitan. Para ello necesitan el truco de la “unidad nacional”, del “todos unidos contra la crisis, para salvar al país”, al que prácticamente todos los partidos con representación parlamentaria han prestado su legitimidad.

La instalación de estos gobiernos lejos de reflejar la fortaleza de la burguesía, revela precisamente la debilidad del sistema político en el que se había basado hasta ahora, enfrentado a la severidad de la crisis del capitalismo. En otros países en que la socialdemocracia gestionó los primeros compases de los planes de austeridad, la burguesía ahora cuenta con gobiernos de derechas con mayorías absolutas (véase el caso de Portugal y España). Pero se equivocan los que piensan que estos gobiernos representan una posición de fortaleza de la clase dominante a la hora de aplicar los ataques y planes de austeridad, y de apoyo popular a los mismos. Lo que representan fundamentalmente es el colapso del voto a aquellos partidos socialdemócratas que aplicaron la primera fase de los mismos.

El “pacto fiscal” fue una propuesta de Alemania; y Francia, que se supone sería un socio igualitario y de hecho ha sido reducido a un papel subordinado, no tuvo más remedio que apoyarla. Merkel y Sarkozy se encuentran forzados a presionar hacia una mayor integración política y económica en Europa. Hasta cierto punto, esta idea tiene lógica. Cuando el euro fue lanzado, señalamos que era imposible tener una moneda común sin tener regimenes tributarios comunes y un Estado unificado. Durante un período de tiempo el crecimiento económico suavizo las contradicciones de tratar de integrar a economías que se movían en direcciones opuestas. Ahora la crisis económica hace aflorar de nuevo las contradicciones nacionales entre las diferentes clases capitalistas de los países europeos. La presión hacia la integración bajo la dominación y austeridad alemana pronto se convertirá en su contrario, dirigiéndose a la ruptura de la Zona Euro e incluso de la UE.

Sobre las bases actuales, la integración no significa una solidaridad común de los pueblos europeos en la que los desequilibrios fiscales y crediticios son cancelados para el bien común. Significa el dominio completo de Europa por parte de Alemania. El camino en esta dirección provocará crisis políticas en un país tras otro.

Ni siquiera Alemania no está inmune a la crisis. En última instancia los bancos alemanes prestaron cantidades ingentes de dinero a Grecia, para que Grecia estuviera en condiciones de comprar productos alemanes. Alemania se ha convertido en una formidable máquina exportadora (en parte a través de mantener bajos los salarios en Alemania, estimulando la productividad) que depende del resto de economías de Europa y también de China para seguir creciendo. El agravamiento de la crisis en los países de la “periferia” de Europa ya está teniendo el efecto de disminuir drásticamente el crecimiento alemán. Esto es parte de la raíz de sus problemas de deuda.

Contradicciones nacionales

Las contradicciones nacionales irresolubles explotarán una y otra vez, y los inocuos insultos entre líderes europeos se convertirán en divisiones en toda regla. No se puede descartar que al llegar el momento decisivo y no tengan otra opción, el Bundesbank podría estar de acuerdo en financiar la deuda de España e Italia con tal de prevenir el colapso del euro. El problema es que Alemania no puede darse el lujo de rescatar a España, por no hablar de Italia y Francia, que también se encuentran bajo la amenaza de los mercados de bonos.

Tal y como las presiones proteccionistas y nacionalistas están creciendo, somos testigos del inicio de un inexorable descenso hacia la desintegración y el proteccionismo europeo. Durante el boom, todas las contradicciones nacionales y de clase pueden mantenerse ocultas hasta cierto punto. Durante la crisis, todas las contradicciones encubiertas, pero construidas durante el boom salen a la luz por sí mismas, y la actual es una gran crisis.

El colapso de la Zona Euro podría poner en duda el futuro de la misma UE, podría empujar tanto a la economía europea como a la mundial hacia una depresión colosal, tal como advirtió la dirección del FMI. La creciente crisis del euro y la grieta diplomática entre Gran Bretaña y Francia apresuran a Christine Lagarde a emitir su más fuerte advertencia acerca del estado de la economía global. Advirtió que, a menos que algo se haga, la economía mundial enfrenta “contracción, proteccionismo creciente y aislamiento”. Añadió: “Esto es exactamente la descripción de lo que pasó en los años treinta, y lo que siguió es algo que no buscamos.” La directora administrativa del FMI teme que esta caída de Europa hacia una recesión tenga implicaciones serias para el resto de la economía global. “Las perspectivas para la economía mundial en este momento no son nada halagüeñas. Más bien son bastante deprimentes.”, dijo, en su declaración del año.

Los miedos de la señora Lagarde están bien fundados. Las contradicciones crecen todo el tiempo. Ha habido una fuerte escalada en la batalla mercantil entre China y los EEUU, que proyectan una larga sombra sobre el futuro de la globalización y el comercio internacional. Éste es el aspecto más preocupante de la presente situación desde el punto de vista de la burguesía. Debemos recordar que fue precisamente el proteccionismo, las guerras mercantiles y las devaluaciones competitivas las que convirtieron el Gran Crash de 1929 en la Gran Depresión de los treinta.

Los comentaristas políticos y económicos están hablando constantemente acerca del problema como si hubiera una solución mágica, escondida por ahí y están desesperados y perplejos al ver que nadie parece encontrarla. En realidad, no existe una salida a la crisis. Es posible que en un último intento desesperado por salvar el euro, el Banco Central Europeo comience a imprimir euros en gran cantidad, al igual que Gran Bretaña y EEUU lo hicieron con sus respectivas monedas. Deben apoyarse en estas medidas para intentar aligerar la presión en los bonos gubernamentales y “resolver” la crisis de la deuda. Pero esto sería una medida desesperada, cargada de las más serias consecuencias.

Esta opción sería el equivalente al de un hombre tomando heroína. Los efectos iniciales hacen parecer que los problemas desaparecen pero, después, se da cuenta de que no sólo los problemas regresan peores, sino que la droga genera nuevos problemas. La expansión monetaria irrestricta eventualmente conllevará una alta inflación o incluso hiperinflación. Esto terminaría en una depresión económica aún más profunda que destrozaría a Europa. Los comentaristas serios de la burguesía están preocupados:

“El resultado más plausible de la orgía de austeridad fiscal: recesiones estructurales a largo plazo en países vulnerables. Hablando sin rodeos, la moneda única originará un decrecimiento en los salarios, deflación de deuda y depresión económica prolongada. ¿Puede esto mantenerse a pesar del enorme coste de una ruptura?” (Martin Wolf).

Ahí está la otra cara de la moneda. Todos los intentos por restablecer el equilibrio económico no hacen sino romper el equilibrio social y político. George Magnuss, un importante analista económico del banco suizo UBS habla advierte con preocupación de “desafíos al poder, la autoridad y la legitimidad del orden político y económico existente.”

¿Qué programa para hacer frente a la crisis del capitalismo?

Grecia es el eslabón más débil del capitalismo europeo y como consecuencia también el país dónde la lucha de clases ha alcanzado su expresión más aguda. Todas las condiciones objetivas para la revolución existieron en Grecia en los últimos dieciocho meses:

  • La clase capitalista estaba dividida, y había perdido su confianza
  • La clase media estaba vacilante e inclinada a apoyar un giro revolucionario
  • La clase obrera estaba en lucha y dispuesta a hacer los mayores sacrificios para seguir adelante

¿Qué más se puede esperar de la clase obrera griega? ¿Qué más podían hacer? Desde la mitad del año 2010 se han producido huelga general tras huelga general acompañadas por movilizaciones cada vez más amplias de los trabajadores y las masas. Pero después de las primeras huelgas generales en Grecia, la consigna de la huelga general de 24 horas dejó de tener sentido. El movimiento había ido más allá. La única consigna adecuada era la de una huelga general indefinida. Pero en una situación como la de Grecia, esto plantea la cuestión del poder. No se puede jugar con este lema. Tiene que estar vinculado al desarrollo de los órganos de poder popular –comités de lucha o sóviets– vinculados a los sindicatos.

Si no tomaron el poder, no fue por su culpa, sino por el fracaso de todos y cada uno de los llamados dirigentes. La ausencia de una dirección revolucionaria fue lo que frenó a los trabajadores. Si la dirección del Partido Comunista griego hubiera adoptado un punto de vista leninista correcto, tanto en su programa como en la aplicación correcta de la política de Frente Único, la cuestión del poder ya se habría planteado. En muchos sentidos, la situación era bastante más avanzada de lo que era en Rusia en febrero de 1917.

Y sin embargo, en todos los momentos clave, los dirigentes de las organizaciones obreras no estuvieron a la altura. En primer lugar no cuentan con un programa correcto para enfrentarse a la crisis del capitalismo. Por una parte los dirigentes de Synaspismos, el componente fundamental de la Coalición de la Izquierda Radical (Syriza), tienen una postura totalmente reformista, basada en la idea de que se puede regular el capitalismo. Proponen la renegociación (no la cancelación) de la deuda que en realidad es lo mismo que proponen los capitalistas europeos ante la evidencia de que la deuda no se puede pagar. Estas propuestas las comparte un sector de los dirigentes de la izquierda en otros países de Europa (como por ejemplo el Bloco de Esquerda en Portugal), y no son más que un intento de resucita el reformismo socialdemócrata, en un período en que la crisis del capitalismo hace imposible la aplicación de reformas. Al contrario, dentro de los límites del sistema capitalista en crisis, no caben más que contrareformas y ataques.

En última instancia éste programa se reduce a la idea de que es posible aplicar algún tipo de estímulo keynesiano a nivel europeo. El problema es que no se puede aplicar un programa de estímulo keynesiano a través de un programa masivo de obras públicas precisamente por la enorme cantidad de deuda acumulada por parte de los estados. ¿Cómo se iba a financiar un plan de esas características? Los estados ahora mismo tienen ya serios problemas para conseguir refinanciar su deuda actual, y se ven obligados a pagar precios de extorsión en los mercados financieros.

Por su parte, los dirigentes del Partido Comunista Griego (KKE), tienen una postura igualmente incorrecta, pero anti-europea y nacionalista. Parecería que todos los males provienen de la Unión Europea y que todo se resolvería si Grecia saliera de la UE y de la OTAN y adoptara una “economía popular”, y una solución “anti-monopolista y anti-imperialista.” Aunque es cierto que el KKE usa un lenguaje mucho más radical y en el último período ha identificado la crisis del capitalismo como causa de la actual crisis económica, lo cierto es que el programa que plantea su dirección se queda a mitad de camino. En realidad la única solución es poner fin al sistema capitalista mediante la expropiación de los principales medios de producción para poder establecer la planificación democrática de la economía bajo control de los trabajadores. Hablar de “economía popular” y de “anti-monopolismo” es introducir confusión innecesaria.

Además, el socialismo no se puede establecer dentro de las fronteras nacionales de Grecia. Una revolución socialista victoriosa en Grecia debería hacer un llamado claro a la clase obrera del resto de Europa a seguir su ejemplo, un llamamiento que caería en terreno abonado. La única alternativa real a la Unión Europea, es decir la Europa de los capitalistas, son los Estados Unidos Socialistas de Europa. En lugar de eso, la dirección del KKE habla de “la firma de acuerdos mutuamente beneficiosos de relaciones de cooperación internacional” y “utilizar efectivamente las contradicciones inter-imperialistas para la prosperidad de la sociedad y la defensa de los derechos soberanos del país,” en definitiva, se aferra a la vieja teoría estalinista fracasada del “socialismo en un solo país,” justo en el momento en que la interpenetración de las economías de todos los países la hace, si cabe, más imposible aún. La dirección del Partido Comunista de Portugal está atrapada en el mismo tipo de programa de construir una “economía popular y patriótica” dentro de los límites nacionales y sin hablar claramente de romper con el sistema capitalista.

La dirección del KKE además, está aquejada de un sectarismo extremo que se levanta cómo una barrera para atraer a sectores más amplios de jóvenes y trabajadores que buscan una alternativa revolucionaria. En Grecia ahora mismo existe una necesidad urgente de proponer un frente único de la izquierda que englobara al KKE a Syriza y los sindicalistas del PASKE (la fracción sindical
del PASOK) que han roto con el gobierno de Papandreou, sobre la base de un programa mínimo que incluyera el rechazo a todos los recortes, el impago de la deuda y la nacionalización de la banca y los sectores clave de la economía. Un llamamiento a un frente unido de estas características electrificaría a las masas de trabajadores que están buscando una alternativa política, que se han dado cuenta que las huelgas generales por sí solas no pueden resolver la situación.

Sin embargo las direcciones de los partidos de izquierdas se niegan a avanzar por ese camino. La dirección del KKE tiene una especial responsabilidad en esto por su negativa empecinada a hacer un llamado de éste tipo. Su postura es la de que todas las demás organizaciones son reformistas y sólo ellos son revolucionarios, por lo tanto los trabajadores cuando se den cuenta, ingresarán o apoyarán al KKE. Incluso si fuera cierto que la política del KKE ante la crisis es correcta (y ya hemos visto que no lo es), sería necesario establecer un diálogo con las amplias masas de trabajadores que, estando en oposición a las políticas de austeridad, aún no hubieran comprendido la necesidad de una solución revolucionaria. Ese diálogo sólo se puede establecer mediante la lucha común y con la política leninista del frente único.

Existe por lo tanto un abismo enorme entre la gravedad de la crisis y las necesidades objetivas que la ésta plantea y la respuesta que han dado hasta el momento los dirigentes de las organizaciones políticas de los trabajadores. Millones de jóvenes y trabajadores, a través de su propia experiencia han llegado a conclusiones muy avanzadas. El sistema económico capitalista está siendo ampliamente cuestionado. La democracia burguesa también está muy desacreditada, en la medida en que la crisis revela su auténtico contenido: la dictadura de los mercados, la dictadura de los capitalistas. Ese es justamente el detonante del movimiento de los indignados que hemos visto extenderse a un país tras otro, con formas diferentes. “No somos mercancías en manos de banqueros y políticos”, “no a la dictadura de los mercados”, “no nos representan,” estas consignas concentran en pocas palabras un cuestionamiento amplio y profundo del orden de cosas existente.

Y no se trata solamente de un cuestionamiento, sino que existe una conciencia amplia de que solamente a través de la lucha de masas se puede cambiar la situación. La revolución árabe, transmitida en directo a millones de hogares en todo el mundo, irradió un mensaje muy poderoso: la acción revolucionaria de las masas puede tumbar al más represivo de los regímenes. Sin lugar a duda los indignados españoles se inspiraron en la plaza Tahrir y el derrocamiento de Ben Alí en Túnez. Esa misma inspiración cruzó el océano y llegó a los EEUU con el movimiento “Ocupa Wall Street”.

La lucha de clases

Por toda Europa, con diferentes ritmos en diferentes países, se han producido amplios movimientos huelguísticos y de protesta contra los planes de austeridad. En Grecia la lucha de clases ha alcanzado su expresión más aguda, con más de 15 huelgas generales de 24 y 48 horas en el último período. Pero Grecia nos muestra el camino por el que se va a dirigir la lucha de clases en otros países europeos en el próximo período. En el estado español vimos el movimiento masivo de los indignados que ha movilizado a cientos de miles contra el impacto de la crisis del capitalismo y que refleja un ambiente mucho más amplio entra la población. En Portugal tuvimos en Noviembre del 2011 una enorme huelga general contra el brutal plan de ataques del recién elegido gobierno de derechas. En Gran Bretaña presenciamos en también en Noviembre del 2011 una huelga general del sector público que fue incluso mayor que durante el invierno del descontento de 1978/79. En Bélgica se ha convocado una huelga general para el 30 de enero.

Pero la clase obrera, en la mayoría de los países, no ha hecho más que empezar a flexionar sus músculos. En muchos casos no han comprendido todavía la profundidad de la crisis. En particular los dirigentes de las organizaciones sindicales intentan llegar a compromisos del “mal menor,” para evitar ataques mayores. Toda la experiencia demuestra que después de un compromiso en que se acepten retrocesos, la clase dominante exigirá más.

Ni qué decir tiene que los marxistas siempre estaremos en la primera línea de cualquier batalla para mejorar las condiciones de la clase obrera. Lucharemos por cualquier conquista, por pequeña que sea, porque la lucha por el socialismo sería impensable sin la lucha del día a día por avanzar bajo el capitalismo. Sólo a través de una serie de luchas parciales, de carácter defensivo y ofensivo, las masas pueden descubrir su propia fuerza y adquirir la confianza necesaria para luchar hasta el final.

Hay ciertas circunstancias en que las huelgas y las manifestaciones de masas pueden obligar a la clase dominante a hacer concesiones. Pero ésta no es una de ellas. El carácter tan agudo de la crisis del capitalismo deja muy poco margen de maniobra para las concesiones por parte de capitalistas individuales y ni siquiera por parte de gobiernos nacionales. Para que tenga éxito, es necesario elevar el movimiento a un nivel superior. El lema de la huelga general pasa a primer plano. Pero incluso una huelga general, en sí misma, no puede resolver los problemas de la sociedad, como demuestra el ejemplo de Grecia. La movilización general de las masas, llegados a cierto punto, debe estar vinculada a la necesidad de una huelga general indefinida, que directamente plantee la cuestión del poder estatal.

Unos dirigentes confusos y vacilantes, son capaces de producir sólo derrotas y desmoralización. La lucha de los trabajadores y de la juventud sería infinitamente más fácil si fuera encabezada por dirigentes valiente y con perspectiva. Pero estos dirigentes no caen del cielo. En el curso de la lucha, las masas pondrán a prueba a todas las tendencias y dirigentes. Pronto descubrirán las deficiencias de esas figuras accidentales que aparecen en las primeras etapas del movimiento revolucionario, como la espuma que aparece en la cresta de la ola, y que desaparecerán al igual que lo hace dicha espuma.

Precisamente, por la ausencia de una dirección revolucionaria decidida y con raíces entra las masas de la clase trabajadora, la situación actual no se puede resolver en el corto plazo. Será un proceso más prolongado, con flujos y reflujos, con avances y derrotas. Eventualmente la lucha pasará del terreno sindical al terreno político y las viejas organizaciones se verán transformadas.

A través de su experiencia, un número creciente de activistas llegará a ver la necesidad de un programa revolucionario consistente. Esto sólo lo puede proporcionar el marxismo. Ideas que durante décadas fueron escuchadas por pequeños grupos serán buscadas ansiosamente, en primer lugar por cientos, y luego por miles y cientos de miles de personas. Lo que se requiere es, por un lado, un paciente trabajo de preparación de los cuadros marxistas y, por otro lado, la experiencia concreta de las propias masas.

Lo que hemos visto hasta ahora no son más que los prolegómenos de una época revolucionaria que ya ha empezado y en la que las masas de la clase trabajadora y la juventud tendrán una y otra vez la oportunidad de tomar el futuro en sus propias manos poniendo fin al sistema capitalista que les condena al desempleo, la explotación y la miseria creciente. Confiamos plenamente en la capacidad de jóvenes y trabajadores para llevar adelante ésta tarea.