
La invasión estadounidense de Venezuela a principios de este año es un acontecimiento de importancia histórica. Con el secuestro del presidente Nicolás Maduro y su esposa bajo una lluvia de balas y bombas, la Administración Trump anunció el fin definitivo del orden mundial «basado en normas».
[Publicamos aquí el editorial del número 43 de la revista ‘América socialista’ – la revista teórica trimestral de la Internacional Comunista Revolucionaria. ¡Obtenga su copia ahora!]
Ha quedado atrás la época en la que se apelaba al «derecho internacional» y a la «democracia» como pretextos para justificar las intervenciones imperialistas. Esta operación no fue más que la reducción descarada de una nación soberana a un Estado semicolonial con el fin de hacerse con materias primas y esferas de influencia.
La operación «Absolute Resolve» también pretendía enviar un mensaje claro al resto de América, y fue seguida de amenazas directas a Colombia, México y Cuba. Todo esto forma parte de un intento del imperialismo estadounidense por restablecer un control firme sobre el continente, tal y como se recoge en el nuevo documento de la Estrategia de Seguridad Nacional de Trump y en la cumbre «Escudo de las Américas» celebrada en marzo.
La esencia de la política de Trump, conocida como el «corolario de Trump a la Doctrina Monroe» —o «Doctrina Donroe»—, puede resumirse en las palabras de la cuenta oficial de X del Departamento de Estado de EE. UU.:
«Este es NUESTRO hemisferio, y el presidente Trump no permitirá que se ponga en peligro nuestra seguridad».
En este sentido, la Administración Trump no hace más que reiterar una política de larga data del imperialismo estadounidense en relación con su llamado «patio trasero». Ya en 1912, el presidente William Taft afirmó que el hemisferio occidental «será nuestro de hecho, ya que, en virtud de nuestra superioridad racial, ya es nuestro moralmente».
Pero esto no es el «regreso del imperialismo», como lamenta la prensa liberal. Es simplemente la continuación de cinco siglos de dominación, saqueo y explotación en América Latina.
Cinco siglos de saqueo
América Latina tiene todo lo necesario para construir un paraíso en la Tierra, pero su gente se ha visto obligada a soportar un duro purgatorio. Primero bajo el dominio de España y Portugal, luego de Gran Bretaña y, por último, pero no por ello menos importante, de Estados Unidos, durante 500 años las tierras y los pueblos de América Latina han sido saqueados de forma despiadada y sistemática. Este saqueo constante quedó brillantemente plasmado en el libro de Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América Latina, publicado en 1971.
Los primeros conquistadores llegaron en busca de oro y plata, pero a medida que se desarrollaba el mercado mundial, también lo hacía su voraz apetito por otras materias primas esenciales para el desarrollo de la economía moderna: hierro, estaño, cobre, petróleo y, ahora, el litio —conocido como «oro blanco»— y el cobalto, para tecnologías «verdes» y militares.
Puede que el botín haya cambiado de forma a lo largo de los siglos, pero la brutalidad con la que se ha obtenido se ha mantenido constante.
Los indígenas sometidos a trabajos forzados y los africanos esclavizados trabajaban antaño en las minas de Potosí. Hoy en día, los trabajadores indígenas «libres» se ven empujados por una pobreza extrema a trabajar jornadas agotadoras a cambio de salarios míseros, solo para morir de intoxicación pulmonar a los 45 años, casi 30 años antes que el resto de la población. ¿Qué es esto sino esclavitud con otro nombre?
Las riquezas de América Latina no se limitan a los minerales que se encuentran bajo tierra; su impresionante biodiversidad y sus fértiles suelos han proporcionado productos básicos fundamentales para el mercado mundial durante siglos. A los cultivos autóctonos, como el cacao, el algodón y el caucho, se sumaron cultivos comerciales intensivos procedentes del extranjero —azúcar, café y plátanos—, introducidos a gran escala a través de la economía de las plantaciones.
La expansión de las plantaciones fue acompañada de la destrucción tanto del medio ambiente como de innumerables comunidades campesinas indígenas, a quienes les robaron sus tierras y se vieron obligadas a trabajar en haciendas como siervos o en las minas. Hoy en día se está produciendo un proceso similar en las selvas tropicales de Brasil, donde los mineros de oro y los ganaderos están desplazando y asesinando a los pueblos indígenas.
Estas antiguas haciendas se han transformado desde entonces en modernos latifundios: fincas gigantescas que monopolizan la tierra. A los nobles españoles y a la Iglesia católica les sucedieron simplemente los señores capitalistas de la tierra, como la United Fruit Company, que en la década de 1950 poseía el 40 % de toda la tierra cultivable de Guatemala.
En muchos sentidos, este proceso de desposesión y explotación refleja lo que Marx describe como la «acumulación primitiva de capital», que allanó el camino para el surgimiento del sistema capitalista. Pero, a diferencia de lo ocurrido en Europa, esta brutal explotación no dio lugar a economías fuertes e industrializadas en América Latina. En lugar de invertirse en el país, los beneficios se desviaron hacia cuentas bancarias en el extranjero, y solo unas migajas recayeron en los compinches locales del capital extranjero.
El mineral procedente de minas de propiedad extranjera se transporta por vías férreas financiadas con préstamos extranjeros hasta los puertos, donde lo recogen compañías navieras extranjeras, para luego ser refinado en otros lugares y revendido a la región a precios mucho más elevados. Cualquier intento de las empresas nacionales por competir ha sido aplastado. Este ciclo de dependencia se ve reforzado por la deuda. Mientras que antes las colonias pagaban un tributo a la Corona española, ahora pagan una suma mucho mayor en concepto de intereses a los bancos de los países «avanzados».
Este sistema sería imposible de mantener sin un ciclo interminable de injerencias imperialistas, guerras y genocidios. El resultado es una tasa media de pobreza que duplica aproximadamente la de los países de la OCDE. En total, el 56,5 % de los latinoamericanos se encuentra «en situación de pobreza» o es «vulnerable», lo que convierte a esta región en la más desigual del mundo.
La pobreza y la violencia que sufren las masas provocan inevitablemente la migración. Ya en 1830, Simón Bolívar se lamentaba: «Lo único que se puede hacer en América es emigrar». En 2020, 47,2 millones de emigrantes de América vivían fuera de su país natal, a menudo siguiendo el rastro de las ganancias robadas para encontrar trabajo en las naciones que habían empobrecido sus países de origen.
La antorcha de la revolución
Los siglos de opresión se han enfrentado a siglos de resistencia y revolución por parte de los pueblos de la región.
La primera revolución exitosa contra la esclavitud y el colonialismo en América Latina tuvo lugar en Haití, donde el levantamiento de esclavos de 1791 transformó la colonia más rentable del mundo en la primera nación independiente de América Latina y el Caribe.
A esto le siguió una oleada de revoluciones en lo que entonces se conocía como la América española, tras la derrota de la monarquía española a manos de Napoleón en 1808. La primera de estas revoluciones comenzó en La Paz en julio de 1809, cuando la Junta Tutelar de los Derechos del Pueblo, liderada por Pedro Domingo Murillo, emitió una audaz declaración de independencia, condenando la «tiranía de un usurpador injusto que, degradándonos de la raza humana, nos ha tildado de salvajes y nos ha considerado esclavos».
Aunque Murillo fue capturado y ejecutado por las fuerzas imperiales en enero de 1810, declaró con tono desafiante:
«La tea que dejo encendida, nadie la podrá apagar».
No se equivocaba.
En la primavera de ese año estallaron revoluciones en Caracas y Buenos Aires, dando inicio a una era de guerras revolucionarias que acabarían por liberar a toda la América del Sur hispanohablante.
Mientras tanto, en la madrugada del 16 de septiembre de 1810, Miguel Hidalgo hizo sonar las campanas de la iglesia de la localidad mexicana de Dolores y pronunció su famoso «Grito de Dolores», entre varias versiones se encuentra la siguiente: del que se dice lo siguiente:
«Hijos míos! ¡Únanse conmigo! Ayúdenme a defender la patria! Los gachupines quieren entregarla a los impíos franceses. ¡Se acabó la opresión! ¡Se acabaron los tributos! Al que me siga a caballo le daré un peso; y a los de a pie, un tostón.»
En 1826, todas las naciones modernas de América Latina, excepto Cuba y Puerto Rico, habían conseguido su independencia.
Estos movimientos fueron profundamente progresistas y plantearon las reivindicaciones clásicas de la revolución democrático-burguesa: soberanía nacional, igualdad jurídica, abolición de la esclavitud y reforma agraria. Sin embargo, dado que la burguesía criolla criolla temía a las masas más de lo que odiaba a la Corona, estos objetivos a menudo se vieron comprometidos o quedaron a medias.
La antorcha de la revolución volvió a pasar de manos un siglo más tarde, con el estallido de la Segunda Revolución Mexicana en 1910. Esta época fue testigo del surgimiento de líderes campesinos radicales, como Pancho Villa y Emiliano Zapata, cuyo grito de «La tierra para quien la trabaja» se ha convertido en una reivindicación fundamental de las revoluciones en toda América Latina.
Desde entonces, movimientos revolucionarios inspiradores han sacudido la región una y otra vez. Pero esto no solo pone de manifiesto el heroísmo de las masas, sino que demuestra que la gran Revolución Latinoamericana aún no ha concluido.
Tareas pendientes
A pesar de dos siglos de lucha, ninguna de las reivindicaciones fundamentales planteadas por las masas se ha cumplido plenamente. La soberanía nacional —definida como la autoridad suprema de un Estado para gobernarse a sí mismo sin injerencias externas— sigue siendo más una aspiración que una realidad, en una región donde la injerencia imperialista se hace sentir en todos los ámbitos de la sociedad.
Dejando de lado el hecho de que Puerto Rico sigue siendo un «territorio no incorporado» —una colonia— de los Estados Unidos, ¿hasta qué punto podemos hablar de soberanía nacional, incluso en países que son formalmente independientes?
¿Qué significa la soberanía en Venezuela cuando su presidente puede ser secuestrado por una potencia extranjera y juzgado en Nueva York como un delincuente común, mientras que las políticas e incluso el presupuesto del Gobierno se dictan desde el exterior? ¿Y puede considerarse realmente soberano el Estado argentino cuando sus leyes de reestructuración de la deuda pueden ser anuladas de hecho por un tribunal de Estados Unidos, como ocurrió cuando los «fondos buitre» estadounidenses demandaron con éxito a Argentina en 2013?
Del mismo modo, durante décadas, el ejército estadounidense ha actuado con impunidad en territorio colombiano, llevando a cabo actos de injerencia política, tortura y asesinato en nombre de la «lucha contra el narcoterrorismo».
En última instancia, esta falta de soberanía política se debe a la falta de independencia económica de estos países. En toda la región, los sectores más importantes de la economía están dominados por monopolios extranjeros.
Se calcula que hasta dos tercios del sector minero chileno son de propiedad extranjera. Incluso en países donde las minas son explotadas en su mayor parte por cooperativas locales y el Estado, como en Bolivia, muchas explotaciones locales están, de hecho, financiadas con capital extranjero y dependen de la tecnología suministrada por empresas de los países imperialistas.
La situación es similar en el sector manufacturero. La industria automovilística mexicana constituye su principal fuente de exportaciones y está controlada en un 90 % por capital extranjero. Por su parte, los bancos extranjeros, como Santander, dominan el sector financiero.
Una de las reivindicaciones fundamentales de la revolución latinoamericana ha sido la reforma agraria. Con la distribución de la tierra más desigual del planeta, el 1 % de las «megafarmas» de la región controla más tierras productivas que el 99 % restante de los agricultores juntos.
En Colombia, el 1 % de las explotaciones agrícolas más grandes concentra el 81 % de la tierra. Y esta desigualdad extrema, a su vez, alimenta la violencia y la inestabilidad que se viven actualmente en gran parte del campo.
En este contexto, incluso la democracia formal se convierte en una cáscara vacía. Aunque América Latina ha elaborado más constituciones que cualquier otra región del mundo, los derechos consagrados en estos documentos se limitan, en gran medida, al papel en el que están escritos.
La realidad es una región que lleva más de un siglo azotada por golpes de Estado y guerras civiles, intercalados por períodos de «estabilidad», en los que todas las instituciones de la democracia formal —el parlamento, los tribunales, los medios de comunicación— están controladas por una oligarquía minúscula y corrupta.
La gran traición
La causa de este estancamiento es una burguesía nacional débil y parasitaria que ha traicionado a la revolución desde sus inicios.
Incluso durante las guerras de independencia de América Latina, el sueño de Bolívar de unir los territorios andinos del Imperio español en una única Federación de los Andes se vio frustrado por la élite criolla local, que anteponía los lujos y los préstamos de los comerciantes y banqueros británicos a las amenazadoras aspiraciones de su propio pueblo empobrecido. Al igual que Esaú en la Biblia, la burguesía latinoamericana vendió su primogenitura por un «plato de lentejas».
Hoy en día, las clases dominantes de todas las naciones latinoamericanas siguen estando indisolublemente ligadas a —y a menudo son idénticas a— los latifundistas que monopolizan la tierra. Esto hace imposible llevar a cabo una reforma agraria significativa sin atentar contra los intereses fundamentales de la clase capitalista nacional.
Esto se puede observar hoy en día en Colombia, donde el programa de reforma agraria del presidente Gustavo Petro se ha visto estancado y frustrado por una campaña constante de resistencia, difamación y desestabilización por parte de la oligarquía colombiana.
Como explicó Galeano, las burguesías de la región surgieron como «prósperas piezas del engranaje mundial que sangraba a las colonias y a las semicolonias». Totalmente dependientes del imperialismo extranjero y del mercado mundial, son incapaces de desarrollar una economía nacional verdaderamente independiente. En cambio, no sirven más que para desempeñar el papel de lacayos a sueldo y sicarios: asesinos contratados contra su propio pueblo.
Lo único en lo que la clase dominante latinoamericana ha destacado siempre es en la producción de dictadores despiadados al servicio del imperialismo extranjero. La historia de todos los países latinoamericanos está manchada por las atrocidades cometidas contra cientos de miles de campesinos, trabajadores e indígenas: castraciones; el rajar de los vientres de las mujeres embarazadas; el lanzar bebés al aire para que los atrapen en las puntas de las bayonetas —todo en nombre de la defensa de la «civilización», la «democracia» y el «libre comercio».
Incluso cuando no están cometiendo asesinatos en masa, la estupidez y la servilidad de los reaccionarios son increíbles. Por ejemplo, la líder «prodemocrática» venezolana, María Corina Machado, entregó recientemente su Premio Nobel de la Paz a Donald Trump como trofeo por invadir su propio país.
Mientras tanto, el lascivo «anarcocapitalista» con motosierra en mano, Javier Milei, al que le encanta hacerse el duro con los trabajadores argentinos, corre como un perrito a los pies de su amo en Washington. Estas personas son un claro ejemplo de una clase sin cerebro, sin corazón y sin futuro.
En los últimos años, muchos en América Latina han mirado hacia China como una posible alternativa al dominio estadounidense. Es comprensible que muchos vean a Pekín como un mejor socio: la inversión china suele venir acompañada de la amenaza de intervención militar y la humillación política que caracterizan las relaciones con Estados Unidos. Sin embargo, mientras la economía siga en manos de la misma clase capitalista corrupta, persistirán las mismas contradicciones, la desigualdad y la dependencia del extranjero que frenan el desarrollo de la región.
Por lo tanto, lo que se necesita para que la revolución latinoamericana avance es el derrocamiento y la expropiación de los oligarcas y los monopolios extranjeros. Sin ello, las aspiraciones de las masas seguirán sin cumplirse.
Lecciones importantes
En enero de 2005, Hugo Chávez anunció que la única forma de salir del estancamiento histórico de América Latina es mediante la revolución para «romper la hegemonía capitalista, romper la hegemonía de las oligarquías en estas tierras». Pero continuó diciendo:
«El capitalismo no puede trascender por dentro del mismo capitalismo, no. Al capitalismo hay que trascenderlo por la vía del socialismo.»
La gran tragedia de la Revolución Bolivariana es que, a pesar de los esfuerzos de Chávez, no llegó hasta el final y no derrocó al capitalismo. Por el contrario, todos los logros de la revolución han sido anulados por el capitalismo, con la colaboración activa de la propia burocracia «bolivariana».
La Revolución Cubana, sin embargo, logró derrocar el capitalismo. Mediante la expropiación del capital extranjero, de los grandes terratenientes y de la burguesía nacional, el pueblo de esta pequeña isla logró milagros, a pesar de seis décadas de agresión implacable por parte de la mayor potencia imperialista del mundo.
En un solo año, Cuba erradicó el analfabetismo, que en 1959 superaba el 23 %. Alcanzó una esperanza de vida comparable a la de Estados Unidos y una menor mortalidad infantil, a pesar de gastar solo una décima parte de lo que Estados Unidos destina a la sanidad. Desde 1963, Cuba ha enviado a más de 600 000 profesionales médicos a 164 países, lo que demuestra el enorme potencial de la economía planificada.
Un aspecto crucial es que Cuba llevó a cabo la reforma agraria más amplia de América Latina. Los latifundios fueron nacionalizados y redistribuidos en pequeñas parcelas familiares o reorganizados en cooperativas y granjas estatales. La pobreza y la inseguridad rurales desaparecieron en gran medida, lo que transformó de manera fundamental las condiciones rurales.
Sin embargo, la lección más importante que nos enseña Cuba es el peligro del aislamiento. Ninguna nación latinoamericana puede liberarse plenamente mientras el resto de la región siga bajo el dominio capitalista. Tras el colapso del bloque soviético, la isla se vio sumida en el Período Especial, una época de enormes privaciones materiales en la que el pueblo cubano se enfrentó a una situación cercana a la inanición.
A pesar de ello, la revolución se mantuvo firme. Hoy en día, el cerco se está cerrando de nuevo sobre la Revolución Cubana. Al cortar el suministro de petróleo procedente de Venezuela y México, Trump está llevando a la economía cubana al borde del colapso.
El destino de la Revolución Cubana pende de un hilo. Sus logros seguirán inspirando a las generaciones venideras. Pero debemos aprender la lección fundamental de Cuba: para sobrevivir y prosperar, la revolución debe extenderse; debe internacionalizarse.
Por un hemisferio socialista
Hemos entrado en un nuevo período de crisis capitalista y agresión imperialista, en el que se están gestando inmensas explosiones sociales y revoluciones. Estas solo podrán tener éxito con el derrocamiento del capitalismo en toda América Latina.
La revolución latinoamericana encontrará su aliado más poderoso en la gigantesca clase trabajadora del «coloso» al norte del Río Grande. Más allá del hecho de que una parte significativa de la clase trabajadora estadounidense tiene raíces latinoamericanas y mantiene profundos vínculos con la región, los intereses de todos los trabajadores estadounidenses son fundamentalmente idénticos a los de las masas oprimidas del sur.
Los recientes enfrentamientos entre los trabajadores comunes y los agentes del ICE en Minneapolis son un reflejo de los enfrentamientos entre la juventud revolucionaria y la policía antidisturbios durante el Paro Nacional de Colombia en el 2021. Son dos frentes de la misma lucha. Unidos, los trabajadores y los campesinos de América —la verdadera América, que se extiende desde el Círculo Polar Ártico hasta el Cabo de Hornos— son una fuerza más poderosa incluso que la mayor superpotencia militar de la Tierra.
Juntos pueden construir una nueva América socialista y transformar el mundo entero. En palabras de José Carlos Mariátegui:
«La revolución latinoamericana será nada más y nada menos que una etapa, una fase de la revolución mundial. Será simple y puramente la revolución socialista.»
