El significado de la perestroika

Publicamos el capítulo “El significado de la perestroika” del libro de Ted Grant “Rusia: de la revolución a la contrarrevolución”. Escrito originalmente en 1997 para aclarar la historia de la Revolución rusa, los impresionantes avances de la economía planificada, el surgimiento de la burocracia estalinista y finalmente los motivos del colapso de la URSS, en un momento en el que la confusión era generalizada tanto dentro como fuera de Rusia, sobre todo por la propaganda de Occidente.

Este capítulo en particular aborda el declive económico de la URSS, la justificación política de las reformas económicas introducidas por Gorbachov y sus consecuencias. Lo publicamos hoy, como un aporte al debate de la situación en Cuba y los paralelismos que se han señalado entre las ultimas reformas económicas aprobadas y la perestroika soviética.


Freno absoluto 

La burocracia se imaginaba que iba a durar, como el zarismo, mil años. Sin embargo, en un periodo muy corto de tiempo, todos sus sueños se redujeron a cenizas. En sólo dos generaciones y media, agotó completamente cualquier papel progresista que pudiera haber jugado en el pasado. De ser un freno relativo al desarrollo de la sociedad, se convirtió en un freno absoluto. Así, lo que empezaba a parecer un orden de cosas fijo y permanente quedó al descubierto como lo que siempre había sido: una aberración histórica temporal condenada a desaparecer del mapa. A finales de los años 70 su suerte ya estaba echada. 

Tomemos simplemente el siguiente ejemplo de un sector clave de la economía soviética. Los viejos yacimientos petrolíferos y de gas se estaban agotando, pero la URSS tenía recursos casi ilimitados sólo en Siberia occidental, que no era capaz de desarrollar. ¿Por qué? En un solo año (1983), el 20% de los pozos de petróleo soviéticos (2.000 más de los que se esperaba) estaban fuera de funcionamiento por falta de reparaciones, ineptitud en la gestión o escasez de mano de obra. ¿Por qué había escasez de mano de obra para trabajar en la industria petrolífera? La planificación burocrática lo concentraba todo en la producción, pero a menudo prestaba poca atención a la vivienda y el ocio de los obreros. En general se le daba poca importancia a esas cosas. Dado que el petróleo y el carbón rusos a menudo se encuentran en las regiones más remotas e inhóspitas, no es sorprendente que muchos obreros no quisieran ir. A pesar de los altos salarios había una elevada tasa de rotación de la mano de obra. 

En las últimas décadas, la camarilla dominante intentó todo tipo de combinaciones (descentralización, recentralización, Re descentralización, …), pero sin resultados. Algunos, como Isaac Deutscher, se imaginaban que la burocracia iba a reformarse hasta su desaparición. ¡Vana esperanza! La casta dominante privilegiada estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por la clase obrera, ¡excepto bajarse de sus espaldas! Una economía moderna que producía un millón de productos diferentes al año no podía organizarse adecuadamente sin el control y la participación consciente de la mayoría de la sociedad. Pero la introducción de un régimen de democracia obrera hubiera significado el fin inmediato del poder y los privilegios de la burocracia, cosa que no podían aceptar.  

Hace más de treinta años, explicamos que cada año se despilfarraba entre el 30 y el 50% de la riqueza producida por los obreros soviéticos debido a la mala gestión, el robo y la corrupción. A mediados de los años 70, como hemos visto, la tasa de crecimiento económico había sido menor a la de la mayoría de las principales potencias capitalistas en el periodo de auge económico mundial, o incluso en algunos años de declive. En 1979, el PIB creció un 0,9%; en 1980, un 1,5%; y en 1981 y 1982, un 2,5%. La burocracia actuaba como un freno gigantesco sobre la economía, que se había estado ralentizando durante décadas aplastada por el peso muerto del parasitismo, el caos y el sabotaje abierto. 

La corrupción y el crimen desenfrenados representaban un cáncer que recorría el cuerpo de la economía soviética de pies a cabeza. El saqueo desvergonzado del Estado por parte de la burocracia estaba bien documentado, y en la prensa soviética aparecían numerosos ejemplos. En 1984, el director del Gastronom nº1, una tienda de comida de alta calidad en el centro de Moscú, fue fusilado por corrupción. Cuando la policía cavó en su jardín, se encontró con fajos de rublos podridos que no había tenido tiempo de gastar. A finales de los años 70 las cosas habían llegado tan lejos que había un mercado negro no sólo de pantalones vaqueros y bolígrafos de punta fina, sino de acero, petróleo y carbón. En Occidente esto se conocía como el “mercado paralelo”. ¡Y pobre del director que tratase de ignorarlo! En la prensa soviética se informó del caso de un director de unos grandes almacenes, un miembro modélico del Kómsomol, que anunció a su personal el primer día que no toleraría ningún robo, corrupción o blat* y que sólo se iban a pagar los precios oficiales estatales por los suministros. En una semana los almacenes estaban en la bancarrota, no se entregaban productos y las estanterías estaban vacías. El director sacó la conclusión necesaria y pasó por el aro. Había millones de ejemplos de este tipo. 

A principios de los años 80 la sociedad soviética había entrado en un callejón sin salida. El sistema burocrático en su conjunto estaba en el filo de la navaja. Las contradicciones entre la base económica de la Unión Soviética y el papel de su dirección burocrática habían llegado a un punto extremo no sólo en las relaciones sociales, sino también en el desarrollo de la industria. La burocracia dominante estaba dividida en varios sectores con relación al camino a seguir. El movimiento de masas de los obreros polacos alrededor de Solidaridad en 1980-81, con su claro potencial revolucionario, fue una advertencia de los procesos que se podían dar en Rusia si no se tomaban medidas. Incluso el envejecido Breznev, con la esperanza de disipar el descontento que se estaba empezando a acumular, se vio obligado a criticar a los llamados dirigentes sindicales soviéticos por no “representar” los intereses de sus obreros. La élite dominante estaba claramente preocupada. 

El carácter esclerótico del sistema quedaba gráficamente reflejado en una dirección geriátrica que se había convertido en motivo de chistes. Los médicos y especialistas del Kremlin mantuvieron vivo a Breznev cuando ya era claramente un cadáver andante. Esto no era por casualidad. La élite dominante estaba profundamente dividida y preocupada por el futuro y temía que la muerte de Breznev abriese las compuertas. Cuando finalmente pasó a mejor vida, en primer lugar apostaron por otro anciano, Konstantin Chernenko, como candidato de compromiso. Pero les falló muriéndose enseguida. Yuri Andropov parecía ser una figura de más peso, por su pasado en la KGB. Paradójicamente esto significaba que estaba más en contacto con la realidad, ya que en un Estado totalitario la policía secreta es casi la única que está bien informada. Es probable que se diese cuenta de lo peligrosa que era la situación y estuviese planeando algún tipo de reforma por arriba, pero también murió súbitamente, dejando la sucesión abierta a su protegido más joven, Mijail Gorbachov. 

Este representante consumado de la élite dirigente estaba bastante dispuesto a asestar golpes a la sección de la burocracia en la que se apoyaba para preservar el poder, las prebendas y el prestigio de la casta dirigente en su conjunto. De la misma manera, durante más de un siglo, el zarismo ruso frecuentemente trató de mantenerse mediante reformas administrativas, como la emancipación de los siervos en 1861. El régimen zarista hacía equilibrios entre las diferentes clases, en algunos momentos atacando los intereses de sectores de la aristocracia, e incluso trató en ocasiones de apoyarse en el “pueblo” para hacerlo. 

La elección de Gorbachov como secretario del Partido en 1985 resultó ser un punto de inflexión. Los discursos de Gorbachov en el 27º Congreso del Partido Comunista y el de enero de 1987 ante el pleno del Comité Central marcaron una nueva etapa del proceso. Los discursos de dirigentes del Kremlin atacando la corrupción, el despilfarro y la ineficacia no eran nada nuevos, pero las reformas de Gorbachov fueron mucho más lejos que ninguna otra en las tres décadas anteriores. Hizo un llamamiento a aflojar el control burocrático sobre la economía y la sociedad rusa en general y defendió la necesidad de una mayor “democracia”, la elección con ciertas condiciones de los directores de las fábricas, elecciones en el Partido Comunista y otras reformas por el estilo. Estos intentos de reformar el sistema estalinista eran vistos como necesarios para flexibilizar la economía. Este proceso tuvo lugar bajo la bandera de la glasnost y la perestroika

Estas propuestas no tenían nada que ver con una auténtica democracia obrera, que es incompatible con el sistema burocrático, sino que tenían sólo el objetivo de eliminar los peores cuellos de botella de la estancada economía soviética. La crisis de la economía soviética y las divisiones en la burocracia que estas medidas de “reforma” representaban eran síntomas del proceso turbulento que se estaba dando en la Unión Soviética. En su campaña para reformar el sistema, Gorbachov levantó parcialmente la tapa de una olla hirviendo de corrupción, crimen y descontento en todas las repúblicas de la URSS. Gorbachov se dio cuenta de que la situación no podía continuar sin el peligro de provocar una explosión social. En la prensa soviética se daban miles de ejemplos de corrupción. 

En su informe al 27º Congreso del Partido, Gorbachov se vanagloriaba, con razón, de que en los últimos 25 años  

“los activos fijos de producción de nuestra economía han aumentado en siete veces. Se han construido miles de fábricas y se han creado nuevas industrias. El ingreso nacional ha aumentado casi en un 300%, la producción industrial en un 400% y la agricultura en un 70%. Antes de la guerra y en los primeros años de la posguerra, el nivel de la economía de los EEUU nos parecía difícil de alcanzar, pero en realidad ha sido en los años 70 cuando nos hemos acercado sustancialmente a éste en términos de nuestro potencial científico, técnico y económico e incluso lo ha sobrepasado en el volumen de producción de ciertos productos clave. Estos logros son el resultado de un esfuerzo tremendo de nuestro pueblo. Y nos han permitido mejorar considerablemente el bienestar de los ciudadanos soviéticos…”. 

Sin embargo, Gorbachov se vio obligado a reconocer: 

“Al mismo tiempo, las dificultades empezaron a acumularse en la economía en los años 70, con un declive visible de las tasas de crecimiento. Como resultado, los objetivos de crecimiento económico fijados en el programa del PCUS e incluso los objetivos rebajados de los 9º y 10º planes quinquenales no se alcanzaron. Tampoco fuimos capaces de poner en práctica plenamente el programa social previsto para este periodo, lo que provocó el retraso de la ciencia, la educación, la protección sanitaria, la cultura y los servicios cotidianos (…) la economía, con enormes recursos a su disposición, sufría de escasez. Apareció un diferencial entre las necesidades de la sociedad y los niveles de producción alcanzados, entre la demanda efectiva y el suministro de bienes”. 

Gorbachov también puso al descubierto el despilfarro burocrático crónico en el sector agrícola:  

“La fuente más inmediata para aumentar las reservas de comida es la reducción de las pérdidas de cosecha y ganado durante la recolección, el transporte, el almacenamiento y el procesamiento. El potencial en este sentido no es pequeño; añadiría a los recursos para el consumo cantidades que podrían llegar a alcanzar un 20% o más, y en el caso de algunos productos, el 30%. Además, eliminando las pérdidas, el coste sólo sería de entre un tercio y la mitad del de aumentar el mismo nivel de producción”. 

Y concluía:  

“Hoy, la tarea principal del partido y de todo el pueblo es darle la vuelta de manera decidida a las tendencias desfavorables en el desarrollo de la economía, impartirle el dinamismo necesario y dar margen a la iniciativa y la creatividad de las masas, al cambio verdaderamente revolucionario”. 

En un intento de apoyarse en los trabajadores, lanzó ataques demagógicos contra la burocracia: 

Debido a la negligencia en el control y a toda una serie de razones adicionales(?), han aparecido grupos de gente con una mentalidad propietaria diferenciada(?) y una actitud desdeñosa hacia la sociedad. Los trabajadores han planteado legítimamente la cuestión de acabar con ese tipo de cosas. Se considera necesario en el futuro inmediato llevar a cabo medidas adicionales contra estos parásitos, saqueadores de la propiedad socialista, los que aceptan sobornos y todos aquellos que se embarcan en un camino ajeno a nuestro sistema, orientado hacia el trabajo. 

Y de nuevo:  

Estamos exasperados con razón por todo tipo de deficiencias y por los responsables de ellas (…) escritores mercenarios y ociosos, ladrones y escritores de cartas anónimas, burócratas mezquinos y los que se dejan sobornar” (1). Se reconoció que los dirigentes del partido habían “perdido contacto con la vida” y que potenciaban la “adulación servil (…) y las loas desenfrenadas hacia la gente con rango” (2).  

De manera cautelosa, moviéndose desde arriba, Gorbachov potenció cierta cuota de crítica, pero siempre dentro de los límites establecidos. La prensa soviética estaba llena de los ejemplos más escandalosos de rapacidad de estos gángsters, con sus salarios inflados, limosinas oficiales y cuentas de gastos sin control. La prensa de los partidos comunistas extranjeros reproducía estas historias servilmente sin ningún comentario. La misma gente que durante décadas había justificado todos los crímenes de Stalin, hablando de las “maravillas del socialismo” en la URSS, ahora afirmaba precisamente lo contrario sin ni siquiera pestañear. 

Gorbachov y Stalin 

En general no se recuerda que el propio Stalin trató de apoyarse en las masas para asestar golpes a la burocracia. Durante el periodo de los dos primeros planes quinquenales, Stalin se vio obligado a recortar la codicia de la burocracia, que tendía a devorar una parte excesiva de la plusvalía producida por la clase obrera. Introduciendo el voto secreto, Stalin intentaba apoyarse en las masas para intimidar al funcionariado al que él representaba. Hubo un simulacro de parlamento burgués, pero con un solo partido era en realidad una farsa. Incluso si hubiera habido más de un candidato, sólo se hubiera permitido ganar a los candidatos supervisados y aceptados por el partido. Sin embargo, Stalin no se atrevió a introducir sus reformas en la práctica. La Revolución Española le hizo retroceder reformistas y lanzar las purgas, como hemos visto. La única vía que quedaba para mantener algún tipo de control sobre la avaricia de los funcionarios era la represión policial y el terror. Pero esto engendra una corrupción nueva e incluso más monstruosa, disloca y desorganiza la sociedad y representa un movimiento de alejamiento del socialismo, no de acercamiento a él. 

Trotski explicó cómo la constitución de Stalin, que en el papel parecía muy democrática, tenía como fin ser un látigo para la burocracia. El dominio bonapartista implica, entre otras cosas, balancearse entre diferentes grupos y clases – entre los obreros, los campesinos y los propios burócratas – enfrentando a unos sectores con otros. De la misma manera, Gorbachov se vio obligado a apoyarse en la clase obrera para asestar golpes contra el sector de la casta burocrática que se había enriquecido enormemente gracias a su control parasitario sobre la economía y el Estado. Gorbachov quería introducir reformas controladas desde arriba, pero eso, como predijimos en aquel momento, era imposible. Tan pronto como se aflojó el control de la burocracia, se desataron todo tipo de fuerzas encerradas. 

Mientras que en los años 30 la clase obrera representaba un 20% de la sociedad rusa, a mediados de los 70 se acercaba al 70%. Rusia ya no era un país atrasado, sino una economía sofisticada con la mayor clase obrera del mundo. Estas reformas, a pesar del carácter limitado de los objetivos de Gorbachov, podían desencadenar una acción independiente por parte de las masas de la clase obrera rusa. En cuanto los trabajadores consiguieran un cierto control, inevitablemente se orientarían hacia la democracia obrera: ¿por qué los directores reciben más del salario que les corresponde? ¿Por qué la burocracia tiene que tener sus prebendas, casas de campo, coches especiales, tiendas de comida especiales, etc., que sólo pueden utilizar los burócratas del partido y el Estado? 

Un hombre que monte a lomos de un tigre se dará cuenta que es difícil bajarse. Una vez embarcado en el camino de las llamadas reformas, Gorbachov se dio cuenta que era imposible darle la vuelta al proceso que él mismo había iniciado. Al igual que Stalin, Gorbachov tomó medidas contra los burócratas inferiores y medios, e incluso algunos de los burócratas superiores, como cabezas de turco de los pecados de todo el sistema. Así, en sus primeros once meses, Gorbachov purgó a 46 de los 156 miembros de la jerarquía regional del partido. 

En el fondo, las reformas tenían como objetivo aumentar la productividad del trabajo a través de la eficacia de los costes. Con una mezcla de palo y zanahoria (disciplina e incentivos), el régimen esperaba conseguir que los obreros soviéticos produjeran más. Al mismo tiempo que trataba de apoyarse en la clase obrera, Gorbachov también trató de revivir el viejo método estalinista del estajanovismo, que recibió el nombre de un minero que supuestamente producía cien toneladas de carbón por turno (¡seis veces más de lo normal!). Esto era una versión extrema de lo que se había llamado taylorismo en los EE. UU. – salarios según resultados, lo que implicaba una explotación extrema. En la época de Stalin esto llevó a la formación de una élite especial de obreros de choque (udarniki), responsables de fijar las pautas de producción a niveles anormalmente altos. 

Trotski señaló en aquel entonces que era más fácil motivar a una minoría de obreros de choque que a las masas, pero también explicó la contradicción que suponía que una sociedad que supuestamente estaba “construyendo el socialismo” imitase los peores y más explotadores rasgos del capitalismo. En lugar de ir hacia una mayor igualdad, esto significaba una desigualdad mucho mayor y la formación de una capa privilegiada dentro de la clase obrera. Aunque algunos estajanovistas eran obreros honestos, la mayoría eran arribistas serviles, odiados por sus compañeros de trabajo, que les atacaban, golpeaban e incluso llegaban a matarles. Este era un paso atrás incluso en los años 30, pero en el contexto de una economía moderna y avanzada, que supuestamente estaba yendo hacia el “comunismo”, la contradicción era todavía más flagrante. Trotski explicó que “el trabajo asalariado no pierde en el régimen soviético su envilecedor carácter de esclavitud. El salario ‘según el trabajo’ está calculado, en realidad, en interés del trabajo ‘intelectual’, en detrimento del manual y, sobre todo, del trabajo no cualificado. Es una fuente de injusticia, opresión y coerción para la mayoría; y de privilegios y ‘buena vida’ para la minoría. 

“En vez de reconocer francamente que estas normas burguesas del trabajo y del reparto predominan en la URSS”, continúa Trotski, “los autores de la Constitución, dividiendo en dos el principio comunista, dejan para un porvenir indeterminado la aplicación de la segunda proposición y declaran que la primera está realizada, añadiéndole mecánicamente la norma capitalista del trabajo a destajo y haciendo de todo el ‘principio del socialismo’. ¡Y sobre esta falsificación erigen el edificio de la Constitución!”. Trotski siguió explicando: “Al mismo tiempo, – y esto no es un pequeño detalle – no podemos olvidar la ley que protege la cabaña, la vaca y el reducido mobiliario del campesino, del obrero, del empleado, y que legaliza la casa particular del burócrata, su villa, su coche y otros ‘artículos de consumo personal o comodidades’ que se ha apropiado gracias al principio socialista ‘de cada uno según su capacidad, a cada uno según su trabajo’. Y no hay que dudar que el coche del burócrata será mejor defendido por la ley fundamental que la carreta del campesino”(3). 

En su desesperación por encontrar una salida al impás, Gorbachov intentó inyectar una chispa de vida en la economía haciendo un llamamiento a los obreros y escarmentando ejemplarmente los casos más escandalosos de control burocrático. Sin embargo, Gorbachov no representaba los intereses de los obreros. Sus reformas iban dirigidas contra los privilegios y prebendas “ilegales” de los funcionarios, incrementando sostenidamente los “legales”. De hecho, bajo Gorbachov, los diferenciales de ingresos aumentaron de manera constante, justo lo contrario de la concepción de Lenin. 

Las propuestas de Gorbachov no tenían nada en común con la democracia de Lenin ni el auténtico socialismo. La burocracia temía a la clase obrera. Había que recortar las prebendas legales e ilegales, los sobornos y el robo. Sin embargo, al hacerlo, Gorbachov no quería interferir de manera fundamental con los privilegios de la casta burocrática. Había que mantener, sino incrementar, los privilegios “legítimos”. De hecho, Gorbachov fue muy cuidadoso a la hora de restaurar la definición errónea de Stalin: “Estamos restaurando completamente el principio del socialismo: ‘De cada uno según su capacidad, a cada uno según su trabajo”(4). Esto era una distorsión deliberada de la formulación original de Marx, que explicó que bajo el comunismo no habría una obligación de trabajar, cada miembro de la sociedad contribuiría ‘según su capacidad’. La superabundancia de esta sociedad sin clases permitiría que cada uno de sus miembros tomase ‘según sus necesidades’. Este concepto no tenía nada que ver en absoluto con la situación bajo Gorbachov, y no era más que un disfraz para su política. 

La mala administración burocrática 

La chapucería burocrática había dado lugar a todo tipo de distorsiones en la economía soviética. Mientras algunas secciones eran muy modernas, otras languidecían por falta de inversiones, como la fábrica de autobuses de Likino, en los Urales, que estaba produciendo el mismo modelo que en 1970 con maquinaria de hacía 40 años. Y, sin embargo, Gorbachov insistía en que los obreros tenían que producir bienes de calidad y serían penalizados en caso contrario. Pero con una maquinaria obsoleta e incapacitados por el papeleo y la mala gestión, era prácticamente imposible cumplir los objetivos de producción fijados. Así, la perestroika, para muchos obreros, significó un empeoramiento de sus salarios y condiciones de trabajo. En la práctica, la burocracia, al igual que los empresarios occidentales, estaba tratando de salir de la crisis a costa de los trabajadores, intentando aumentar la productividad a costa de su sudor, sus músculos y sus nervios. 

Es significativo que en la única ocasión en que Gorbachov intentó tratar de cuestiones “teóricas” en su libro Perestroika… fue cuando intentó justificar ¡qué las diferencias salariales eran coherentes con el socialismo! En condiciones de pobreza, privaciones y atraso, con una clase obrera semi-analfabeta y un campesinado analfabeto, los bolcheviques se vieron obligados a conceder a los especialistas burgueses salarios muy por encima del máximo del partido. Pero Lenin y Trotski hubieran considerado totalmente imperdonable que un país avanzado tolerara tales desigualdades. Lenin preveía que, en la medida en que la economía soviética avanzase, las desigualdades se irían reduciendo progresivamente. Cuando la Unión Soviética se desarrolló hasta convertirse en una nación industrial con una clase obrera altamente educada, la existencia de diferenciales de ese tipo era completamente anti-socialista y anti-marxista. Sin embargo, siete décadas después de Octubre, la desigualdad seguía creciendo constantemente. Lejos de defender la postura de Lenin de más y más igualdad y la abolición progresiva de los diferenciales, Gorbachov los estaba aumentando. 

Al igual que Stalin, Gorbachov intentó ampliar la base de la burocracia mediante la creación de una capa privilegiada de aristocracia obrera que recibiera altas bonificaciones ligadas a la productividad. El problema era que el crecimiento de los diferenciales y las desigualdades entre los trabajadores, enfrentando a los obreros y a las diferentes fábricas entre sí, sólo alimentaba los fuegos del resentimiento. No fue una casualidad que Gorbachov, en su discurso de aniversario de la Revolución de Octubre, hablase de oposición a sus reformas no sólo entre los burócratas, sino también en los “colectivos de trabajo”. Esto indicaba la alarma creciente entre los burócratas ante el estallido de huelgas, de las que por primera vez se informaba ampliamente en la prensa soviética. Por ejemplo, los obreros de la fábrica de autobuses de Likino pararon durante tres días en protesta por un recorte salarial de entre 60 y 70 rublos al mes debido al impago de pluses. El movimiento hacia el socialismo significaría una reducción de las desigualdades, no su aumento, como estaba provocando Gorbachov. De esta manera, el argumento de que ya se había llegado al “socialismo” en la Unión Soviética, cuando el Estado había alcanzado proporciones monstruosas, era una burla. A pesar de esto, Gorbachov recibió los aplausos de los dirigentes estalinistas internacionalmente, junto a los de los reformistas de izquierdas, por su “socialismo de rostro humano”. 

Sin embargo, la URSS ya no era el Estado débil, empobrecido y sitiado de los tiempos de Lenin. Como el propio Gorbachov comentó, la Unión Soviética era un país rico y enorme. Si los obreros hubieran tomado realmente en sus manos la dirección del Estado, la industria y la sociedad, se podrían haber eliminado rápidamente todos los cuellos de botella provocados por la burocracia. Liberada del peso muerto de ésta, la economía planificada avanzaría a pasos de gigante. En un solo plan quinquenal se podría aumentar enormemente la riqueza de la sociedad gracias a la iniciativa y el entusiasmo de las masas. 

En 1919, cuando los obreros tomaron el poder en Sajonia y Baviera, Lenin hizo un llamamiento a que introdujeran inmediatamente la jornada laboral de siete horas para que los obreros tuvieran tiempo para gestionar la industria y el Estado. Gorbachov decía defender un retorno a las ideas de Lenin, pero en realidad estaba tan lejos como Stalin del auténtico leninismo. Si se hubiese hecho un llamamiento a los obreros y campesinos rusos a tomar el control de la sociedad y la industria en sus propias manos, hubiera sido posible introducir inmediatamente una reducción de la jornada laboral, la precondición necesaria para establecer un auténtico régimen de democracia obrera. 

Esto es cierto incluso actualmente, aunque como consecuencia del caos espantoso provocado por el capitalismo mafioso es probable que el avance inicial fuese más lento que el que hubieran podido garantizar las auténticas posibilidades creadas por la economía planificada. Pero en cuestión de uno, o a lo sumo dos, planes quinquenales, con la participación y control democrático de las masas, toda la situación quedaría transformada. Dado el actual nivel de desarrollo, sería posible introducir en un plazo breve una semana laboral de 32 horas, seguida de reducciones aún mayores. Una medida de este tipo transformaría la situación no sólo en Rusia, sino en todo el mundo. 

Las condiciones materiales para iniciar el movimiento hacia el socialismo habían ido madurando en Rusia en las seis o siete décadas anteriores. De hecho, los recursos técnicos y científicos necesarios para empezar el movimiento hacia el socialismo, inexistentes en 1917, estaban presentes en ese momento. Incluso según las estimaciones más conservadoras, la economía soviética en los años 80, en estas condiciones, hubiera conseguido una tasa de crecimiento dos o tres veces mayor que la que tenía, superando de lejos incluso los mejores resultados bajo el capitalismo. Manteniéndose a ese nivel, en diez años la Unión Soviética hubiera podido superar a los EEUU no sólo en términos absolutos, sino en el terreno de la productividad del trabajo, el principal índice de progreso económico. De esta manera hubiera sido realmente posible empezar a ir hacia el socialismo, con un florecimiento sin paralelos del arte, la ciencia y la técnica. 

La solución de Gorbachov era llevar a cabo “una democratización completa de la gestión de las empresas, poniendo énfasis en la parte que juegan los colectivos de trabajo, fortaleciendo el control por abajo y asegurando el rendimiento de cuentas y la publicidad en el trabajo de los organismos económicos”. Pero sus declaraciones de intenciones resultaron ser pura demagogia, ya que un movimiento serio en esa dirección hubiera asestado un golpe al mismo corazón del control burocrático. Ciertamente no tenía ninguna intención de llegar tan lejos. Los cambios en realidad eran sólo cosméticos, aunque se permitió cierta consulta con los trabajadores en un esfuerzo por implicarles en algunas decisiones, sin introducir un auténtico control y dirección democráticos. Sin embargo, Gorbachov continuaba martilleando con la misma demagogia: 

Los órganos elegidos deberían ser más estrictos hacia su propio aparato. No se puede pasar por alto el hecho de que los ejecutivos que se pasan largos periodos de tiempo en oficinas tienden a perder el gusto por lo nuevo, a aislarse del pueblo por instituciones que se han forjado ellos mismos e incluso a veces retrasan el trabajo de los organismos elegidos. Obviamente ya es hora de elaborar un procedimiento que permita a los sóviets, y a todos los órganos sociales en general, evaluar y certificar el trabajo de los ejecutivos responsables de su aparato después de cada elección, haciendo los cambios de personal deseables. 

En nuestro tiempo es necesario una implicación más activa de las organizaciones sociales en el gobierno del país. Sin embargo, cuando el trabajo de nuestras organizaciones sociales se considera desde este ángulo, es obvio que a muchas de ellas les falta la iniciativa necesaria. Algunas intentan operar sobre todo a través de su personal regular, de manera burocrática, apenas apoyándose en las masas. En otras palabras, el carácter colectivo, popular e independiente de estas organizaciones sociales no se cumple ni de lejos. 

Gorbachov, en su discurso al 27º Congreso, incluso se pronunció a favor del “principio de elección para todos los jefes de equipo y después gradualmente algunas otras categorías de personal de dirección: encargados, superintendentes de turno, sector o planta, y directores de departamento de granjas colectivas”. Estaba tratando de llevar las cosas hasta el límite para impulsar la economía, pero jugaba con fuego. Una vez introducido el principio de “elección”, por lo que se refiere a los obreros, ¿dónde terminaría? El hecho de que se viera obligado a plantear la cuestión de la elección a todos los puestos en el Partido “Comunista”, en su discurso de enero de 1987, era un indicio de que no había tenido mucho éxito en las elecciones de encargados y demás. La burocracia impedía la puesta en práctica de este supuesto principio. Gorbachov estaba intentando utilizar las “reformas” como látigo contra la burocracia dentro del propio Partido. La situación real dentro de la sociedad soviética quedaba indicada por el intento desesperado de Gorbachov de utilizar el voto secreto, al igual que había hecho Stalin, en las elecciones a todos los niveles del Partido Comunista, como medio para romper la voluntad de los sectores más reaccionarios de la burocracia, que querían continuar su saqueo sin límite del Estado soviético. 

“En la sociedad capitalista”, explica Trotski, “el voto secreto tiene por objeto sustraer a los explotados de la intimidación de los explotadores. Si la burguesía terminó por concederlo, ante la presión de las masas, fue porque estaba interesada en proteger un poco su Estado de la desmoralización que ella misma inculcaba. Pero parece que en la sociedad socialista no puede haber intimidación de los explotadores. 

“Entonces, ¿de quién hay que defender a los ciudadanos soviéticos? Naturalmente de la burocracia; Stalin lo confiesa con bastante franqueza. Al ser interrogado: ‘¿Por qué se necesita el voto secreto?’, responde literalmente: ‘Porque nosotros queremos dar a los ciudadanos soviéticos la libertad de votar por aquellos a quienes deseen elegir’. Así sabe el mundo, por fuente autorizada, que los ciudadanos soviéticos aún no pueden votar según sus deseos. Sería un error deducir que la Constitución de mañana les asegurará esta posibilidad”(5).  

El sistema burocrático bajo Gorbachov seguía siendo esencialmente el mismo de siempre. El intento de usar el látigo contra la burocracia estaba condenado al fracaso. Como dijo Trotski, “no se trata de intereses sociológicos, sino materiales”. La economía no se podía desarrollar sin la participación y el control de la clase obrera. Gorbachov estaba apostando por el mantenimiento del control burocrático con algunos elementos de participación y control por parte de los obreros. Sin embargo, el control parcial por parte de las masas no existe. O los obreros toman el control, o lo pierden. El control parcial no podía funcionar. 

Una casta parásita 

Este era el talón de Aquiles de Gorbachov. Potenciar una mayor iniciativa (y por lo tanto una mayor productividad) por parte de los obreros, defendiendo simultáneamente los privilegios y prebendas de la burocracia era como tratar de cuadrar el círculo. Para conseguir que la economía soviética se pusiera en marcha de nuevo, para eliminar la corrupción y motivar a la clase obrera, habría que haber dado a los obreros libertad de organización, discusión y crítica. Pero esto era imposible. El primer punto que hubieran planteado los obreros hubiera sido el carácter parasitario de los privilegios de millones de funcionarios, sus esposas y todos los que dependían de ellos. Desde un punto de vista económico, este cuestionamiento es correcto. Pero Gorbachov no podía dejar que se hiciese esta pregunta, por la sencilla razón de que él representaba los intereses materiales de esa casta dirigente. 

La gran mayoría de los 19 millones, más o menos, de funcionarios que constituían la burocracia eran ya hijos y nietos de burócratas. Tenían todos los atributos de una casta especial, como la casta dominante en la antigua India, cada vez más divorciada de la vida y los pensamientos reales de los obreros normales. La propia burocracia, a pesar de la nueva imagen de Gorbachov, estaba profundamente desmoralizada, dividida y pesimista. Después de más de 70 años, se habían roto todos los vínculos con las ideas y tradiciones de Octubre. En su famosa sátira Rebelión en la granja, George Orwell describe una reunión de los cerdos y los granjeros en la que es imposible distinguir a los unos de los otros. Dos generaciones de dominio burocrático habían producido una capa de funcionarios privilegiados totalmente divorciados de la clase obrera y de las ideas de la Revolución de Octubre. Aparte de sus salarios inflados y privilegios, vivían completamente ajena a la de las masas, con tiendas, restaurantes, casas de reposo e incluso playas especiales. Sus esposas no tenían que hacer cola soportando el frío. A diferencia de sus conciudadanos, podían viajar al extranjero y tenían acceso a divisas y a todos los artículos de lujo que se negaban a la mayoría. Aunque no se reconocía oficialmente, existía el equivalente a escuelas privadas, bajo el disfraz transparente de escuelas especiales de idiomas extranjeros, donde los hijos de la burocracia tenían prácticamente un monopolio. La psicología de este grupo no tenía nada que ver con la clase obrera o el socialismo, como señalan las siguientes citas: 

La jet-set es lo que uno podría esperar: los hijos e hijas de los muy ricos y los muy privilegiados, que no tienen ninguna intención de trabajar, no creen absolutamente en nada (ni siquiera en la rebelión) y hacen todo lo posible por convertir las villas de sus padres en Sochi en imitaciones de Palm Beach. Se visten con ropas europeas importadas; beben hasta quedar atontados; galantean y fornican; se dedican a las apuestas y los bailes. Consideran a las masas como ganado y a la intelectualidad como pedantes y aburridos. Viven casi exclusivamente para sí mismos, dentro y fuera de sus propias casas, y por lo tanto son raramente vistos(6). 

Y de nuevo en The Guardian (19/2/82):  

Pero ha habido tantos de estos hijos de la élite del partido, que incluso fuera de la política general constituyen una nueva clase propia. Y ahora sus hijos también van a escuelas privilegiadas. Hoy en día existe una clase media soviética, urbana y sofisticada, con su propia red de amigos y que está totalmente separada de la nomenclatura. (énfasis del autor). 

Las condiciones de vida de lujo de la élite no eran ningún secreto. El supermercado especial del Kremlin en la calle Granovsky estaba convenientemente situado al lado de la clínica. El artículo continúa:  

“Los hospitales especiales para los funcionarios del partido son únicos por su acceso a medicamentos occidentales y pueden utilizar las casas de campo y los pródigos apartamentos que van con su empleo”. Cuando un aparatchik intentó defender a Breznev contra la acusación de una vida privilegiada, incluso los periodistas más cínicos lo ridiculizaron:  

“[Breznev] vivía bien, declaró, pero no ganaba más que un alto director de empresa, que podía tener, con pluses, un salario de unas 200 libras a la semana. Incluso a la prensa soviética le costó ocultar la sonrisa ante esta declaración”. 

Para la burocracia, la revolución había servido para darle poder y privilegios sin precedentes. En palabras del Kirpichev de la obra de Zorin, eran “aristócratas de cuello blanco, avariciosos y engreídos, alejados del pueblo”. Los viejos funcionarios estalinistas eran gángsters corruptos, pero por lo menos tenían algunos vínculos con las viejas tradiciones. Ahora teníamos una nueva generación de aristócratas “de nacimiento”, acostumbrados a los perfumes franceses, a los elegantes y caros trajes extranjeros y a los Cadillacs, de los que Raisa Gorbachova era un típico espécimen. Pierre Cardin la describió como “una de las esposas de dignatario extranjero más encantadoras que nunca haya visitado mi salón”. Por alguna extraña ironía, la señora Gorbachov había sido profesora de marxismo-leninismo en la Universidad de Moscú, aunque qué tipo de marxismo enseñaría desafía la imaginación. En los años 20, el opositor de izquierdas Sosnovsky acuñó la expresión el factor automóvil-harén con relación al auge de la burocracia. Los aspirantes a burócratas se casaban con las hijas de burgueses y aristócratas e imitaban sus costumbres y puntos de vista. Los grandes coches de los altos funcionarios y sus “pintadas señoras” recordaban la protesta de Gracchus Babaeuf ante un fenómeno similar en el periodo de la reacción termidoriana de la Revolución Francesa, cuando los antiguos jacobinos se acostumbraron a comer con los aristócratas y a casarse con sus hijas: “¿Qué estás haciendo, plebeyo pobre de espíritu? Hoy te abrazan y mañana te estrangularán”. Nada expresaba más gráficamente que sus esposas el carácter reaccionario pequeñoburgués de la nueva camarilla de burócratas zalameros representada por Gorbachov. 

Los gobernantes de la Unión Soviética estaban, en realidad, incluso más apartados de la población que la clase dominante en Occidente. Este hecho se reflejó en el estallido de uno de los delegados a la conferencia especial del PCUS en 1988 (por cierto, la primera conferencia de este tipo desde 1941):  

“Sabemos más acerca de la posición del presidente Reagan y la Reina de Inglaterra que de nuestros propios dirigentes”(7). 

La élite dirigente cayó cada vez más bajo la influencia del capitalismo, a medida que se separaban cada vez más de la sociedad soviética. Aquí tenemos un ejemplo gráfico de lo que Engels quería decir cuando se refirió al Estado como “un poder que se eleva por encima de la sociedad y que cada vez se separa más de ella”. En especial, la élite del cuerpo diplomático se había acostumbrado a codearse con círculos burgueses en Occidente, y claramente disfrutaba de la experiencia. Edvard Shevardnadze era un ejemplo típico de esta capa. A diferencia de los viejos burócratas toscos e ignorantes que ni siquiera podían hablar un idioma extranjero, la nueva capa era educada, zalamera, cosmopolita y con la mentalidad del advenedizo pequeño burgués, que es la marca de serie de los dirigentes reformistas en su trato con la gran burguesía, en los que el miedo y la envidia pugnan con una admiración secreta y servil. 

En ningún momento fue la podredumbre de la burocracia más evidente que durante el periodo de la llamada perestroika (o “katastroika”, como enseguida la llamaron los obreros soviéticos). Gorbachov era lo suficientemente listo como para darse cuenta de que, a no ser que se tomaran medidas drásticas por parte de la dirección, todo iba a estallar. No hay razón para suponer que en ese momento tuviera la intención de retornar al capitalismo; es casi seguro que los elementos pro-capitalistas estaban en minoría. Pero Gorbachov había puesto en marcha procesos que tenían su propia lógica. 

Fermento de descontento 

Las reformas de Gorbachov, al igual que las de Kruschev, dieron un estímulo inicial a la economía. Incluso así, el objetivo del 4% era miserable en comparación a lo que se podría haber conseguido bajo un régimen de democracia obrera. La producción industrial soviética creció un 5,6% en septiembre de 1986 respecto a un año antes, en gran medida como resultado de la “campaña por la eficacia” de Gorbachov. Esto era una mejora con relación a las cifras conseguidas bajo Breznev, pero todavía no alcanzaba el crecimiento de los países capitalistas en época de boom económico. ¡Esto en un país con el 25% de los ingenieros, técnicos y científicos y los recursos de una sexta parte del mundo a su disposición! La mejora relativa se consiguió en parte mediante la eliminación parcial de los funcionarios más escandalosamente ineficaces y corruptos. Se cesó a un 50% de los ministros y presidentes de gobierno de las repúblicas y al 30% de los secretarios del partido. Se despidió a unos 200.000 funcionarios. Sobre un total de 19 millones de burócratas, era una menudencia, pero provocó una feroz resistencia por parte de ese sector de la burocracia, encabezada por Ligachev, que se oponía a las reformas. Sin el control de la democracia obrera, los burócratas tenían mil y una maneras de escapar a la perestroika. 

De hecho, las reformas, lejos de resolver los problemas de la burocracia, los exacerbaron. Gorbachov se vio obligado a hacer equilibrios entre las diferentes alas de la élite burocrática para avanzar en el camino de la “reforma”. En varias ocasiones amenazó con dimitir si se bloqueaban sus iniciativas, en clara advertencia a los sectores más conservadores de la burocracia. Pero la burocracia nunca se iba a desburocratizar. Por el contrario, estaba tratando de reforzar su posición privilegiada. 

Por lo que se refiere a la “democracia”, aparte de algunas concesiones secundarias, en esencia nada había cambiado. Las masas sabían muy bien que todo estaba manipulado. La introducción de más de un candidato en las elecciones era un intento de camuflar la existencia de un sistema totalitario de partido único. Pero todos los candidatos pertenecían al Partido Comunista o tenían que estar de acuerdo con el programa del partido, que es lo mismo. En lugar de funcionar de abajo arriba, el sistema iba de arriba abajo, al igual que una pirámide invertida. Gorbachov se apoyaba en el descontento creciente de las masas con el sistema, que se podía tolerar mientras no hubiera un polo de atracción revolucionario en Occidente. Pero el trato de Gorbachov con el imperialismo de EEUU tenía otras consecuencias en política interior. La “amenaza exterior”, que la burocracia había utilizado durante décadas para paralizar cualquier oposición por parte de los trabajadores, quedaba minada. 

El impasse del régimen burocrático, que se manifestaba en una ralentización de la economía, tuvo efectos en todos los estratos de la sociedad soviética, empezando por la propia burocracia, que fue consciente de que ya no era capaz de hacer avanzar la sociedad. Cada vez más se sentía como un freno al progreso, y este malestar calaba en toda la población. Había un fermento constante de descontento entre los intelectuales. La juventud, que había llevado la bandera de la Revolución de Octubre, proporcionado los combatientes más heroicos durante la guerra civil y puesta todas sus energías en los primeros planes quinquenales, ahora era totalmente desafecta. El descontento se manifestaba en una epidemia de gamberrismo y alcoholismo, reflejando la desesperación de los sectores más inactivos. La situación de la juventud en la Unión Soviética hasta el periodo reciente es un argumento demoledor contra el estalinismo. Después de más de tres generaciones, vimos todos los signos de la desmoralización: alcoholismo, lumpenización, robos, gamberrismo y todo tipo de comportamientos antisociales. El peso del régimen represivo se hacía sentir más duramente sobre la juventud, que mostraba un cinismo y una frustración abiertos ante el dominio totalitario del llamado Partido Comunista. El Soviet Weekly (8/11/90) publicó una encuesta según la cual sólo el 14% de los jóvenes en la URSS confiaban en el PCUS. Después de que se les hiciera tragar en las escuelas una parodia formalista de marxismo-leninismo, reaccionaban contra lo establecido. Escandalosamente, la misma encuesta llegaba a la conclusión que sólo el 15-20% de los jóvenes creía en el socialismo. El escepticismo generalizado entre la juventud se reflejaba en chistes políticos: “¿hemos llegado ya al comunismo, o lo peor está todavía por venir?”. Por supuesto que esos jóvenes nunca habían tenido acceso a las auténticas ideas del socialismo y el marxismo, sólo a una caricatura inerte y entumecedora. El único “socialismo” que habían conocido era una monstruosidad totalitaria. Dada la falta de alternativas, trataban de buscar una salida en el escapismo. 

De todas las características bárbaras del zarismo, una de las más retrógradas era que la mitad del presupuesto estatal provenía del monopolio del vodka. Por supuesto que existe una larga historia de consumo abusivo de alcohol en Rusia que se remonta a un periodo sorprendentemente remoto. En la Crónica de los días pasados, escrita en el siglo XII, se dice que Vladimir, príncipe de Kiev, al rechazar el Islam en favor del cristianismo, dijo que “la bebida es el placer del pueblo ruso”. Pero el papel del vodka en la vida rusa va asociado demasiado a menudo a fenómenos alejados del placer. El consumo excesivo de alcohol de alta graduación es más bien un reflejo de la desmoralización y la falta de esperanza. Al principio, los bolcheviques trataron de combatir el consumo de vodka, pero el monopolio estatal se reintrodujo bajo Stalin como provechosa fuente de ingresos, una medida que estaba en contradicción abierta con la afirmación de que se había construido el “socialismo” en Rusia. 

El consumo de alcohol se cuadruplicó en las cuatro décadas que siguieron a la Segunda Guerra Mundial: uno de cada siete rusos estaba clasificado como alcohólico; se empezaba a beber desmesuradamente en las escuelas; la cantidad de niños nacidos con defectos físicos y mentales relacionados con la bebida aumentó. En 1985, Izvestia informaba que había 27 millones de obreros con serios problemas con el alcohol. Estaban tan borrachos o enfermos por haber bebido, que por lo menos dos días a la semana no iban a trabajar. Una investigación en 800 fábricas de Moscú descubrió que en la última hora de cada turno sólo un 10% de los obreros seguían en su puesto de trabajo. 

Gorbachov ordenó la introducción de severas medidas. En 1986 se clausuró el 90% de las tiendas de vodka de la capital, y el consumo de alcohol inicialmente cayó un 40%. Sin embargo, ante la ausencia de un régimen de auténtica democracia obrera, incluso medidas que por sí mismas podrían haber sido correctas, tuvieron un efecto contrario al deseado. El intento de recortar el consumo de alcohol significó una mejora de la salud general, pero fue una espada de doble filo, llevando a un colapso de los ingresos del Estado: en 1985 hubo una caída en la recaudación de impuestos del 30%. Y esta medida tampoco eliminó totalmente el flagelo del alcoholismo, un mal arraigado en las condiciones del régimen burocrático totalitario, que provocaba una alienación y frustración crecientes entre amplias capas de la sociedad. En esos años, la prensa soviética estaba repleta de casos de gente que había enfermado por haber ingerido colonia. El número de detenciones por destilación ilegal se duplicó en 1987 en comparación con el año anterior, llegando a 440.000. En 1988, las destilerías ilegales producían entre un 40 y un 50% más que las plantas estatales. Había informes de pilotos que robaban el combustible de origen alcohólico y el anticongelante, para utilizarlos como bebida. Esto era un indicio claro de la desmoralización y desesperación generalizadas. 

Un artículo en el Trud, el periódico de los sindicatos, se presentaba este fenómeno en un tono exasperado y semichistoso. Pero el tema es demasiado macabro como para proporcionar demasiado humor. 

“La loción capilar es especialmente popular entre los alcohólicos de Moscú, pero si no la encuentras siempre está Kara Nova, agua de colonia a 65 kopeks la botella. Evita a toda costa un perfume conocido como Carmen que te hace sentir como si te hubieran cortado la garganta”. 

Al final, las medidas de Gorbachov no engañaron a nadie. El escepticismo universal se reflejaba en esta anécdota:  

Un hombre entra en una tienda y pide una botella de cerveza que el día anterior costaba 50 kopeks. El dependiente le cobra un rublo. 

– Pero si ayer costaba la mitad 
– Sí, pero tienes que pagar un 100% más por la glasnost
El hombre, a regañadientes, paga el rublo, y queda sorprendido cuando le devuelven 50 kopeks de cambio. 
– ¿Pero no dijiste que costaba un rublo? 
– Eso es. Los 50 kopeks son por la glasnost. No nos queda cerveza. 

Un enorme cero a la izquierda 

La situación económica era un desastre. Ni siquiera se había conseguido el ridículo objetivo del 4%. Desde el lanzamiento del nuevo Plan Quinquenal en 1986, el crecimiento había sido de un 2% anual. El economista Abel Aganbegyan reveló que el crecimiento económico en 1989-90 era prácticamente cero. Pero los ingresos per cápita disminuyeron. Esto era la sentencia de muerte para la perestroika. Es más, la participación en el mercado mundial, en lugar de ayudar, había empeorado las cosas. La burocracia se imaginaba que la participación en el mercado mundial resolvería sus problemas. El comercio exterior pasó en una década del 4 al 9% del PIB soviético. Durante un periodo les ayudó, especialmente en el terreno de la tecnología. Pero también dio lugar a nuevas contradicciones que los empíricos de mente estrecha de Moscú no habían previsto. La deuda de la URSS con Occidente, que era de 14.000 millones de dólares en 1983, se había duplicado. Aunque era todavía una cifra pequeña para el tamaño de la economía soviética, daba una respuesta alarmante a la pregunta “¿quién prevalecerá?”. 

La crisis económica se hizo notar en la caída del nivel de vida, las colas y la escasez. De 1.000 bienes de consumo básicos, sólo cuatro estaban siempre disponibles en las tiendas. Esto era consecuencia del caos burocrático. Había habido una cosecha récord y abundaba el grano y las patatas, pero no llegaban a las tiendas. Se retrasaba la entrega de grandes cantidades de bienes en espera de aumentos de precios. Un millón de toneladas de comida se pudría en los puertos. Trud daba el ejemplo de las estanterías de una tienda que deberían de haber estado llenas de frutas y verduras, pero en las que sólo había albaricoques en lata búlgaros. Esto a pesar del aumento de la producción agrícola en 1984. Posteriormente la situación empeoró. Según el Soviet Weekly (8/11/90), “la asombrosa cantidad de 70 millones de personas, una cuarta parte de la población, vive actualmente en el umbral de la pobreza”. 

Un artículo del Pravda, del 18 de octubre de 1990, describe una alarmante situación de desintegración social y económica:  

“La situación sigue empeorando. La producción cae y se rompen los vínculos de suministro económico. Las tendencias separatistas son más fuertes cada día. El mercado de consumo es un desastre. El déficit presupuestario y la confianza del crédito estatal han alcanzado niveles críticos. El comportamiento antisocial y el crimen han aumentado. La vida cada vez es más difícil, los incentivos para el trabajo se han debilitado, la fe en el futuro está colapsando. La economía está en una situación altamente peligrosa”. 

La escasez de comida y otros bienes era endémica. El descontento de la población aumentaba al darse cuenta de que esta escasez era artificial, resultado de la chapucería y el sabotaje. En el mercado negro se vendía a precios desorbitantes vodka robado de las tiendas. Se dejaba que se pudriese la carne en los almacenes. Sólo un 66% de la demanda se satisfacía. Nada más aparecer un producto en las tiendas, la gente lo compraba para almacenarlo, agravando la escasez. La prensa oficial admitía que “en los últimos cuatro años 13.000 productos diferentes han desaparecido de las estanterías”(8). 

La política antialcohol colapsó y de nuevo se formaban largas colas para comprar vodka. El 22 de agosto de 1990, la rabia y la frustración acumuladas estallaron. En Chelyabinsk hubo disturbios provocados por la falta de suministros de alcohol. Cuando llegó la policía, la multitud la atacó y le obligó a retirarse: 

Entonces la policía cerró sus escudos al antiguo estilo romano de la tortuga, pero ni siquiera esa fortaleza hecha a mano pudo resistir el ataque de la muchedumbre enfurecida. Rodeando a la policía por todos los flancos, los gamberros hicieron llover adoquines sobre las tropas, a corta distancia(9). 

La situación en Chelyabinsk empeoró con la subsiguiente revelación de un escándalo que implicaba al Partido Comunista local – “Inspectores públicos de restauración descubren un almacén secreto lleno de manjares en los locales del Partido Comunista”. El mismo artículo reconocía que “la situación social y política en el momento de los disturbios [del vodka] era típica de la existente en muchas ciudades soviéticas actualmente”. En otras palabras, la paciencia de las masas estaba llegando al punto de ruptura, y cualquier incidente podía provocar una explosión. También demostraba que las masas estaban empezando a perder el miedo a las fuerzas represivas del Estado. Pero ante la ausencia de una alternativa seria, un partido y un programa revolucionarios, el descontento de las masas no encontró una expresión efectiva. 

Enfrentados al callejón sin salida del régimen, un sector de la burocracia buscó una salida hacia Occidente, que todavía estaba pasando por un artificial éxito temporal en el terreno económico. Los representantes de la élite burocrática habían tenido la oportunidad de codearse con millonarios, diplomáticos y presidentes en sus visitas cada vez más frecuentes a Occidente, y contrastaban el espectáculo deslumbrante que hallaban con la imagen de impasse y estancamiento que habían dejado atrás, y en la comparación no salían muy bien parados. De esta manera, la idea de Occidente como modelo gradualmente empezó a arraigarse firmemente en un sector de la burocracia. 

Esto demostró la completa bancarrota ideológica de los dirigentes de la Unión Soviética y el PCUS. Impresionistas superficiales como Gorbachov y Shevardnadze quedaron obnubilados. Al igual que todos los burócratas, lo que entendían por marxismo eran los trozos de los absurdos fuera de contexto que pasaban por marxismo-leninismo de sus días estudiantiles en la URSS. No obstante, el auténtico marxismo era para ellos un libro cerrado. Su falta total de un punto de vista de clase se demostraba por el comentario típicamente filisteo de Gorbachov de que los capitalistas “también eran seres humanos”. En otras palabras, se podía conversar con los dirigentes occidentales “de hombre a hombre” y solucionar las diferencias alrededor de la chimenea, ¡como si todo se tratara de una cuestión de “química personal” y no de las diferencias irreconciliables entre dos sistemas sociales incompatibles! 

Pero no eran los únicos en saltar del barco. El dirigente “comunista” búlgaro Todor Zhivkov confesó en 1990 que él había pensado durante mucho tiempo que el socialismo estaba muerto y era poco práctico. Jaruzelski, el autor del golpe estalinista en Polonia, ¡ahora decía que todo había sido un terrible error y pedía disculpas al pueblo polaco! También él se había dado cuenta de que el “capitalismo era la única solución”. Tal apostasía era sólo un paso lógico para esta gente. Al fin y al cabo, hacía mucho tiempo que habían roto en la práctica con el socialismo. Trotski lo había previsto medio siglo antes, cuando escribió que la burocracia no estaría satisfecha con su poder y privilegios usurpados, sino que buscaría asegurarse su posición y la de sus descendientes, transformándose en capitalistas privados. 

En un primer momento, Gorbachov intentó resistir las exigencias de los radicales defensores de una evolución rápida hacia el capitalismo. Ryzhkov tenía una postura similar, a favor de mantener el núcleo básico de la economía en manos del Estado, pero con elementos de mercado. Gorbachov vacilaba continuamente entre las alas opuestas de la burocracia. Mientras, los generales se ponían cada vez más nerviosos con el tratado de la Unión y la amenaza a la URSS. Finalmente, a finales de 1990, Gorbachov publicó las líneas generales de su plan, una mezcolanza impotente de buenas intenciones e ideas contradictorias. 

La estabilización de la moneda también se iba a conseguir mediante un fondo en divisas fuertes para financiar el comercio exterior. Habría desnacionalización, pero sólo de pequeños negocios y sólo gradualmente, flexibilización de los precios, descentralización (pero manteniendo la URSS), y por supuesto desregulación de salarios. Por último, pero no por ello menos importante, un déficit presupuestario menor al 3% del PIB (el porcentaje que los criterios de Maastricht estipulan para los estados de la Unión Europea, que se están dando cuenta que es prácticamente imposible de cumplir) a través de severos controles del crédito. Su conclusión era típicamente optimista: “Debería surgir una economía equilibrada, con un mercado saturado de bienes de consumo y servicios”. Pero se trataba del optimismo de un hombre que estaba a punto de caer de cabeza al abismo. 

Gorbachov continuó utilizando su verborrea sobre “socialismo” y “comunismo”, pero toda su actuación indicaba que no se creía ni una sola palabra de lo que decía, lo que quedó demostrado en una entrevista que concedió a la televisión británica, en la que repitió el mito absurdo de que ¡todo hubiera ido bien en Rusia si la Revolución de Febrero hubiese triunfado! Esto demuestra una falta de comprensión total de las revoluciones de Febrero y Octubre. Ya hemos tratado esta cuestión, así que no es necesario extendernos en ella, pero vaya un escándalo cuando, 70 años después de Octubre, el secretario general del PCUS repite este absurdo tan infame. 

Reagan y los demás dirigentes occidentales, mientras agasajaban a Gorbachov en público, debían de estar riéndose a carcajada limpia a sus espaldas. ¡Los políticos y diplomáticos americanos, fríos y calculadores, tenían que estar frotándose los ojos de incredulidad! Este elemento pequeñoburgués accidental estaba siendo rápidamente absorbido por la lógica de la capitulación por parte de estos amables “seres humanos”, cuya intención era estrangular a la Unión Soviética y ponerla de rodillas. Hasta la fecha, Gorbachov continúa teniendo ilusiones en la “democracia occidental”, o más concretamente, en la “democracia como tal”, típico de un reformista de clase media que se imagina que puede reconciliar intereses de clase antagónicos. Y al igual que éstos, la apariencia de “realismo práctico” es sólo una hoja de parra para cubrir la impotencia más patética. 

Probablemente Gorbachov no quería la restauración del capitalismo en Rusia, pero preparó su camino y después fue debidamente apartado por la fracción de la burguesía naciente, dirigida por su protegido Yeltsin. Sin embargo, está dispuesto a aceptar los hechos consumados de la llamada reforma, al tiempo que lloriquea impotente sobre sus terribles consecuencias. En este sentido también es una copia fiel de los dirigentes socialdemócratas de Occidente, que están dispuestos a abrazar el capitalismo, pero no les gustan las cosas que inevitablemente se derivan de él. 

La demagogia de Yeltsin 

Explicamos desde el principio que las reformas de Gorbachov podrían tener un efecto temporal antes de quedarse sin gas. Estaba claro que o bien Gorbachov daría un giro hacia la recentralización y la represión, o sería eliminado, como había sucedido con Kruschev. El principal punto débil de las reformas de Gorbachov era que había que conseguir un avance económico, al igual que en Occidente principalmente a expensas de la clase obrera: aumentos de los ritmos de producción, acuerdos de productividad, recortes en las subvenciones e incluso cierres de fábricas. El lío abismal en que se encontraba la política económica quedó demostrado por la ironía de que los asesores económicos de Gorbachov trataron de imitar a los “expertos” occidentales defendiendo la introducción de elementos de economía de mercado justo en un momento en que el sistema capitalista a escala mundial estaba empezando a resquebrajarse. Carentes de un análisis marxista, estaban impresionados por el boom temporal de 1982-90, que, por un accidente de la Historia, coincidió con la crisis de la URSS. 

En ese momento había un sector de la burocracia que anhelaba un retorno a los “viejos buenos tiempos” del capitalismo. En ese momento, el caos burocrático y el sabotaje habían provocado una situación en la que, según economistas oficiales, el 13% de las fábricas soviéticas tenían pérdidas. ¡¡La respuesta de elementos como el economista Abel Aganbegyan, haciéndose eco de los monetaristas thatcheristas en Occidente, fue que había que permitir a miles de fábricas ir a la bancarrota!! La misma gente argumentaba que las subvenciones a la comida y los alquileres eran demasiado caras y habría que eliminarlas, permitiendo que los precios alcanzasen su propio nivel. Pocos años después estos consejos se pusieron en práctica, con resultados desastrosos para el pueblo ruso. Pero durante un tiempo Gorbachov no estuvo dispuesto a ir por ese camino, temiendo la reacción de las masas. 

Boris Yeltsin, un ambicioso aparatchik de Sverdlovsk, intentó hacerse un nombre como el defensor más radical de la perestroika. Demagogo por naturaleza, con una atracción por los gestos teatrales, Yeltsin se vanagloriaba de viajar en transporte público y visitar los mercados. Incluso iba en Metro al Kremlin, sin utilizar los servicios de su chófer oficial y su limosina, y protestó vehementemente contra los privilegios de la burocracia, lo que en ese momento le dio cierta popularidad en Moscú, donde sus ataques demagógicos contra la corrupción consiguieron un gran eco. El daño causado por el control burocrático sofocante era tal que, sin la corrupción a gran escala y el mercado negro, la economía se hubiera detenido antes. Los obreros lo sabían y Gorbachov lo admitía abiertamente. Poco después de convertirse en líder declaró: “Intenta conseguir una reparación en tu piso; definitivamente vas a tener que encontrar a alguien que lo haga a escondidas, y éste va a tener que robar el material de una obra de la construcción”(17).  

Incluso en Moscú era imposible conseguir servicios tan elementales como la fontanería sin recurrir al blat, tal y como indicaba el discurso de Yeltsin al congreso del Partido en 1986:  

“[Yeltsin] preguntó por qué el secretariado del CC en el centro del poder de la Unión Soviética no había hecho nada relativo a la corrupción generalizada en Uzbekistán y Kirghizia [dos repúblicas centroasiáticas donde toda la dirección del Partido había sido cesada]. ‘¿Por qué’, preguntó Yeltsin, ‘se plantearon los mismos problemas durante cinco años en congresos del partido? ¿Por qué después de tantos años no hemos conseguido eliminar de nuestras vidas las raíces de la burocracia, la injusticia social y los abusos?’ (…) Yeltsin dijo que Moscú, una ciudad de ocho millones de habitantes, tenía una economía estancada y un sistema de transporte público, centros comerciales y atención sanitaria inadecuados. Culpó abiertamente a los antiguos dirigentes de la ciudad”(18). 

En otra intervención en el congreso dijo:  

“Durante unos cuantos años el sector minorista en su conjunto ha vivido un periodo de corrupción, y hoy estamos comiendo sus frutos. Si no podemos solucionar el problema de la dirección, si no podemos quitar de en medio a la gente deshonesta y limpiar todo el sector, tendremos escasez y habrá déficits artificiales regulares”(19). 

Yeltsin cesó a más del 40% de los trabajadores locales del Partido en Moscú, pero eso no fue suficiente para resolver la situación caótica que él mismo describiera ni tampoco impidió que gran cantidad de los despedidos por aceptar sobornos fuesen rápidamente readmitidos en otros empleos por la puerta trasera. Al mismo tiempo, la campaña de Yeltsin en la práctica empeoró la situación económica en Moscú debido a que la corrupción y el mercado negro eran el aceite que mantenía en funcionamiento la economía dirigida por la burocracia. Incluso el suministro de materias primas para las fábricas dependía a menudo del mercado negro para saltarse los obstáculos creados por el sistema burocrático. 

Esta experiencia demostró una vez más que sólo se podía echar abajo el muro contra el que se estrellaba la campaña contra la burocracia desmantelando completamente el Estado burocrático y creando una democracia obrera. Eso significaba una revolución política. Y antes que contemplar esa posibilidad, Yeltsin y sus compinches prefirieron ir hacia el capitalismo. Sin embargo, las medidas “populistas” de Yeltsin ofendieron al sector conservador de la burocracia, que temía que la glasnost se estuviese escapando de sus manos. El despido de Yeltsin fue un indicio claro de que las reformas de Gorbachov estaban entrando en dificultades. 

Yeltsin demagógicamente hacía gala de defender la igualdad, para aumentar su popularidad. ¿Pero qué sucedió después? Actualmente, este caballero y sus amigos han saqueado el Estado ruso. Bajo el reino de este “igualitario”, siete gángsters fabulosamente ricos controlan y poseen la mitad del país, mientras decenas de millones de rusos viven en la pobreza y no reciben sus salarios durante meses. ¡Vaya una igualdad! De hecho, la desigualdad que existe hoy en día en Rusia no sólo es mayor que antes, sino que es mucho mayor que en los países capitalistas desarrollados. Se parece más al “capitalismo de compinches” de Marcos, en Filipinas, que a los regímenes capitalistas de Europa Occidental, EEUU y Japón. Esto no pasa desapercibido para la clase obrera, que está sacando sus propias conclusiones. Y no olvidemos como acabó el régimen de Marcos. 

Ilusiones en Gorbachov 

Era increíble ver cuánta gente de izquierda fue engañada por Gorbachov. No sólo reformistas de todos los pelajes, sino algunos supuestos “Trotskistas” se apresuraron a rendir tributo a este “gran reformador y estadista”. Esta gente es incapaz de diferenciar entre lo aparente y lo real. En realidad, Gorbachov defendía los intereses de la casta dominante. Es cierto que su imagen era diferente de la de los viejos dirigentes estalinistas, pero la diferencia era más de estilo que de contenido. 

Gorbachov era un burócrata educado, que había viajado y tenía un discurso completo, a diferencia de los advenedizos estrechos y groseros de los días de Stalin. Se dio cuenta del callejón sin salida en el que se encontraba el régimen burocrático. Sin la participación y el entusiasmo de las masas, no se podía hacer nada. Esto es cierto incluso bajo el capitalismo. La mayor parte de las grandes fábricas acabarían por detenerse si los obreros no aplicasen su inteligencia y su iniciativa, a veces saltándose las normas para mantener la maquinaria en funcionamiento. En Gran Bretaña se consiguen cientos de millones de libras al año a través de los “buzones de sugerencias” en las fábricas. Eso demuestra el enorme potencial de un sistema basado en el control y la dirección de los obreros que diese rienda suelta a su creatividad, inteligencia e iniciativa. 

Muchos albergaban ilusiones en que la burocracia rusa podría reformarse. Uno de ellos era Roy Medvedev, un historiador capaz que, a pesar de haber mostrado gran coraje personal al oponerse al régimen, no pudo desarrollar un análisis marxista consistente, y cayó en la trampa. Roy Medvedev representaba el ala “izquierda” de la burocracia. Quería que el régimen se reformase de manera estrictamente legal y constitucional.  

“En cuanto a las maneras y los métodos de la lucha política, tienen que ser absolutamente legales y constitucionales”, dice Medvedev, “hay ciertos grupos extremistas que creen en la utilización de métodos ilegales, incluyendo por ejemplo la organización de imprentas clandestinas” (10). 

A continuación, cita a uno de sus oponentes, que obviamente hace una caracterización correcta de la burocracia:  

“Crees que la dirección apoyaría un cierto grado de democratización, pero esto equivaldría a que la dirección se liquidase a sí misma, y el conjunto de la historia política confirma la irrealidad de esta expectativa. Ningún gobierno se retira por propia voluntad. Tus ideas son dañinas, ya que crean ilusiones sobre la facilidad con la que se puede aplicar tu programa de reformas. Sugieres que, como resultado de un cambio en las condiciones sociales y políticas, fuerzas frescas pasarán a formar parte del ‘aparato’ y transformarán su estilo burocrático. Pero esto sólo potencia la idea falsa de un proceso automático y espontáneo; en realidad estas fuerzas frescas se encontrarán sin duda con una resistencia feroz” (11).  

De nuevo Medvedev insiste:  

“Las reformas demasiado apresuradas pueden provocar problemas en el bloque socialista (como ha demostrado la experiencia de Checoslovaquia)” (12).  

Claramente cualquier movimiento de la clase obrera para sacudirse el yugo de la burocracia “provocaría problemas”. Pero imaginarse que la casta dominante se rendiría sin lucha es confundir los deseos con la realidad. Otro ejemplo era Isaac Deutscher. Su nombre se vincula frecuentemente al de Trotski, ya que escribió una biografía en tres tomos del gran revolucionario. Pero políticamente, ambos no podrían estar más alejados. De hecho, en su biografía política de Stalin, Deutscher trata de glorificar a éste y, más que presentarlo como el dirigente de la burocracia contrarrevolucionaria, lo eleva a la categoría de gran revolucionario incomprendido: 

Stalin ha sido el dirigente y el explotador de una revolución trágica, autocontradictoria pero creativa. Al igual que Cromwell, personifica la continuidad de la revolución a través de todas sus fases y metamorfosis, aunque su papel fue menos prominente en la primera fase. Al igual que Robespierre, ha desangrado a su propio partido; y, al igual que Napoleón, ha construido su imperio medio conservador, medio revolucionario y llevado la revolución fuera de las fronteras de su país (…) Pero para salvarla [lo mejor de la obra de Stalin] para el futuro y darle su pleno valor, puede ser que la Historia todavía tenga que limpiar y remodelar la obra de Stalin tan severamente como una vez limpió y remodeló la obra de la revolución inglesa después de Cromwell y de la francesa después de Napoleón(13). 

Deutscher nunca entendió a Trotski ni su gran aportación al marxismo: el análisis del estalinismo. Lo que tiene de correcto su trilogía sobre Trotski es lo que tomó prestado del mismo Trotski, pero sus intentos de teorizar no tienen ningún valor. Deutscher descarta “el fiasco de Trotski con la Cuarta Internacional” y “sus titubeos sobre reforma y revolución en la URSS” como simples fantasías (14). En realidad, sin entender las ideas de Trotski sobre el estalinismo, es imposible comprender qué está pasando en la Unión Soviética hoy en día. Lejos de ser “titubeos”, sus ideas han sido totalmente confirmadas por los acontecimientos. No se puede decir lo mismo de las perspectivas del propio Deutscher. 

Después de la muerte de Stalin, Deutscher saludó la llamada desestalinización de Kruschev como un gran paso adelante. He aquí la conclusión de Deutscher en el tercer volumen de su biografía de Trotski:  

“Está claro que, incluso bajo el estalinismo, la sociedad soviética ha conseguido un progreso inmenso en muchos campos, y que el progreso, inseparable de su economía planificada y nacionalizada, estaba desorganizando y erosionando al estalinismo desde dentro. En la época de Trotski era demasiado pronto para hacer un balance de este desarrollo – sus intentos de hacerlo tenían fallos – ; y el balance todavía no está claro, ni siquiera un cuarto de siglo después. Pero es evidente que la sociedad soviética ha estado tratando, y no sin éxito, de librarse de la pesada deuda y desarrollar los enormes activos que ha heredado de la época de Stalin. Hay mucha menos pobreza en la Unión Soviética, mucha menos desigualdad y mucha menos opresión a principios de los años 60 que en los años 30 o a principios de los 50. El contraste es tan sorprendente que es un anacronismo hablar de una ‘nueva esclavitud totalitaria establecida por el colectivismo burocrático’ (…) Todavía es un tema de discusión si la burocracia soviética es una ‘nueva clase’ o si se necesita una reforma o una revolución para acabar con este dominio arbitrario. Lo que está fuera de toda duda es que las reformas de la primera era post-Stalin, aún siendo inadecuadas y contradictorias, han mitigado y limitado en gran medida el despotismo burocrático, y que las nuevas corrientes de aspiraciones populares están trabajando para transformar la sociedad soviética más y más radicalmente” (15). 

Deutscher siempre había tenido la ilusión de que la burocracia podía ‘desburocratizarse a sí misma’ e introducir el socialismo, Lo que era esencialmente falso. Ninguna clase o casta dominante en la Historia ha entregado su poder y privilegios sin luchar. Trotski tenía mil veces más razón cuando predijo que la burocracia se orientaría hacia el capitalismo para reforzar sus privilegios, antes que entregar el poder a la clase obrera. Esto era incluso más cierto en el contexto de boom económico temporal en Occidente coincidente con las reformas de Gorbachov. La tesis central de Deutscher tenía un carácter totalmente anti-marxista y formalista. Si la burocracia surgió del atraso ruso, razonaba, entonces en la medida en que la sociedad avance hacia un nivel cultural y económico superior tendría que desaparecer sin dolor por su propia inercia. Pero este análisis pasa por alto las contradicciones básicas en la sociedad. En cualquier sociedad de clases, una vez que surge el Estado, éste adquiere vida y movimiento propios. Toda la Historia demuestra precisamente lo contrario de la tesis de Deutscher. En el momento crítico, cuando las fuerzas productivas han ido más allá de las relaciones de propiedad existentes, la clase dominante y su Estado no se reconcilian en absoluto con la lógica del progreso histórico. Luchan por mantener sus privilegios y su poder, incluso cuando éstos están en contradicción flagrante con las exigencias del progreso. El sistema capitalista ha sido un freno al desarrollo de las fuerzas productivas desde hace tiempo, ¡lo que no significa en absoluto que la clase capitalista se vaya a rendir voluntariamente al proletariado! 

El desarrollo de las fuerzas productivas no determina automáticamente el carácter del Estado. Si eso fuera así, la revolución sería innecesaria, y no sólo en Rusia. Toda la Historia de la humanidad sería una evolución suave y gradual en dirección al progreso, algo que cualquier estudiante de escuela primaria sabe que no es el caso. La inevitabilidad de la revolución surge precisamente del hecho de que ninguna clase o casta dominante se rinde nunca. La burocracia rusa no es una excepción, especialmente después de que Stalin exterminase a los representantes de Octubre. La manera en que la burocracia estableció su poder – vadeando el mar de sangre de las purgas – era un indicio de que esta casta dominante no se iba a detener ante nada para mantenerse en el poder. Como dijo Trotski: “Nunca se ha visto que el diablo se corte de buen grado sus propias garras. La burocracia soviética no abandonará sus posiciones sin combate; el país se encamina evidentemente hacia una revolución” (16). 

Toda la línea de argumentación de Deutscher estaba en la tradición del menchevismo. Refleja la misma lógica que el reformismo, que trata de demostrar que la revolución en general es una inconveniencia innecesaria. Su tipo de “realismo” es un crudo empirismo que carece de la menor comprensión de la Historia. Es el mismo tipo de mentalidad que lleva a los dirigentes socialdemócratas en Occidente a abandonar el socialismo y finalmente pasarse a la economía de mercado, es decir, de las reformas a las contrarreformas. Así, su supuesto realismo se convierte en el peor tipo de utopía. 

La visión de Deutscher de una burocracia que se reforma a sí misma proporcionaba una esperanza confortante para los radicales “amigos” de la Unión Soviética, el sueño de una transición pacífica al socialismo. En realidad, esto era imposible sin un movimiento de masas de la clase obrera. El éxito o el fracaso dependía no de los deseos o de la buena voluntad de la burocracia, sino exclusivamente de la disposición de la clase obrera a luchar por su emancipación. La experiencia de Hungría demuestra cómo un movimiento revolucionario de la clase obrera podría escindir la burocracia y ganar a partes importantes para la revolución política. En contraste, las llamadas reformas de Gorbachov, que trataban de impedir una revolución desde abajo y mantener el dominio de la burocracia, prepararon el camino para que un sector importante de la burocracia se pasara al capitalismo, en lugar de aceptar la abolición de los privilegios. Hoy en día, las teorías de Deutscher no tienen siquiera un interés histórico. Para ser justos, es necesario añadir que la viuda de Deutscher, Támara Deutscher, en un programa de la BBC poco antes de su muerte, tuvo el coraje de admitir públicamente que Trotski siempre había tenido razón en esta cuestión. Mirando hacia atrás, era increíble que cualquiera con el conocimiento más elemental de la historia rusa, por no hablar del marxismo, pudiera haber tenido la menor ilusión en Gorbachov y sus ideas. Y, sin embargo, tuvimos a supuestos marxistas alabando a Gorbachov, ¡e incluso viajando a Moscú para presenciar el extraño espectáculo de la burocracia “aboliéndose a sí misma”! Por supuesto, los defensores de la teoría del capitalismo de Estado no estaban impresionados, ya que, por lo que a ellos se refería, el capitalismo ya existía en Rusia. Así que, ¿a qué tanto ruido? 

Cuando todas las demás tendencias estaban alabando a Gorbachov como el gran salvador, sólo nosotros señalamos que sus reformas estaban condenadas al fracaso y lo caracterizamos como una figura pequeñoburguesa accidental, condenada a ser barrida, aunque pensábamos que eso se daría como resultado de una revolución política, y no de un movimiento en dirección al capitalismo que, en aquel momento, erróneamente creímos que estaba descartado. La única manera de resolver el problema era reintroducir un régimen leninista de control y gestión obrera, lo cual hubiera sido posible fácilmente con una economía desarrollada como la que ya existía en Rusia. ¡Pero ésa era la última cosa que Gorbachov tenía en mente! En lugar de mejorar las cosas, las reformas de Gorbachov introdujeron un nuevo elemento de desestabilización, acelerando la disolución del régimen. Sólo había dos alternativas posibles. Ante la ausencia de un movimiento de la clase obrera hacia la revolución política, la balanza se inclinó rápidamente hacia el capitalismo. 

Notas 

[1] Palabra rusa intraducible, derivada originalmente de la jerga de los ladrones, que en el lenguaje soviético se refería al uso de contactos personales para obtener beneficios ilícitos. 

[3] Trotski, La revolución traicionada, p. 225-26 

4 Gorbachov, Perestroika. New Thinking for Our Country and the World, p. 31, énfasis del autor  

[5] Trotski, La revolución traicionada, p. 229, énfasis en el original  

[6] Crankshaw, op. cit., p. 134 

[7] Citado en The Wall Street Journal, 5/7/88, énfasis del autor  

[8] Soviet Weekly, 1/11/90 

[9] Ibid. 

[10] Medvedev, On Socialist Democracy, p. 314 
[11 Ibid., p. 313 
[12] Ibid., p. 314 
[13] I. Deutscher, Stalin: a political biography, pp. 569-70 
[14] Ibid., p. 513 
[15] Deutscher, The Prophet Outcast, pp. 511-12 
[16] Trotski, La revolución traicionada, p. 224 [17] Financial Times, 2/7/86 
18] Financial Times, 28/2/86 
19] The Guardian, 21/1/86 

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