Este año se cumple el 500 aniversario del apogeo de la Guerra de los Campesinos Alemanes de 1524-1526. Durante la guerra, las masas oprimidas tanto de las ciudades como del campo se levantaron contra el decadente orden feudal. La derrota de los rebeldes en mayo-junio de 1525 dejaría una huella indeleble en la historia de Alemania y de toda Europa.
La Guerra de los Campesinos fue un acontecimiento crucial en la Reforma protestante, que Friedrich Engels consideró una de las etapas más importantes de la lucha de la burguesía europea contra el feudalismo, junto con la Guerra Civil Inglesa (1642-1651) y la Revolución Francesa (1789-1794). De hecho, describió la Reforma como la primera revolución burguesa de la historia.
Lo que comenzó como un conflicto entre Martín Lutero, monje y profesor de teología alemán, y la Iglesia católica romana, desencadenó una conflagración revolucionaria en la Europa moderna. En los Países Bajos, la Reforma llevó al poder a la burguesía, cuando los protestantes calvinistas conquistaron la independencia de sus gobernantes católicos españoles y fundaron la República de las Siete Provincias Unidas en 1581. Sin embargo, casi seis décadas antes se produjeron revueltas masivas en el sur y el centro de Alemania, así como en Austria, Alsacia y Suiza.
Los campesinos entraron decididamente en la escena de la historia. Y, como escribió Engels: «los campesinos sublevados y, tras ellos, los comienzos revolucionarios del proletariado moderno, ya con la bandera roja en la mano y el comunismo en los labios».
A medida que el movimiento se desarrollaba, sectores de los explotados fueron más allá de la lucha contra la Iglesia y comenzaron a atacar el propio sistema feudal, predicando algunos una forma primitiva de comunismo. La Guerra de los Campesinos Alemanes anticipó así las futuras luchas de clases entre la burguesía y el proletariado.
Los oprimidos comenzaron a tomar su destino en sus propias manos. Se organizaron, probaron programas y métodos, y sacaron conclusiones radicales de sus experiencias. Decenas de miles de héroes, en su mayoría anónimos, perdieron la vida en esta lucha.
Cuando las masas entraron en escena con sus propias reivindicaciones, la Reforma en Alemania se dividió en dos bandos, el de los que tenían propiedades y el de los que no las tenían. Lutero y la burguesía urbana se pusieron del lado de la nobleza protestante. Esta última, de hecho, se alió con los nobles católicos, con quienes compartía los mismos intereses de clase, para reprimir brutalmente a los campesinos y sus aliados. Así, la primera revolución burguesa no terminó con la toma del poder por parte de la burguesía.
Engels se interesó mucho por la Reforma. En 1850 publicó el panfleto La guerra de los campesinos en Alemania, en el que señalaba las similitudes entre la revolución histórica de Alemania en 1525 y la de 1848-49. En la revolución de 1848, la burguesía alemana volvió a pactar con la nobleza por miedo a las masas, en lugar de llevar la lucha contra el feudalismo hasta sus últimas consecuencias. Engels declaró:
«Las propias clases y fracciones de clases que traicionaron el movimiento de 1848 y 1849 son las que encontramos como traidoras en 1525 aunque en una etapa inferior de su desarrollo».
La obra es un hito en el desarrollo del marxismo. Por primera vez, el método del materialismo histórico se aplicó a acontecimientos del pasado remoto. El estudio de la Guerra de los Campesinos y del panfleto de Engels siguen ofreciendo importantes lecciones a cualquiera que desee comprender el marxismo y la lucha de clases.
Un mundo en convulsión
Las revoluciones surgen cuando las relaciones de producción —como las que existen entre terratenientes y campesinos, o entre esclavos y esclavistas— inhiben el desarrollo de las fuerzas productivas de la humanidad, es decir, la ciencia, la industria y la técnica. Esta contradicción fue la fuerza motriz de la Reforma y la Guerra de los Campesinos. En aquella época, estaban madurando nuevas relaciones capitalistas más productivas. Sin embargo, el orden feudal se interponía en su desarrollo. La sociedad se encontraba en un callejón sin salida, del que se hicieron dolorosamente conscientes sectores cada vez más amplios de la población.
En el siglo XVI, Alemania era una sociedad feudal organizada jerárquicamente, fragmentada en más de 300 pequeños estados del Sacro Imperio Romano Germánico. Formalmente, el emperador estaba a la cabeza de esta sociedad. A diferencia de Inglaterra o Francia, sin embargo, apenas existía una autoridad central en el Imperio, ya que el nivel de desarrollo económico y los intereses resultantes de las distintas provincias eran demasiado dispares para permitir la centralización.
Los príncipes seculares y eclesiásticos de los más grandes de los pequeños estados alemanes se beneficiaron de esta situación. Estos altos nobles ampliaron sus territorios hasta convertirlos en estados absolutistas casi independientes, con ejércitos permanentes y burocracias estatales independientes. Esto les permitió ampliar su poder en relación con el emperador, así como con la nobleza media y baja y las ciudades.
Este desarrollo tuvo consecuencias revolucionarias. Mantener a los mercenarios y a los funcionarios costaba dinero. Incluso aquellos que querían oponerse a los esfuerzos de los príncipes o seguirles el ritmo en su pompa tenían que encontrar el dinero. Por ejemplo, con la invención de la pólvora, las armas de fuego comenzaron a convertirse en el medio más importante de guerra. Pero solo los más ricos podían permitirse estas armas.
El modo de producción feudal se basaba en la explotación del campesinado, originalmente mediante el pago de bienes en especie, como el diezmo —un impuesto del 10 % de la producción anual, pagado al clero— y la realización de trabajos no remunerados en las fincas de los terratenientes, los llamados «Frondienst». Estas formas de explotación servían para mantener a la nobleza, al clero y a los gobernantes de las ciudades. Los campesinos, por su parte, vivían de los alimentos que cultivaban para sí mismos, además de trabajar para sus señores.
Había diferentes grados de explotación. Los siervos en Alemania eran casi esclavos de sus terratenientes, sin apenas derechos. También había siervos que gozaban de algunas libertades personales, pero que aún así tenían que trabajar para su terrateniente, y los arrendatarios libres, que solo tenían que pagar el alquiler. Sin embargo, la necesidad cada vez mayor de dinero de la clase dominante creó una enorme presión para privar de derechos y explotar aún más al campesinado en su conjunto.
A finales del siglo XV, las condiciones de los campesinos se habían vuelto intolerables. Los terratenientes exprimían a los campesinos hasta el límite. Inventaron innumerables impuestos y servicios nuevos, prohibieron la emigración, restringieron el uso de las tierras comunales en las aldeas e incluso encarcelaban a los siervos y a los campesinos libres para obligarlos a la servidumbre. Allí, los terratenientes podían someter a los campesinos a las torturas más brutales con total impunidad.
Las formas de «justicia» de los señores iban desde torturas como cortar las orejas, cortar la nariz, sacar los ojos, estirar en el potro, cortar los dedos y las manos, hasta ejecuciones por decapitación, «romper en la rueda», hierros al rojo vivo y «descuartizar». Cuando la muerte liberaba por fin al campesino de su tormento terrenal, los familiares supervivientes tenían que entregar una gran parte de su herencia al terrateniente.
Al mismo tiempo, los gobernantes reestructuraron el sistema judicial a su favor. Anteriormente, en muchos lugares, los concejales de la comunidad rural llevaban a cabo los juicios ellos mismos y de acuerdo con el derecho consuetudinario local. Ahora los señores empleaban abogados profesionales y codificaban la ley, naturalmente de acuerdo con sus propios intereses explotadores.
El desarrollo burgués
Para sacar provecho del excedente exprimido a los campesinos, los señores tenían que venderlo en forma de mercancías. Esto benefició principalmente a las ciudades y a su burguesía. Allí surgió el capitalismo mercantil y manufacturero. Mientras que los gremios medievales seguían siendo dominantes, ya se estaban desarrollando los primeros indicios del trabajo asalariado. Por ejemplo, en forma del llamado sistema de «trabajo a domicilio», que estaba especialmente extendido en la industria textil. O en la minería, que floreció en las actuales regiones de Turingia y Sajonia.
La creciente extracción de metales preciosos tuvo consecuencias de gran alcance, y no solo porque el oro y la plata satisfacían la creciente demanda de dinero. Como explicó Karl Kautsky, la minería también impulsó la producción de bienes en el campo, además de en las ciudades donde se procesaban los metales. Se necesitaban alimentos para abastecer a los mineros. Se necesitaba madera para los pozos, las vías férreas y la combustión de los minerales.
En La guerra de los campesinos en Alemania, Engels escribió que la producción nacional alemana no podía seguir el ritmo del auge de otros países. Pero en una carta a Kautsky en 1889, en la que elogiaba sus análisis sobre la importancia de la minería, cambió radicalmente su valoración:
«Me di cuenta claramente […] de hasta qué punto la producción de oro y plata en Alemania […] proporcionó el impulso final que, entre 1470 y 1530, situó a Alemania a la cabeza de la economía europea, convirtiéndola así en el centro de la primera revolución burguesa, bajo la apariencia religiosa de la llamada Reforma. El impulso definitivo en el sentido de que los gremios artesanales y el comercio por encargo alcanzaron un nivel de desarrollo relativamente avanzado, lo que inclinó la balanza a favor de Alemania en detrimento de Italia, Francia o Inglaterra».
Las familias empresariales alemanas, como los Fugger y los Welser, se encontraban entre las más poderosas del mundo. Acumularon una enorme riqueza, que prestaban a la Iglesia, a los emperadores y a los príncipes. Sin embargo, debido a estas relaciones comerciales, estaban estrechamente vinculados a los gobernantes feudales y gozaban de ciertos privilegios. Este favoritismo hacia facciones individuales dividió a la burguesía.
La gran burguesía, o «patricios», también concentró el poder en sus manos a través del control monopolístico de los ayuntamientos. La pequeña y mediana burguesía exigía participar en este poder político. Los trabajadores urbanos y los pobres no tenían derechos civiles y, por lo tanto, estaban excluidos de cualquier forma de representación. Los patricios se enfrentaban así a una oposición burguesa y también a una oposición revolucionaria-plebeya de los explotados.
Los grilletes del progreso
La sociedad del siglo XVI en el Sacro Imperio Romano Germánico era una «una masa sumamente confusa con intereses divergentes y en todo contradictorios». Sin embargo, muchas clases entraron en conflicto con el antiguo orden, aunque por diferentes razones.
Nada encarnaba esto mejor que la Iglesia católica, que Engels describió como el «gran centro internacional del feudalismo»:
« Rodeó a las instituciones feudales del halo de la consagración divina. También ella había levantado su jerarquía según el modelo feudal, y era, en fin de cuentas, el mayor de todos los señores feudales, pues poseía, por lo menos, la tercera parte de toda la propiedad territorial del mundo católico. Antes de poder dar en cada país y en diversos terrenos la batalla al feudalismo secular, había que destruir esta organización central santificada».
La pomposidad de los obispos, los abades y su ejército de monjes alimentaba el odio hacia el clero entre la nobleza, la burguesía y los explotados, tanto en las ciudades como en el campo. Los lucrativos cargos de la Iglesia eran otorgados por el papa, no por la nobleza alemana. A menudo recaían en extranjeros. El clero sacaba dinero de los bolsillos de la población mediante impuestos eclesiásticos, la llamada venta de indulgencias (es decir, la remisión del castigo de los pecados a cambio de dinero) o la venta de imágenes falsificadas de santos y reliquias. Los altos clérigos también eran propietarios de tierras. De este modo, una parte importante de la riqueza iba a parar a Roma o a sus lacayos.
La Iglesia católica obstaculizó así el desarrollo de las fuerzas productivas en el imperio. Al mismo tiempo, fue perdiendo cada vez más las funciones sociales que había desempeñado en el pasado. El desarrollo de la burocracia principesca, las exigencias del comercio en auge y la invención de la imprenta socavaron su monopolio no solo sobre la lectura y la escritura, sino también sobre la educación y la administración.
No obstante, la religión era el pilar ideológico de la sociedad. Engels lo explica así:
«El dogma de la Iglesia era al mismo tiempo axioma político y los textos sagrados tenían fuerza de ley en todos los tribunales.»
Los gobernantes la utilizaban para justificar su posición. Por ejemplo, el papa coronaba al emperador. La teología se utilizaba como base para el estudio y la interpretación de la filosofía, la política y la justicia.
Martín Lutero
En las condiciones de la época, era inevitable que todo movimiento social y político contra el feudalismo tuviera que adoptar primero una forma teológica. Engels escribió:
«Desde el siglo XIII hasta el XVII, todas las reformas y las luchas que se libraron en nombre de la religión no fueron, en teoría, más que intentos repetidos de la burguesía, los plebeyos urbanos y el campesinado que se rebeló junto con ellos, de adaptar la antigua cosmovisión teológica a las nuevas condiciones económicas y a la posición de la nueva clase».
El contenido de clase de la Reforma radicaba en la lucha por la interpretación de la religión cristiana a favor de la burguesía emergente. Sin embargo, debido a la feroz reacción del papa y del emperador a sus críticas a la venta de indulgencias, Lutero se convirtió en una figura simbólica contra el antiguo orden y, por lo tanto, en un centro de atracción no solo para la burguesía, sino para todas las fuerzas opositoras. En enero de 1521, Lutero fue expulsado de la Iglesia católica por una bula papal de excomunión, y en abril de ese año el emperador Carlos V lo convocó a la Dieta de Worms, donde fue llamado a responder por su herejía.
Lutero solo había defendido una reforma de la venta de indulgencias en sus «95 tesis» del 31 de octubre de 1517, y no su abolición total. Sin embargo, se radicalizó como consecuencia de su conflicto con Roma y de la simpatía que le profesaba el pueblo. Ya en 1520 predicaba la rebelión armada contra la Iglesia católica:
«Me parece que si los romanistas están tan locos, el único remedio que queda es que el emperador, los reyes y los príncipes se armen con fuerza para atacar a estas plagas del mundo y combatirlos, no con palabras, sino con acero».
Lutero no solo arremetió contra el clero, sino que más tarde también contra el emperador y los príncipes que no se habían unido a él. Parte de la nobleza también se unió a su causa con el fin de enriquecerse con los bienes de la Iglesia y romper con la influencia tanto del papa como del emperador. Como resultado, no solo muchas ciudades, sino también principados enteros se convirtieron al protestantismo.
En la Dieta de Worms se impuso la proscripción imperial a Lutero. Esto significaba que se prohibía la lectura y la distribución de sus escritos. El propio Lutero fue considerado fuera de la ley. Sin embargo, el elector Federico de Sajonia acogió a Lutero en el castillo de Wartburg, donde trabajó, entre otras cosas, en la traducción de la Biblia al alemán. Esta estrecha relación con parte de la nobleza explica por qué Lutero no siguió sus palabras radicales con actos revolucionarios.
Las masas
Con la Reforma, la sociedad se dividió en tres grandes bandos, descritos por Engels como «el católico o reaccionario, el luterano, burgués-reformista y el revolucionario». Sin embargo, solo en el transcurso de la Guerra de los Campesinos se puso de manifiesto la división dentro de la oposición al catolicismo.
Al fin y al cabo, los elementos revolucionarios también se unieron inicialmente a Lutero. Con su traducción de la Biblia, «frente a la sociedad feudal en descomposición había descrito una sociedad que desconocía la jerarquía feudal, compleja y artificiosa».
Aunque Lutero se preocupaba exclusivamente por la libertad religiosa, las masas explotadas interpretaron sus escritos, como Sobre la libertad del cristiano, de forma secular. Al fin y al cabo, el reformador no solo había predicado contra el clero, sino también contra la nobleza. Los oprimidos se sumaron así a la causa de la libertad frente al despotismo feudal, que justificaban usando a Lutero y la Biblia.
Incluso antes de la Guerra de los Campesinos, se habían multiplicado las revueltas campesinas, como el movimiento Bundschuh o el «Pobre Conrado», pero seguían siendo localizadas. Las condiciones diferían demasiado de un lugar a otro como para que se unieran en un levantamiento general. Sus conspiraciones aisladas solían ser delatadas a las autoridades, que perseguían a los capturados con las torturas más brutales.
Sin embargo, con sus ideas y su traducción de la Biblia, Lutero proporcionó a los oprimidos el punto de partida de un marco ideológico unificado para sus diversas reivindicaciones y objetivos. Sobre esta base, el levantamiento pudo extenderse en 1525.
La Guerra de los Campesinos comenzó como un asunto local. En el verano de 1524, los campesinos de Stühlingen, en la Selva Negra, se levantaron. Según la leyenda, el Landgrave Segismundo II ordenó a sus súbditos que recogieran caracolas en el bosque para que su esposa las utilizara como carretes para el hilo. Esta fue la gota que colmó el vaso. Armados, los campesinos marcharon frente al castillo de su señor para protestar contra este trabajo arbitrario y los impuestos excesivos.
En abril de 1525, el levantamiento se había extendido. En el sur de Alemania y Turingia, así como en partes de Sajonia, Alsacia, Suiza y Austria, los campesinos tomaron las armas y se negaron a trabajar y a pagar impuestos. En muchos lugares se les unieron los trabajadores urbanos y los pobres. En algunas zonas, la burguesía y la baja nobleza también apoyaron las reivindicaciones de los campesinos, a menudo por coacción o por cálculo de poder, pero a veces por sincera simpatía.
Los rebeldes invocaban la ley superior y «divina» de la Biblia, que contraponían a los abusos arbitrarios de las autoridades seculares y eclesiásticas. Las ideas de la Reforma sirvieron de nexo de unión en el movimiento. Con el fin de controlar la interpretación de las Sagradas Escrituras, se extendió la demanda de que los pastores fueran elegidos por la congregación. A menudo se pedía a eruditos protestantes como Lutero y sus seguidores que decidieran sobre la legitimidad de estas cuestiones.
A pesar de su radicalismo anterior, al comienzo de la Guerra de los Campesinos, Lutero comenzó a desempeñar un papel mediador. Engels escribió:
«Arremetió contra los gobiernos atribuyéndoles la culpa de la insurrección por la opresión que ejercían. Según él los campesinos no eran los que oponían la resistencia, sino el mismo Dios. De otra parte, la sublevación era también impía y contraria al Evangelio. Finalmente aconsejó a ambos bando».
Sin embargo, Lutero se volvió aún más reaccionario cuando el levantamiento se extendió a las zonas protestantes y se radicalizó cada vez más. Un punto de inflexión fue la llamada «masacre de Weinsberg». El domingo de Pascua, 17 de abril de 1525, los campesinos asaltaron el castillo del conde Ludwig von Helfenstein y se vengaron de décadas de opresión, explotación y maltrato. El conde y sus acompañantes fueron ejecutados.
Ante la energía revolucionaria de los oprimidos, que también se dirigía contra sus protectores, Lutero olvidó todas sus antiguas enemistades. Ahora pedía a las autoridades, tanto católicas como protestantes, que no mostraran piedad con los rebeldes. Su famoso panfleto incendiario, Contra las hordas asesinas y ladronas de campesinos, dice:
«Hay que despedazarlos, degollarlos y apuñalarlos, en secreto y en público; ¡y los que puedan que los maten como se mata a un perro rabioso! […] Por esto, queridos señores, oídme y matad, degolladlos sin piedad; y aunque muráis ¡cuán dichosos seréis! pues jamás podríais recibir una más feliz muerte».
Lutero negaba ahora no solo la Guerra Campesina, sino también cualquier rebelión contra las autoridades, a pesar de que él mismo la había predicado anteriormente. El reformador también volvió la Biblia contra el movimiento. Engels explicó que, con el evangelio, Lutero justificaba «la monarquía por la gracia de Dios, la obediencia pasiva y hasta la servidumbre». Engels habló de un himno de alabanza «a las autoridades ordenadas por Dios, una hazaña difícilmente superada por cualquier lacayo de la monarquía absoluta». El bando burgués que rodeaba a Lutero se había opuesto expresamente al levantamiento.
El Haufen
La Reforma despertó espíritus que aterrorizaron a las clases propietarias, tanto católicas como protestantes. En la Guerra de los Campesinos, los oprimidos comenzaron a organizarse, inicialmente contra sus terratenientes locales. Los Haufen («montonera»), como se llamaban las unidades militares de los insurgentes, eran organizaciones democráticas a nivel local o regional. Elegían capitanes como líderes, que eran responsables ante las tropas.
Este tipo de control democrático permitió aprovechar el entrenamiento militar y la experiencia de los nobles que se habían unido al levantamiento. Por ejemplo, Götz von Berlichingen «de la mano de hierro», un caballero imperial inmortalizado en la obra homónima de Goethe, lideró el Haufen de Neckartal-Odenwälder, y Florian Geyer lideró el Schwarzer Haufen.
En general, los Haufen también se organizaron a nivel nacional, por ejemplo, en la Alta Suabia para formar la «Asociación Cristiana». Cuando se fundó en Memmingen a principios de marzo de 1525, la organización democrática de la resistencia en forma de liderazgo elegido se estableció en la «Orden Federal»:
«Así, de cada grupo de esta asociación se nombrará y enviará un líder y cuatro consejeros; ellos tendrán autoridad para actuar junto con otros líderes y consejeros como les convenga, de modo que la congregación no tenga que estar reunida todo el tiempo».
En abril de 1525, alrededor de 1000 representantes de los Haufen de Franconia aprobaron en Ochsenfurt el «Reglamento de Guerra», que establecía:
«El capitán supremo del campo será elegido por el Haufen Común Brillante para tener autoridad sobre todo el pueblo, al que todos estarán sujetos y obedecerán, pero con la orden de que el mismo capitán supremo del campo no decidirá nada ni actuará sin el conocimiento y la voluntad de los capitanes y consejeros ordenados, que son o serán ordenados por todo el Haufen».
Estas alianzas democráticas eran revolucionarias en sí mismas. Temporalmente, los insurgentes de regiones enteras tenían su destino en sus propias manos. Los campesinos, los trabajadores y los pobres podían discutir sus próximos pasos. Y allí donde los poderes feudales habían sido derrotados, esta autoorganización de las masas tenía el potencial de sustituir a la antigua administración.
¿Reforma o revolución?
Como tantas veces en la historia, se planteó la pregunta decisiva: ¿reforma o revolución? La Asociación Cristiana de Memmingen también adoptó los Doce Artículos en marzo de 1525. Fue el panfleto más difundido de la Guerra de los Campesinos.
Basados en la interpretación de la Biblia por parte de las masas oprimidas, los Doce Artículos atacaban los fundamentos del feudalismo. Defendían la abolición del diezmo, la reducción del trabajo no remunerado que los siervos tenían que realizar en las fincas de sus señores y el restablecimiento de antiguos derechos, como el derecho a cazar y el uso de las tierras y bosques comunales. También se incluía como reivindicación la elección de los pastores por parte de la congregación.
La referencia a la Reforma y su función como elemento unificador se aprecia claramente en este escrito, el más popular de la Guerra de los Campesinos. Las reivindicaciones se justificaban con la «ley divina», que hacía que los artículos fueran universalmente aplicables.
Sin embargo, en el tercer artículo, dirigido contra la servidumbre como la forma más severa de explotación feudal, queda claro el tono conciliador del programa. Aunque, según la Biblia, Jesús redimió a todas las personas por igual con su muerte en la cruz y, por lo tanto, «somos libres y estamos dispuestos», el artículo afirma:
«No es que deseemos ser absolutamente libres y no estar sometidos a ninguna autoridad. Dios no nos enseña que debamos llevar una vida desordenada, entregados a los deseos de la carne, sino que amemos al Señor nuestro Dios y a nuestro prójimo. […] No nos ha mandado que no obedezcamos a las autoridades, sino que seamos humildes, no solo con los que tienen autoridad, sino con todos».
Los Doce Artículos expresaban la esperanza de las masas de tener voz y voto mediante un compromiso con las autoridades, aunque sus reivindicaciones iban dirigidas contra la base de su poder. Los campesinos no formaban un bloque unificado. Algunos de ellos aún tenían algo que perder. Además, la burguesía propietaria también participó en la formulación de las reivindicaciones. Esto se debía a que la ciudad de Memmingen se había unido a la Asociación Cristiana.
Aunque los Doce Artículos fueron el punto de partida programático de muchos Haufen, en la práctica el levantamiento a menudo fue más allá. La masacre de Weinsberg es solo un ejemplo de cómo la Guerra de los Campesinos pudo convertirse en una guerra revolucionaria de exterminio contra las autoridades. En muchos lugares se incendiaron castillos, palacios y monasterios.
Ya al comienzo del levantamiento había facciones radicales entre los insurgentes. La «Carta de los Artículos», redactada antes de los Doce Artículos, pedía la exterminación de los gobernantes si se negaban a unirse. Otros llegaron a conclusiones revolucionarias a través de la experiencia práctica con la intransigencia y el engaño de sus amos.
En general, la situación era dinámica: los moderados y los radicales cambiaban de bando, mientras se forjaban y se disolvían alianzas entre los bloques. El particularismo local y la inexperiencia política dificultaban la unidad del movimiento a largo plazo.
El horizonte de los rebeldes solía limitarse a su propio pueblo o localidad rural. Viajar era peligroso, costaba dinero y tiempo, y ni siquiera estaba permitido a los siervos. La mayoría de la población no tenía acceso a la educación ni a las noticias. Además, era principalmente el terrateniente local quien hacía de la vida un infierno. Si ofrecía concesiones, los explotados solían bajar las armas y volver a casa, solo para ser masacrados después.
En lugar de darse cuenta de que era una cuestión de vida o muerte, los rebeldes a menudo se negaban a ayudar a quienes deberían haber sido sus compañeros de armas en el pueblo o la ciudad vecina. A cambio de supuestas concesiones, a veces incluso participaban en la represión del levantamiento. A esto se sumaba la fragmentación de la sociedad en una multitud de clases y estratos con intereses diferentes, a menudo contradictorios, lo que impedía alianzas duraderas incluso entre los oprimidos.
El Programa de Heilbronn
En mayo de 1525, sin embargo, se intentó unir el levantamiento en un movimiento nacional con un programa común. Se formó una asamblea campesina en la ciudad de Heilbronn, a la que se enviaron representantes de los distintos grupos para discutir sus reivindicaciones comunes.
El resultado de estas negociaciones, el llamado «Programa de Heilbronn», abogaba por una completa transformación de la sociedad feudal tras la Reforma. Sin embargo, también se caracterizó por la constatación de que ninguno de los estamentos estaba lo suficientemente desarrollado como para llevar a cabo esta revolución por sí solo. Por lo tanto, el programa tenía como objetivo ganarse a la nobleza y la burguesía para el movimiento haciéndoles concesiones.
En este sentido, el programa exigía la superación de la fragmentación económica del Sacro Imperio Romano Germánico mediante el establecimiento de la unidad monetaria, de los pesos y medidas, y la abolición de los derechos de aduana. Esto habría supuesto la creación de un mercado nacional, que habría beneficiado principalmente a la burguesía.
Se hicieron concesiones a la nobleza. Los siervos y los siervos por deuda no iban a ser simplemente liberados, sino que debían pagar una indemnización a los terratenientes en concepto de compensación. Engels señaló que esto tenía como objetivo, en última instancia «la transformación de la propiedad feudal en propiedad burguesa del suelo».
El Programa de Heilbronn anticipó así la liberación de los campesinos en Francia en la década de 1790, que se llevó a cabo de manera similar en el resto de Europa continental en el siglo XIX. Esta habría sido la mejor solución para el desarrollo del capitalismo. Al no poder permitirse su «rescate», la mayoría de los campesinos habrían tenido que hipotecar sus tierras a tipos usurarios o perderlas por completo, creando una clase más amplia de trabajadores «libres» y sin propiedad, aptos para la explotación capitalista.
Sin embargo, el Programa de Heilbronn no se llevó a cabo. Amenazados por la alianza de los campesinos con la facción revolucionaria-plebeya, la oposición burguesa y los patricios de las ciudades se unieron de nuevo. La mayoría de las ciudades que se habían sumado al levantamiento o se habían mantenido neutrales se opusieron a él.
Mientras tanto, la contrarrevolución feudal ganaba cada vez más terreno. Los príncipes protestantes y católicos reconocieron sus intereses de clase comunes y actuaron de forma unida contra el levantamiento.
En el sur de Alemania, los insurgentes sufrieron derrotas decisivas. Los delegados de Heilbronn tuvieron que huir para escapar de la reacción. Mientras tanto, la Liga Suaba, una alianza militar de las autoridades del sur de Alemania, reunió un poderoso ejército mercenario para sofocar el levantamiento. Los fondos necesarios fueron aportados por las familias Fugger y Welser, que se mantuvieron firmemente del lado de la nobleza.
Bajo el liderazgo de Georg Truchsess von Waldburg, la contrarrevolución sembró la destrucción en toda la región. El 4 de abril de 1525, miles de rebeldes murieron en la batalla de Leipheim. Con el Tratado de Weingarten, firmado el 17 de abril de 1525, la mayor parte de los Haufen de la Alta Suabia pusieron fin a los combates a cambio de la promesa de que, en adelante, se les permitiría convocar un tribunal de arbitraje en caso de disputas con los gobernantes. No obtuvieron ninguna concesión en materia de impuestos y trabajo.
En la batalla de Böblingen, el 12 de mayo de 1525, la Liga Suaba derrotó a una unión de 12.000 Haufen. Mientras tanto, fracasaron los intentos de asaltar la fortaleza de Marienberg en Würzburg. Con la derrota en Königshofen el 2 de junio de 1525, la Guerra de los Campesinos en el sur de Alemania llegó a su fin.
Thomas Müntzer
Los rebeldes también fueron derrotados en lo que hoy es Turingia. Una coalición entre el Landgrave protestante Felipe de Hesse y el duque católico Jorge de Sajonia los derrotó en la batalla de Frankenhausen el 15 de mayo de 1525. Mercenarios y jinetes se enfrentaron a campesinos armados principalmente con herramientas. A pesar de ello, la contrarrevolución recurrió a una artimaña: acordaron una tregua, que luego rompieron. Como resultado, los rebeldes sufrieron al menos 6.000 bajas, mientras que solo murieron seis mercenarios del ejército de los príncipes.
Turingia había sido un bastión de los radicales. En Mühlhausen, la oposición plebeya había derrocado al antiguo consejo patricio de la ciudad en marzo de 1525 y había transferido el gobierno al recién elegido «Consejo Eterno», en el que el predicador comunista Thomas Müntzer desempeñaba un papel importante.
Como sacerdote reformado, Müntzer fue inicialmente partidario de Lutero. Incluso fue nombrado por él primer predicador protestante en Zwickau en 1520. Como explica Engels:
«Pero no propugnaba la discusión pacífica y el progreso legal como ya lo hacía Lutero, sino que siguió predicando la violencia, llamando a los príncipes sajones y al pueblo a la intervención armada contra los curas romanos».
Un ejemplo de ello fue el castillo de Allstedt, donde pronunció el revolucionario «Sermón a los príncipes» ante Juan de Sajonia y su hijo Juan Federico el 13 de julio de 1524. Müntzer vociferó:
« Los que se opongan a la revelación divina, sean aniquilados sin piedad, como Hisquias, Ciro, Josias, Daniel y Elías destruyeron a los pontífices de Baal, la Iglesia cristiana no puede de otro modo volver a su origen. En tiempo de vendimia hay que arrancar las malas hierbas de la viña del señor. Dios ha dicho: (S. Mois 7). «No tengáis compasión con los idólatras, romped sus altares, destrozad sus imágenes y quemadlos para que no me enoje»».
En su «Carta a los príncipes de Sajonia sobre el espíritu rebelde», Lutero se volvió públicamente contra su antiguo partidario y pidió a las autoridades que tomaran medidas contra el revolucionario. Fue a más tardar en este momento cuando se produjo la ruptura entre ambos.
Müntzer respondió en diciembre de 1524 con el «Discurso protector altamente motivado», en el que insultaba a Lutero, entre otras cosas, como «esa carne fácil de Wittenberg». Denunciaba la hipocresía del servidor del príncipe, que encubría a los señores explotadores con la Biblia para sus propios fines personales.
Müntzer quería erradicar la raíz de la explotación y la opresión con su visión de la reforma. Esto le llevó a conclusiones comunistas, que Engels describió de la siguiente manera:
«Pero según Münzer este reino de Dios no significaba otra cosa que una sociedad sin diferencias de clase, sin propiedad privada y sin poder estatal independiente y ajeno frente a los miembros de la sociedad. Todos los poderes existentes que no se conformen sumándose a la revolución serán destruidos, los trabajos y los bienes serán comunes v se establecerá la igualdad completa. Para estos fines se fundará una liga que abarcará no sólo toda Alemania, sino la cristiandad entera; a los príncipes y grandes señores se les invitará a sumarse y cuando se negaren a ello la liga con las armas en la mano los destronará o los matará a la primera ocasión».
Cuando comenzó la Guerra de los Campesinos en el sur de Alemania, Müntzer sintió que había llegado el momento de la revolución. Viajó por la región, donde influyó en los elementos radicales con sus ideas. En la valoración que Engels hace del papel del agitador comunista:
«Este viaje de propaganda efectuado por Münzer merece haber contribuido en gran medida a la organización del partido popular, a la clara definición de sus reivindicaciones y a la insurrección general en abril de 1525».
Müntzer regresó a Turingia durante las luchas por el poder en el ayuntamiento de Mühlhausen. Los patricios fueron derrocados con éxito. Sin embargo, la aplicación de un programa comunista estaba fuera de discusión. Las medidas del nuevo Consejo Eterno no traspasaron el marco de una república democrática burguesa. Engels declaró:
«Lo peor que puede suceder al jefe de un partido extremo es ser forzado a encargarse del gobierno en un momento en el que el movimiento no ha madurado lo suficiente para que la clase que representa pueda asumir el mando y para que se puedan aplicar las medidas necesarias a la dominación de esta clase. Lo que realmente puede hacer no depende de su propia voluntad, sino del grado de tensión a que llega el antagonismo de las diferentes clases, y del desarrollo de las condiciones de vida materiales, del régimen de la producción y circulación, que son la base fundamental del desarrollo de los antagonismos de clase. Lo que debe hacer, lo que exige de él su propio partido, tampoco depende de él ni del grado de desarrollo que ha alcanzado la lucha de clases y sus condiciones. […] Se encuentra, pues, necesariamente ante un dilema insoluble: lo que realmente puede hacer se halla en contradicción con toda su actuación anterior, con sus principios y con los intereses inmediatos de su partido; y lo que debe hacer no es realizable. En una palabra: se ve forzado a representar, no a su partido y su clase, sino la clase llamada a dominar en aquel momento».
No fue casualidad que Müntzer gozara de mayor influencia en Turingia. La industria minera y la producción textil de la región, que florecía en Mühlhausen, ya empleaban a trabajadores asalariados que no poseían nada más que su capacidad de trabajo. Sin embargo, la mayoría de la oposición seguía siendo artesanos y agricultores autónomos. Según Engels, en el programa comunista «el resumen de las reivindicaciones plebeyas aparece menos notable que la anticipación genial de las condiciones de emancipación del elemento proletario que apenas acababa de hacer su aparición entre los plebeyos», y por lo tanto tenía una base social muy limitada.
No obstante, Müntzer se propuso convertir Mühlhausen en el centro de la revuelta de todo el imperio. Mantuvo un diálogo activo con los insurgentes del sur de Alemania. Cuando la contrarrevolución se acercaba a Turingia, intentó movilizar al pueblo de Mühlhausen y otras ciudades para derrotar a la reacción junto con los campesinos cercanos a Frankenhausen. Sin embargo, solo le siguieron 300 hombres de Mühlhausen.
Tras la devastadora derrota, el 27 de mayo de 1525, Müntzer fue capturado y severamente torturado. Fue decapitado a las puertas de Mühlhausen, su cuerpo fue empalado y su cabeza colocada en una pica. La ciudad fue tomada por las tropas principescas, perdió sus antiguos privilegios y tuvo que pagar fuertes multas. Otros partidarios del Consejo Eterno también fueron ejecutados por la reacción.
Asalto al cielo
En la primavera de 1526, el último bastión de la Guerra de los Campesinos cayó en Salzburgo, Austria. Como todas las clases dominantes a lo largo de la historia, los príncipes desataron una orgía de represalias violentas contra sus súbditos derrotados. En total, la contrarrevolución feudal asesinó entre 75.000 y 100.000 rebeldes.
En realidad, el nivel de vida de las masas no bajó tras la derrota en la Guerra de los Campesinos, pero esto no tuvo nada que ver con la clemencia de los señores. Incluso antes del estallido de la revuelta, ya vivían al nivel de subsistencia; no podían caer más bajo.
Sin embargo, las consecuencias de la derrota fueron más allá del número de víctimas. Según Engels:
«Desde este instante, la lucha degeneró en una reyerta entre los príncipes locales y el poder central del emperador, trayendo como consecuencia el borrar a Alemania por doscientos años del concierto de las naciones políticamente activas de Europa».
La Reforma había movilizado a todas las fuerzas que se oponían al orden feudal. La tarea objetiva era superar los obstáculos que impedían el auge del capitalismo. La destrucción de la Iglesia católica habría sido un paso importante en esta dirección. Pero la burguesía no era lo suficientemente fuerte como para imponer su programa al movimiento. Ante el fervor revolucionario de las masas explotadas, el campo opositor burgués en torno a Lutero se puso del lado de los príncipes, que aplastaron sin piedad los levantamientos.
Sin embargo, esto consolidó la fragmentación del imperio. La Reforma se convirtió en una lucha entre los príncipes protestantes contra el emperador y los príncipes católicos. La devastación causada por las guerras religiosas posteriores, que culminaron en la Guerra de los Treinta Años, sumió al Imperio aún más en el atraso.
Por eso Engels habló de la Guerra de los Campesinos como un punto de inflexión en la historia de Alemania. De ser la nación más progresista de Europa, cayó a los últimos puestos. Incluso en 1848, la burguesía alemana aún no era lo suficientemente fuerte como para imponerse a los príncipes, debido a su débil desarrollo y a su temor al creciente proletariado alemán. En última instancia, fue la clase obrera la que barrió los restos feudales en Alemania con la revolución de 1918-19.
Sin embargo, la Reforma de Lutero proporcionó un importante impulso a la lucha de la burguesía emergente a nivel internacional. En Suiza, los Países Bajos e Inglaterra, los protestantes pusieron de rodillas al feudalismo. Movilizaron a las masas en favor del «Reino de Dios» y crearon el reino de la burguesía.
Hoy en día, muchos historiadores niegan que la Reforma y la Guerra de los Campesinos fueran una revolución. Se dice que los campesinos estaban más preocupados por sus reivindicaciones locales que por superar el sistema. Solo querían recuperar sus antiguos derechos, que las autoridades les estaban restringiendo cada vez más. Pero estas sabias damas y caballeros pasan por alto el hecho de que la pérdida de esos derechos y los sufrimientos locales del campesinado estaban relacionados con la crisis del feudalismo.
Müntzer y sus compañeros querían una revolución contra este sistema moribundo. Incluso pidieron la abolición de la sociedad de clases. Esto era imposible en las condiciones del siglo XVI. Sin embargo, el capitalismo ha creado las condiciones materiales para el comunismo. Hoy, a diferencia del siglo XVI, la gran mayoría son trabajadores asalariados que no tienen nada que perder salvo sus cadenas.
Al igual que el feudalismo en la época de la Guerra de los Campesinos, el sistema capitalista se encuentra ahora en un callejón sin salida. Una vez más, la clase dominante es la única que se interpone en el camino del progreso; una vez más, la crisis se traslada a las espaldas de los explotados. Pero la clase obrera crea toda la riqueza de la sociedad. Esto le da el poder llevar hasta sus últimas conclusiones la lucha de Müntzer y traer por fin el cielo a la tierra.
