Trotsky y la lucha por una internacional revolucionaria (1933-1946)

La figura de Lev Davidovich Trotsky está siendo objeto de una nueva oleada de interés entre historiadores y escritores de todo tipo. Recientemente salieron dos nuevas obras sobre el revolucionario ruso, la primera del profesor norteamericano Robert Service y la segunda de Bertrand M. Patenaude, un historiador de la universidad de Standford. Ambas pertenecen a la clase de libros comerciales de la burguesía- llenos de errores sobre los hechos más básicos- que tratan de presentar a Trotsky como un actor político autoritario que solo perdió la lucha de poder contra Stalin por sus descuidos tácticos.

Otra obra, mucha más simpática en su estilo y en su contenido, es la reciente novela de Leonardo Padura, “El Hombre que amaba a los perros” que transmite un relato de las vidas de Trotsky y su asesino Ramón Mercader, ambas historias proyectadas sobre la vida de Iván, un cubano que representa la generación de la Cuba post-revolucionaria.

De esta importante contribución, es importante destacar que aunque tiene gran valor a la hora de reivindicar a Trotsky, también contiene ciertos errores en la apreciación que el autor hace de algunos aspectos de su actividad política. La razón principal es que la mayor parte de los datos que conciernen a la vida de Trotsky han sido tomados por Padura de la trilogía de Isaac Deutscher: El profeta desarmado, El Profeta Armado y El Profeta Desterrado. Esta biografía, aunque contenía algunos datos interesantes, tenía la enorme desventaja de ser escrito por un hombre que no tenía una comprensión fundada del método de Trotsky y por lo tanto cayó en toda una serie de malinterpretaciones de elementos claves de su vida, sobre todo de su última fase.

Lo que une todos los libros mencionados es la falta de un análisis serio del intento de Trotsky de crear una nueva internacional revolucionaria, la Cuarta Internacional. Todos los ven con cierto desprecio, haciendo alusión a su tamaño reducido, a su aislamiento de las grandes masas trabajadoras y a las escisiones que tuvieron lugar en el movimiento.

Mientras la mayor parte de los biógrafos de Trotsky estaban llenos de aprecio por las grandes obras literarias de Trotsky, como Mi Vida o Historia de la revolución rusa, nunca entendieron porqué el creador del ejército rojo llegó a gastar horas incontables de sus últimos años en redactar cartas, críticas, manifiestos y programas que solo llegaban a un puñado de personas y que en muchos casos trataron cuestiones prácticas del trabajo cotidiano.

En nuestra opinión este gran inconveniente se debe principalmente al hecho de que los autores eran intelectuales al margen del movimiento obrero. No tenían el conocimiento de un activista y consecuentemente sus libros no fueron escritos con la metodología de un militante revolucionario. En cambio, cuando uno lee las centenares de cartas que Trotsky escribió para forjar una nueva dirección marxista, y cuando uno estudia la actividad de sus partidarios durante la Segunda Guerra Mundial, no es posible hacer otra cosa que asombrarse frente a la magnitud de las lecciones que esta época contiene para el presente.

El objetivo de este artículo es, por un lado, servir como una introducción a la lectura de los últimos escritos de Trotsky y, por el otro lado, extraer las principales lecciones del intento de crear una Cuarta Internacional. Por razones de espacio, no podemos dar un análisis completo de la posterior historia del trotskismo y hemos decidido limitarnos a dibujar las principales razones del declive de la Cuarta Internacional después la Segunda Guerra Mundial. Para una historia más completa recomendamos la lectura de la obra de Ted Grant: Historia del trotskismo británico.

En el trabajo de investigación para este artículo ha sido necesario rescatar al verdadero Trotsky, enterrado bajo una montaña de distorsiones y manipulaciones. No solo estamos haciendo referencia a las perversas mentiras del estalinismo, ni tampoco a las caricaturas de los historiadores burgueses, sino también a los “teóricos” de las pequeñas sectas mal llamadas trotskistas que han usurpado el nombre del gran revolucionario.

Siempre obstinados con las peleas internas y con los antagonismos personales, estos señores tenían un modus operandi, un estilo y una vida completamente apartados del movimiento real de las masas. Sus denuncias histéricas y su esquematismo no les permitió nunca entrar en contacto con el verdadero movimiento obrero y, en consecuencia, dieron un mal nombre al trotskismo, cosa que hizo a muchos trabajadores alejarse y rechazar la colaboración con la IV Internacional y sus fragmentos posteriores.

El mismo Trotsky, que tenía un profundo conocimiento de la psicología de las masas, hizo todo lo posible por deshacerse de sectarios y por educar a sus cuadros en el método bolchevique de ganar a las masas. En este artículo mostraremos cómo Trotsky hizo varios intentos por empujar a sus seguidores hacia las organizaciones de masas, no solo para influir sobre ellas, sino también para renovar su propio movimiento con sangre nueva y romper con el círculo vicioso de la vida de un grupo pequeño.

“La obra más importante de mi vida”

Es en el año 1933 que Trotsky llega a la conclusión de que habrá que construir una nueva internacional revolucionaria. Antes había mantenido la postura de oposición dentro de los partidos comunistas oficiales, intentando reconquistar los partidos y la Internacional Comunista para un verdadero programa marxista. Pero fue la catástrofe en Alemania, donde la loca “teoría” del Tercer Período y la consecuente denominación de los socialdemócratas como “social-fascistas”- impidieron un frente único entre el PC y la socialdemocracia alemana que podía haber evitado la llegado de Hitler al poder, abrió las puertas al fascismo.

Desde aquel momento, Trotsky sacó la conclusión de que un partido y una internacional que no solo eran incapaces de actuar correctamente en los momentos decisivos, sino que también eran orgánicamente incapaces de aprender de sus errores, al proclamar la derrota histórica de la clase obrera alemana como una victoria (“Después Hitler, nuestro turno”), no podían ser recuperados como instrumentos de la revolución proletaria.

Contrariamente a sus biógrafos, el mismo Lev Davidovich consideró que la tarea de forjar esta nueva internacional revolucionaria era la “obra más importante de su vida”. En uno de sus escritos menos conocidos, El diario en el exilio, escribió en 1935 lo siguiente:

“Y aún pienso que el trabajo en el que estoy comprometido ahora, a pesar de su naturaleza extremadamente insuficiente y fragmentaria, es el más importante de mi vida, más importante que 1917, más importante que el período de la guerra civil o cualquier otro.

“Para aclarar mejor el asunto, lo explicaré de la siguiente manera: aunque yo no hubiera estado presente en 1917 en San Petersburgo, la Revolución de Octubre hubiera sucedido igualmente, a condición de que Lenin estuviera presente y al mando. Si Lenin ni yo hubiéramos estado presentes en San Petersburgo, no hubiese habido Revolución de Octubre: la dirección del Partido Bolchevique habría impedido que sucediera -¡no tengo la menor duda!-. Si Lenin no hubiera estado en San Petersburgo, dudo que hubiera podido vencer la resistencia de los líderes bolcheviques. La lucha contra el «trotskismo» (contra la revolución proletaria) habría comenzado en mayo de 1917, y el resultado de la revolución habría estado en entredicho. Pero, repito, la presencia de Lenin garantizó la Revolución de Octubre y su desarrollo victorioso. Lo mismo se podría decir de la guerra civil, aunque en su primer período, en especial en el momento de la caída de Simbirsk y Kazán, Lenin tuviera muchas dudas. Pero esto sin duda fue un ambiente pasajero que, con toda probabilidad, nunca le admitió a nadie excepto a mí.

“Así que no puedo hablar de la ‘indispensabilidad’ de mi trabajo, incluso en el período de 1917 a 1921. Pero ahora mi trabajo es ‘indispensable’ en el pleno sentido de la palabra. No es arrogancia. El colapso de las dos Internacionales ha creado un problema que ninguno de los dirigentes de estas Internacionales está dispuesto a resolver. Las vicisitudes de mi destino personal me han situado ante este problema y armado con una experiencia importante para ocuparme de él. Ahora lo más importante para mí es llevar adelante la misión de armar a una nueva generación con el método revolucionario, por encima de los dirigentes de la Segunda y de la Tercera Internacional. Y yo estoy totalmente de acuerdo con Lenin (o incluso con Turgueniev) que el peor vicio es tener más de 55 años de edad. Necesito al menos cinco años más de trabajo ininterrumpido para asegurar la sucesión” (1)

Los primeros pasos: El bloque de los cuatro

Según Trotsky, la nueva internacional por supuesto no iba a caer del cielo de un día para el otro, sino que iba a ser un proceso de formación, involucrando distintos sectores dentro del movimiento obrero que habían llegado a esta conclusión, o que se acercaban a ella. La degeneración de la Tercera Internacional y la bancarrota de la Segunda, en un contexto de auge del fascismo y de la peor crisis capitalista de la historia, creaba un vacío en la escena política.

Fue en este contexto que Trotsky recibió con gran entusiasmo la noticia de la formación y el brusco giro a la izquierda del ILP, el Partido Laborista Independiente de Gran Bretaña. Los líderes del ILP incluso comenzaron a flirtear con la idea de crear una nueva internacional revolucionaria, aunque posteriormente dieron marcha atrás. Otras organizaciones, sobre todo escisiones de los partidos socialistas en Europa, estaban acercándose a la misma conclusión.

Los partidarios de Trotsky, los bolcheviques-leninistas, participaron en este debate y en la Conferencia que se celebró entre catorce organizaciones y partidos del movimiento obrero en Paris en agosto de 1933. El encuentro fue parecido a la conferencia de Zimmerwald en 1915 que, pese a la enorme confusión teórica, agrupó a la gente que estaba opuesta a la guerra mundial. Igual que en Zimmerwald, también en la conferencia de Paris se evidenció un sector de derechas y otro de izquierdas. Los integrantes del último fueron cuatro organizaciones, (la OPI [Oposición de Izquierda Internacional], el SAP de Alemania y dos partidos holandeses, el RSP y el OSP), que firmaron una declaración a favor de una nueva internacional.

Esta iniciativa, a pesar de las limitaciones programáticas y los posteriores desacuerdos, mostraba que Trotsky estaba plenamente dispuesto a trabajar con otros grupos, incluso con gente que venia de otras tradiciones dentro del movimiento obrero. Jamás tuvo miedo a la discusión franca y honesta con grupos o individuos que se estaban moviendo hacia el programa bolchevique. No obstante, al mismo tiempo exigía una transparencia y honestidad a sus aliados y se reservaba el derecho a mantener y defender siempre sus propias posturas:

“La intransigencia revolucionaria no consiste en exigir que se reconozca a priori nuestro «liderazgo», ni en presentarles continuamente a nuestros aliados ultimátums y amenazas de rupturas, de eliminación de firmas, etcétera. Esos métodos se los dejamos, por un lado, a los burócratas stalinistas y por el otro, a algunos aliados impacientes. Somos muy conscientes de que más de una vez surgirán desacuerdos entre nosotros y nuestros aliados. Pero esperamos, más aun, estamos convencidos, de que la marcha de los acontecimientos revelará en la práctica la imposibilidad de participar simultáneamente en el bloque principista de los cuatro y en el bloque sin principios de la mayoría. Sin recurrir a «ultimátums» impropios, reivindicamos sin embargo nuestro pleno derecho no sólo a levantar nuestras ban­deras sino también a plantearles abiertamente a nues­tros aliados lo que opinamos respecto a lo que conside­ramos sus errores. Esperamos de parte de ellos la mis­ma franqueza. Así se fortalecerá nuestra alianza.” (2)

El giro francés

Trotsky era completamente consciente de la debilidad de sus fuerzas, no solo desde el punto de vista numérico, sino también de la falta de experiencia política de las fuerzas del trotskismo. En una de sus discusiones con un visitante en su casa en México en abril de 1939 lo explicó así:

“Tenemos camaradas como Naville y otros que se nos han acercado hace quince, dieciséis o más años, cuando eran muchachos jóvenes. Ahora son personas maduras y en toda su vida consciente sólo han sufrido golpes, derrotas terribles a escala internacional y, por lo tanto, están más o menos acostumbrados a esa situación. Ellos aprecian mucho la corrección de sus concepciones y pueden analizar, pero nunca tuvieron capacidad para penetrar, para trabajar con las masas, y no la han adquirido.”(3)

Este fue uno de los factores principales por el que comenzó a recomendar un giro hacia los partidos socialistas, comenzando en Francia, y en especial a sus federaciones juveniles. En su opinión, los trotskistas debían entrar a estas organizaciones para ganar a los mejores elementos proletarios. La táctica que posteriormente fue llamada “el entrismo”, no solo tenía como intención incrementar el número de seguidores, sino también dar una vida nueva al régimen interno de los grupos trotskistas.

Esto era vital para educar a los cuadros marxistas en la escuela de la lucha de clases. Para Trotsky no era suficiente simplemente comentar la vida de un partido desde la óptica de un observador externo, sino que era necesario confluir con las masas en la propia acción revolucionaria, luchando hombro a hombro con la izquierda contra la derecha:

“Para un revolucionario, no basta con tener ideas correctas. No olvidemos que El capital y el Manifiesto comunista ya establecieron ideas correctas, sin que ello impidiera la propagación de ideas falsas. La tarea del partido revolucionario consiste en fundir esas ideas correctas con el movimiento obrero de masas. Solo de este modo pueden las ideas transformarse en fuerzas motrices.

“Un periódico y sus lectores no bastan para formar una organización revolucionaría. Uno puede escribir y leer artículos revolucionarios día y noche y seguir, en realidad, fuera del movimiento revolucionario. Se pueden dar buenos consejos a las organizaciones obreras… desde fuera del campo de juego. Esto ya es algo, pero no basta para constituir una organización revolucionaria. (…)

“En relación con el Partido Socialista, la Liga ha demostrado no sólo insuficiente iniciativa, sino también un obstinado sectarismo. En vez de asumir como tarea la de crear una fracción dentro de la SFIO tan pronto como se manifestó una crisis en su seno, la Liga exigió que todo socialista se convenciera de la corrección de nuestras ideas y dejara su organización de masas para unirse al grupo de los lectores de La Verité. Para crear una fracción interna habría sido necesario seguir al movimiento de masas, adaptarnos al medio, llevar a cabo tareas cotidianas menudas. Pero precisamente en este campo decisivo la Liga hasta el momento, no ha sido capaz, con muy pocas excepciones, de avanzar en lo más mínimo. Se permitió la pérdida de mucho tiempo valioso. (…)

“Las críticas, las ideas, las consignas de la Liga son en general correctas, pero particularmente inadecuadas en el actual período. Las ideas revolucionarias deben volverse vivas cotidianamente por medio de la experiencia de las masas mismas. Sin embargo, ¿cómo podría la Liga explicar esto a las masas, cuando ella misma está separada de la experiencia de aquéllas? Es necesario agregar, por otra parte, que varios camaradas ni siquiera ven la necesidad de tal experiencia. Les parece suficiente formarse una opinión en base a los relatos periodísticos que leen, y luego expresar esos conceptos en artículos o charlas. La verdad es que hasta las ideas más correctas escapan por completo a la atención de las masas, cuando no reflejan directamente su pensamiento y acción.” (4)

Posteriormente Trotsky hizo las mismas recomendaciones a sus seguidores en Inglaterra respecto al ILP (El Partido Laborista Independiente) y en Estados Unidos con el Partido Socialista. En muchos de los casos, sus partidarios recibieron los consejos con bastante conservadurismo y se negaron a entrar en las organizaciones mencionadas, o entraron solo un puñado y demasiado tarde para influir sobre las corrientes de izquierdas que se estaban desarrollando en el seno de los partidos socialistas.

Trotsky y la revolución española

El país dónde la negativa de los camaradas de Trotsky a seguir sus recomendaciones generó más controversia, fue sin duda España. El estudio de los escritos de Trotsky sobre la revolución española merece un artículo o incluso un libro aparte (5), pero aquí vamos a limitarnos a analizar los puntos más importantes para aclarar las lecciones principales.

Desde la proclamación de la Segunda República en abril de 1931, España había vivido una revolución de enormes dimensiones en toda la vida social y política. La posterior incapacidad del gobierno republicano-socialista de cumplir con sus promesas, sobre todo con una reforma agraria para el beneficio del campesinado pobre y explotado, dio origen a la derrota electoral de la izquierda en noviembre de 1933 y al “bienio negro”.

La heroica resistencia de los trabajadores ante la posible entrada al gobierno nacional del partido de ultraderecha, la CEDA, en 1934 fue el inicio de la insurrección y la comuna proletaria en Asturias que solo pudo ser aplastada por el ejército, al mando del general Franco. Fue éste último quien de nuevo dirigió una intentona golpista en julio de 1936, para destruir la revolución de una vez por todas. Pero los valientes trabajadores de Cataluña y de gran parte de España se levantaron e impidieron la victoria fascista, haciéndose los gobernantes temporales de Barcelona y de otras partes del país. La guerra civil española comenzó en julio de 1936 y duró tres años hasta la victoria definitiva de Franco en abril de 1939.

Fue en este contexto que Trotsky intentó construir un partido revolucionario que pudiera jugar el mismo papel que el Partido Bolchevique había jugado en Rusia en 1917. Una victoria de la revolución en España hubiese significado un verdadero terremoto que podría haber cambiado toda la correlación de fuerzas a nivel internacional, cosa que justifica la gran atención que Trotsky prestó a la revolución española.

Desde 1930 Trotsky había tenido a uno de sus viejos amigos, su ex-secretario Andreu Nin, en España. Nin era un cuadro experimentado que permaneció muchos años en la URSS, como Presidente de la Federación Sindical Roja. Desde su llegada a España inició un gran intercambio de correspondencia con Trotsky sobre los problemas actuales de la revolución y las tareas de los comunistas españoles. Nin desarrolló cada vez más diferencias con Trotsky; mientras el primero deseaba una fusión sobre un programa ecléctico con el grupo comunista de derechas alrededor de Joaquin Maurin, Trotsky planteó la necesidad de preservar la claridad ideología y la disciplina.

En el curso del año 1934 se dio en España el mismo fenómeno de radicalización en las Juventudes Socialistas que se había visto en Francia. La Federación de Juventudes Socialistas incluso llegó a invitar a los trotskistas a entrar al Partido Socialista para “bolchevizarlo”(6). El dirigente del ala de izquierdas del Partido Socialista, Largo Caballero, quien organizaba a su gente alrededor de la revista Claridad, hablaba a favor de la “dictadura del proletariado” y citaba los escritos de Lenin. Pero en lugar de entender esta posibilidad histórica, Nin y la gente de su entorno rechazaron los llamamientos de Trotsky a entrar al PS y la FJS. Los estalinistas fueron más astutos y lograron fusionar su minúscula organización juvenil con las juventudes socialistas, conquistando por primera vez una base sólida en la juventud de la clase obrera.

La fusión del grupo de Nin (la Izquierda Comunista) con la organización catalana de Maurín (el Bloque Obrero y Campesino) dio origen a un nuevo partido: el POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista). Aunque fue acusado de ser trotskista por los estalinistas, y aunque sus militantes de base mostraron gran valentía en la guerra civil (incluido el propio Nin que fue torturado y asesinado por los estalinistas), el POUM nunca fue trotskista. En lugar de organizar la revolución desde abajo, extendiendo el poder de los consejos obreros y campesinos, vacilaron entre posturas reformistas y revolucionarias.

Reconocieron la legitimidad del gobierno burgués catalán, la Generalitat, y entraron a este gobierno con Nin en el cargo de Ministro de Justicia. Aceptaron la entrega al gobierno de las armas de las milicias, cosa que el gobierno estaba fomentando con la excusa de crear un ejército profesional único. Los dirigentes del POUM también decidieron llamar a sus militantes a la retirada durante las famosas Jornadas de Mayo en Barcelona, en 1937, cuando los estalinistas intentaron liquidar el control obrero en la central telefónica de la ciudad.

Todo esto fue criticado duramente por Trotsky, quien en última instancia explicó la derrota de la revolución española por la no existencia de un verdadero partido revolucionario. En su brillante escrito Clase, partido y dirección explicó que el aplastamiento de la revolución española no fue el resultado de una supuesta “baja conciencia” de la clase obrera sino de la traición de sus dirigentes:

“El camino de lucha seguido por los obreros cortaba en todo momento bajo un determinado ángulo el de las direcciones y, en los momentos más críticos, este ángulo era de 180º. La dirección entonces, directa o indirectamente, ayudaba a someter a los obreros por la fuerza de las armas. En mayo de 1937, los obreros de Cataluña se sublevaron, no sólo a pesar de sus propias direcciones sino en contra suya. (…)

El proletariado puede «tolerar» durante bastante tiempo a una dirección que ya ha sufrido una total degeneración interna, pero que no ha tenido la ocasión de manifestarlo en el curso de los grandes acontecimientos. Es necesario un gran choque histórico para revelar de forma aguda, la contradicción que existe entre la dirección y la clase. Los choques históricos más potentes son las guerras y las revoluciones. Por esta razón la clase obrera es tomada a menudo de sorpresa por la guerra y la revolución. Pero incluso cuando la antigua dirección ha revelado su propia corrupción interna, la clase no puede improvisar inmediatamente una nueva dirección, sobre todo si no ha heredado del período precedente los cuadros revolucionarios sólidos, capaces de aprovechar el derrumbamiento del viejo partido dirigente. (…)

La victoria no es el fruto sazonado de la «madurez» del proletariado. La victoria es una tarea estratégica. Es necesario utilizar las condiciones favorables de una crisis revolucionaria a fin de movilizar a las masas; tomando como punto de partida el nivel determinado de su «madurez», es necesario empujarlas a ir hacia adelante, enseñarles a darse cuenta que el enemigo no es omnipotente, que está desgarrado por sus contradicciones, que reina el pánico detrás de su imponente fachada. Si el partido bolchevique no hubiese conseguido llevar a buen término ese trabajo, no se podría hablar ni de revolución proletaria. Los soviets hubiesen sido aplastados por la contrarrevolución y los pequeños sabios de todos los países habrían escrito artículos o libros cuyo motivo hubiese sido que sólo visionarios impenitentes podían soñar en Rusia con la dictadura de un proletariado tan débil numéricamente y tan poco maduro.”

Increíblemente, los mismos argumentos sobre la “falta de madurez” y “bajo nivel de conciencia de las masas” son utilizados por los reformistas en relación a la revolución venezolana para encubrir su propia bancarrota a la hora de completar la revolución, expropiando a los capitalistas, los banqueros y los terratenientes.

Igual que en España, en Venezuela el problema central es la falta de una auténtica dirección marxista al frente de la revolución. Y tal como en la revolución española, en Venezuela durante las jornadas del 11, 12 y 13 de abril de 2002, la actividad de las masas estaba en 180 grados de contradicción con la actividad de los ministros reformistas. Mientras los últimos se estaban escondiendo y huyendo del golpe de estado, las masas se opusieron valerosamente, tomando el control de las calles y confraternizando con los elementos revolucionarios en el ejército.

Pero precisamente, como en la revolución española, la Venezuela revolucionaria puede ser derrotada, pues carece de una dirección marxista que pueda conducir toda la energía de las masas a la toma del poder por parte de la clase obrera.

Los debates con los dirigentes del SWP norteamericano: El método de reivindicaciones transitorias

El partido más grande del movimiento de Trotsky era sin duda el SWP norteamericano (Socialist Worker Party). Sus dirigentes habían seguido sus consejos y en poco tiempo habían logrado, primero, fusionarse con el partido de Muste (el American Workers’ Party), en realidad para ganar a los seguidores de AWP al trotskismo, sin hacer concesiones políticas, y luego habían entrado el Partido Socialista para ganar a su organización juvenil, la Young Peoples Socialist League. También habían conquistado posiciones importantes en Minneapolis, dirigiendo la gran huelga de los camioneros en 1934. El SWP contaba alrededor de 2,000 militantes al final de los años 30.

No obstante, Trotsky era plenamente consciente de la debilidad teórica de los dirigentes del partido norteamericano. Intentaba prepararlos para los grandes acontecimientos que estaban por venir, dotándolos de un método de análisis dialéctico y de una actitud militante frente a la intervención en el movimiento de masas. Durante 1938 y 1939 tuvo varias discusiones importantes con Cannon, Schatchman, Vincent Dunne, Joseph Hansen y otros líderes de la sección estadounidense.

Las discusiones duraron días enteros y su contenido tenía un carácter amplio, no solo tratando de la situación actual del trabajo práctico en los Estados Unidos, sino también de cuestiones más generales de táctica y estrategia revolucionarias. Las notas tomadas de las discusiones fueron publicadas posteriormente y constituyen una verdadera mina de oro en cuanto a lecciones para el trabajo revolucionario.

El punto trascendental en todos los debates fue el método para conectar con las capas más activas de las masas y, por ende, las consignas transitorias para ganarlas. En aquellos momentos había un ambiente creciente entre los trabajadores norteamericanos a favor de la acción unitaria del proletariado, pero la clase carecía de un partido obrero a nivel nacional.

Un reflejo de este ambiente fue el lanzamiento del LNPL (Labour’s Non-Partisan League) como una herramienta política de los trabajadores. El LNPL fue formado por líderes sindicales que trataban de limitarlo a ser una oficina bajo su control burocrático que recomendaría el voto al candidato burgués Roosevelt. Los dirigentes del SWP estaban dudosos sobre participar en el LNPL pero Trotsky insistía en luchar por “una política que pueda dar a los sindicatos la posibilidad de poner su peso en la balanza”.

Explicaba que era necesario contraponer las consignas revolucionarias a las del reformismo en el seno del LNPL, de una forma concreta y audaz que pudiera ser entendido por los trabajadores:

“Nosotros estamos por un partido, por un partido independiente de las masas trabajadoras, que tome el poder del estado. Debemos concretarlo: estamos por la creación de comités de fábrica, por el control obrero en la industria a través de los comités de fábrica. Todas estas cuestiones están ahora en el ambiente. Ellos hablan de tecnocracia y adelantan la consigna de “producir para utilizar”. Nosotros nos oponemos a esta fórmula de charlatanes y proponemos el control obrero de la producción mediante los comités de fábricas.

(…)

Nosotros decimos, los comités de fábrica deben examinar los libros de contabilidad. Hemos de desarrollar este programa paralelamente a la idea del partido obrero en los sindicatos y a la de piquetes de obreros armados, es decir, la milicia obrera. De lo contrario es una abstracción, y una abstracción es un arma en manos de la clase enemiga.

(…) 
Naturalmente, debemos dar nuestro primer paso de tal forma que acumulemos experiencia para el trabajo práctico, no comprometernos en fórmulas abstractas, sino desarrollar un programa concreto de acción y de reivindicaciones, en el sentido de que este programa de transición surge de las condiciones actuales de la sociedad capitalista, pero conduce inmediatamente más allá de los límites del capitalismo.

(…)

También nos es posible difundir las consignas de nuestro programa de transición y observar la reacción de las masas. Veremos qué consignas se deben eligir y cuáles abandonar; pero si renunciamos a nuestras consignas antes de experimentar, antes de examinar la reacción de las masas, entonces nunca avanzaremos.”(7)

Frente al escepticismo, sobre todo por parte de Schatchman, Trotsky explicó que la consigna de una milicia obrera era una necesidad inherente en la situación concreta de Estados Unidos, aún cuando este país estaba muy lejos y la amenaza fascista parecía algo ajena. Subrayó por un lado que los acontecimientos de Europa tenía un impacto fuerte en la conciencia de los obreros norteamericanos y por otro lado que la milicia obrera podría plantearse como una forma concreta para proteger mítines sindicales y piquetes de las bandas fascistas y de los rompehuelgas (esquiroles) comprados por los patrones.

Otro debate clave fue sobre la enmienda Ludlow, un parlamentario burgués norteamericano que había propuesto un referéndum sobre la participación o no de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. El pensamiento esquemático y abstracto de los dirigentes del SWP había conducido al partido a rechazar cualquier uso de la consigna a favor de este referéndum.

Trotsky se opuso de frente a Cannon y a sus colegas y les dio una lección importante de cómo abordar cuestiones de consignas democráticas y vincularlas a la lucha por el socialismo. En primer lugar explicó que mientras no podamos derrumbar de una vez la democracia burguesa, hay que utilizar los medios que ésta provee (por limitados que sean) para movilizar a las masas a favor de nuestro programa.

Por supuesto no pensaba que un referéndum podría evitar el estallido de la guerra, ni decidir realmente si los Estados Unidos participaran o no, pero Trotsky pensaba que “No podemos disipar estas ilusiones [de las masas] por decisiones a priori, sino únicamente en el curso de la lucha”. Agregaba que era necesario decir abiertamente a las masas que los revolucionarios lucharían al lado de sus hermanos de clase a favor del referéndum propuesto por Ludlow, demostrando que él no estaría realmente interesado en realizarlo y que la clase obrera solo podría confiar en sus propias fuerzas para realizar semejante referéndum.

Las palabras de Trotsky sobre la enmienda Ludlow podrían haber sido escritas perfectamente sobre las consignas democráticas en Túnez y Egipto hoy, dónde millones de hombres y mujeres están luchando contra los restos de las dictaduras de Ben Ali y Mubarak. También es una buena respuesta a todos los elementos sectarios que han negado la necesidad de apoyar las consignas democráticas, entre ellas la convocatoria de una Asamblea Constituyente. Vemos en todas estas discusiones el método dialéctico de Trotsky, frente a las ideas mecánicas del sectarismo.

La persecución de los revolucionarios

En la historia de los destinos de los revolucionarios del mundo, es imposible encontrar una vida con más dolor y sufrimiento que la de Trotsky. Había sufrido varias perdidas en su familia, entre ellas la de su hija Zina, que se suicidó en Berlin en 1933 después haberle sido prohibido su regreso a la URSS y, por tanto, a la posibilidad de ver a su esposo y a su hijo de nuevo.

No obstante, la perdida más dolorosa para Trotsky fue la de su hijo León Sedov, asesinado por los estalinistas en un hospital en Paris en febrero de 1938. Sedov no sólo era el hijo de Trotsky, también había sido su secretario, prestando una incomensurable ayuda en la recopilación de datos para los libros del viejo. Sedov había quedado en Berlín y, luego, en París para organizar el Secretariado Internacional del movimiento y también para seguir la publicación del Boletín de la Oposición Rusa que seguía siendo divulgado en la URSS con métodos de contrabando.

Sedov era un organizador brillante y su muerte dejó un enorme vacío en las filas del movimiento (8). El joven Rudolf Klement tomó la responsabilidad de seguir el trabajo del Secretariado Internacional, pero la GPU, la policía secreta estalinista, estaba siguiendo cada paso suyo. Al final, fue secuestrado por este servicio de inteligencia en julio del mismo año 1938 y su cadáver fue descubierto, descabellado, en el río unas semanas después.

El historiador francés Jean-Jacques Marie, en su reciente biografía de Trotsky (Revolucionario sin fronteras), cita un documento secreto de los archivos de la GPU que revela que ellos estimaron que su asesinato de Klement había resultado ser un “golpe devastador” para Trotsky y sus colaboradores más íntimos, ya que no solo habían eliminado al joven secretario sino también pudieron robar los archivos de la IV internacional, incluidas las direcciones y contactos de toda su red internacional.

Muchos otros colaboradores de Trotsky fueron asesinados por la GPU entre 1936 y 1938: Hans Martin Freund (conocido como Moulin) y Ernest Wolf. Fueron secuestrados y asesinados durante la Guerra Civil española. Ignaice Reiss, un agente de la GPU que había desertado y se había unido a las filas de la IV internacional, fue descubierto muerto a tiros en un coche en una zona campestre de Suiza en 1937.

Incluso el otro hijo de Trotsky, Sergei, a quien no le interesaba la política y que se había quedado en la URSS, fue deportado y ejecutado por órdenes de Stalin en 1937. Walter Held, un trotskista alemán quien había sido también secretario de Trotsky en Noruega, intentó viajar en 1939 a la costa occidental de los Estados Unidos, cruzando la Unión Soviética en tren, fue detenido y fusilado, al parecer en 1941.

Sin embargo, la mayor masacre contra los partidarios de Trotsky, tuvo lugar en los campos de concentración de Sibería, en Vorkuta y en Kolomya, dónde miles de trotskistas fueron ejecutados por los verdugos estalinistas (9). Pero hasta el último momento preservaron su espíritu combativo, organizando incluso una huelga de hambre para protestar contra las terribles condiciones de los prisioneros políticos. Testigos confirman que cantaron La Internacional, cuando fueron llevados al pelotón de fusilamiento.

El internacionalismo consistente

En los años 30, Lev Davidovich tuvo que dar una ardua batalla por convencer a varias de las secciones nacionales de su movimiento, de la necesidad de una INTERNACIONAL, en el verdadero sentido de la palabra. Todas las controversias con los grupos de Andreu Nin en España – y más tarde con los de Molinier en Francia, Snevlieet en Holanda y Vereecken en Bélgica – tuvieron su origen en la estrecha mirada nacional y la mentalidad provinciana y oportunista de los principales dirigentes de estos grupos.

Lenin, Trotsky y otros de los dirigentes del bolchevismo tuvieron la gran ventaja de haber conocido el movimiento obrero internacional de primera mano durante sus exilios en varios países. Trotsky hablaba alemán y francés completamente fluido y adquirió también un buen nivel de inglés durante la última etapa de su vida. Pero, aún más importante que esto fue su profundo conocimiento de los rasgos generales de la lucha de clases a nivel internacional, de la cuestión de las nacionalidades oprimidas y de los efectos del dominio imperialista.

No es ninguna coincidencia que Trotsky también criticara a los dirigentes del SWP norteamericano por no prestar la suficiente atención a las cuestiones internacionales. En varias cartas y en las discusiones que mantuvieron durante 1939 y 1940 hizo hincapié en tres aspectos:

Por un lado dijo que el deber fundamental de cualquier grupo de bolcheviques-leninistas en un país imperialista es condenar de forma enérgica la política exterior de su país y apoyar con todo a la clase obrera de los países coloniales. En el caso del SWP, Trotsky pensaba que el partido no había hecho lo necesario en relación a América Latina y que debería escribir más en su prensa sobre este tema, traduciendo los artículos al español para divulgarlos en la zona sur de la frontera norteamericana.

Por otro lado, Trotsky se quejaba de la falta de un trabajo serio entre las minorías raciales de Estados Unidos, en particular entre los trabajadores negros. Propuso que el partido norteamericano hiciera un esfuerzo extraordinario para llegar a las capas más oprimidas de la clase obrera y que su lucha se reflejara constantemente en el Socialist Appeal. Resaltó, además, que el programa de transición debería adaptarse al problema de la minoría negra en los Estados Unidos, incluyendo reivindicaciones de derechos civiles y democráticos. (10)

La tercera crítica de Trotsky fue la falta de énfasis en el internacionalismo por parte de los dirigentes del SWP. En una carta tras otra, el viejo intentó presionar a Cannon y Schatchmann para que asumieran de una forma seria a labor de construir la Cuarta Internacional. Exigió que hicieran viajes políticos para dar consejos e intercambiar experiencias con las otras secciones de la Internacional, en particular a Francia, dónde había una situación política muy tensa y explosiva en los años previos a la Segunda Guerra Mundial.

Resulta interesante observar cómo los oponentes de Trotsky siempre se quejaban de su supuesto “estilo autoritario” y de sus “intervenciones en los asuntos nacionales” de los respectivos grupos. Siempre escondían su propia falta de argumentos políticos bajo el pretexto del supuesto “mal procedimiento” o la “arrogante actitud” del viejo líder bolchevique. En otras ocasiones denunciaron un supuesto “culto a la personalidad” de Trotsky, otra excusa para no discutir los puntos cardinales en cada debate.

La actitud de Trotsky frente a la lucha anti-imperialista en América Latina

Los escritos de Lev Davidovich sobre América Latina son particularmente interesantes. En el número 2 de América Latina, hemos analizado las principales lecciones de estos textos. (11) Resulta extremadamente significativa la actitud que mantuvo Trotsky hacia los representantes más avanzados del movimiento revolucionario democrático y, en específico, hacia Lázaro Cárdenas, el entonces presidente de México. Este último, por supuesto, no era marxista pero no cabe duda de su honestidad e integridad política en la lucha anti-imperialista.

No fue ninguna coincidencia que México fuera el único país en el mundo que puso fin a lo que Trotsky mismo había denominado “un planeta sin visado”. El presidente Cárdenas era el líder de un proyecto nacionalista que intentaba librar a México del yugo imperialista, y fue por esta misma razón que pudo tener tanta independencia como para recibir al hombre más perseguido del mundo. Incluso Noruega, supuestamente libre y gobernada por los socialdemócratas, había cedido a la presión estalinista y le habían quitado el derecho al asilo.

Mientras algunos de sus colaboradores mexicanos, dirigidos por un hombre llamado Fernando Galicia, promovieron la denuncia constante del gobierno mexicano, el mismo Trotsky abogaba por mantener relaciones amistosas y defendía de forma incondicional todas las acciones del gobierno mexicano que iban dirigidas contra el dominio imperialista de Gran Bretaña y los Estados Unidos. Para evitar cualquier confusión sobre la postura de la IV internacional, Trotsky y el Buró Panamericano se vieron forzados a expulsar de sus filas a los seguidores de Galicia que estaban poniendo en peligro el trabajo con su sectarismo hacia el movimiento de Cárdenas.

Cuando el presidente Cárdenas anunció la nacionalización del petróleo, el imperialismo británico naturalmente organizó una virulenta campaña en contra, apoyándose en grupos de intelectuales y en “la defensa de la ley internacional”. Trotsky les respondió con mucha firmeza y exigió que el Partido Laborista de Inglaterra tomase partido a favor de la causa de la clase obrera en el mundo colonial. En otro artículo titulado México y el imperialismo, redactado justo después de las nacionalizaciones, explicó su posición:

“Sin sucumbir a las ilusiones y sin temer a las calumnias, los obreros avanzados apoyarán completamente al pueblo mejicano en su lucha contra los imperialistas. La expropiación del petróleo no es ni socialista ni comunista. Es una medida de defensa nacional altamente progresista. Por supuesto, Marx no consideró que Abraham Lincoln fuese un comunista; esto, sin embargo, no le impidió a Marx tener la más profunda simpatía por la lucha que Lincoln dirigió. La Primera Internacional le envió al presidente de la Guerra Civil un mensaje de felicitación, y Lincoln, en su respuesta, agradeció inmensamente este apoyo moral.

“El proletariado internacional no tiene ninguna razón para identificar su programa con el programa del gobierno mejicano. Los revolucionarios no tienen ninguna necesidad de cambiar de color y de rendir pleitesía a la manera de la escuela de cortesanos de la GPU, quienes, en un momento de peligro, venden y traicionan al más débil. Sin renunciar a su propia identidad, todas las organizaciones honestas de la clase obrera en el mundo entero, y principalmente en Gran Bretaña, tienen el deber de asumir una posición irreconciliable contra los ladrones imperialistas, su diplomacia, su prensa y sus aúlicos fascistas. La causa de México, como la causa de España, como la causa de China, es la causa de la clase obrera internacional. La lucha por el petróleo mejicano es sólo una de las escaramuzas de vanguardia de las futuras batallas entre los opresores y los oprimidos.”(12)

¡Qué palabras tan vigentes para la situación actual en Venezuela! Cuando la Corriente Marxista Internacional defendió incondicionalmente a la revolución bolivariana en Venezuela frente a la fallida intentona golpista en abril de 2002 y el posterior paro petrolero de diciembre del mismo año, muchos supuestos “trotskistas” nos denunciaron como “traidores” a la causa revolucionaria. Cuando Alan Woods, dirigente de la CMI, se reunió con el presidente venezolano Hugo Chávez en distintas ocasiones, todos los grupos sectarios lo denunciaron como un oportunista. Pero olvidaron esta actitud de Trotsky que nunca tuvo miedo a la discusión y el diálogo con los mejores representantes del movimiento de la revolución democrático-nacional.

Hay, incluso, algunos historiadores que mantienen que Trotsky se reunió con Cárdenas en persona para discutir de política, cosa que no se ha podido comprobar completamente. Otros dicen que la colaboración política entre los dos se dio a través del General del ejército mexicano, Francisco J. Mújica (13). No obstante, lo importante a resaltar es que Lev Davidovich tenía una política de apoyo crítico frente a las acciones anti-imperialistas del gobierno mexicano. Actualmente, cuando la petrolera estatal de Venezuela, PDVSA, está siendo sancionada por los imperialistas norteamericanos, está claro que los revolucionarios debemos tomar la misma postura que en 1938: Oposición irreconciliable “contra los ladrones imperialistas, su diplomacia, su prensa y sus aúlicos fascistas”.

La conferencia fundadora de la IV Internacional

Aparte de responder a las groseras mentiras perpetradas en su contra en el Segundo Juicio de Moscú, Trotsky dedicó casi toda la primera mitad de 1938 a la labor de preparar políticamente el Congreso Fundacional de la IV internacional, que finalmente tuvo lugar el 3 de septiembre en la casa de Alfred Rosmer en Perpignye, cerca de Paris.

Veintitrés delegados de secciones nacionales se reunieron en circunstancias sumamente adversas. Por medidas de seguridad, el congreso solo pudo durar un día, pero esto no impidió que Stalin estuviera directamente representado entre los delegados; El “representante de la sección rusa” fue Etiénne (Zbowski), que en realidad era un agente de la GPU infiltrado en las filas de la IV Internacional. Afortunadamente, no le dieron indicaciones sobre el sitio hasta el último momento, cosa que impidió una persecución virulenta del congreso por parte de los estalinistas.

El documento principal del congreso fue el Programa de transición que sigue siendo una guía imprescindible para los revolucionarios hoy. Había, no obstante, muchos elementos en este texto de Trotsky que creaban gran controversia con algunos de los delegados del congreso. Por ejemplo, la línea de Trotsky hacía la Segunda Guerra Mundial, intentando conectar con el sentimiento anti-fascista de las masas, llegando a reconocer el sentimiento “patriota” de los trabajadores.

Allí vemos la semilla de lo que el viejo desarrolló un año después en la famosa Política proletaria militar, que trataremos más adelante. Sin embargo, según los informes del congreso (14), muchos delegados, incluidos David Rousset, Joánnes Bardin [Boitel], George Vitsoris [Busson] y Michel Raptis Pablo [Speros] se opusieron completamente a las posiciones de Trotsky, denunciándolas como una adaptación al social-chauvinismo. La mayoría aprobó las formulaciones originales y así la Internacional, por lo menos oficialmente, defendió la política de Trotsky sobre la guerra.

Había gente en el congreso – los delegados polacos – y posteriormente historiadores y comentaristas intelectuales, que se opusieron a la creación de la Cuarta Internacional argumentando que “no tenía una base de masas” y que la empresa estaba condenada a fracasar de antemano.  Trotsky los respondió de la siguiente forma – subrayando la necesidad de preservar la doctrina marxista a pesar de todos los obstáculos:

“Los escépticos preguntan: ¿Pero ha llegado el momento de crear una nueva Internacional? Es imposible, dicen, crear «artificialmente» una Internacional. Sólo pueden hacerla surgir los grandes acontecimientos, etc. Lo único que demuestran todas estas expresiones es que los escépticos no sirven para crear una nueva Internacional. Por lo general, los escépticos no sirven para nada.

“La Cuarta Internacional ya ha surgido de grandes acontecimientos; de las más grandes derrotas que el proletariado registra en la historia. La causa de estas derrotas es la degeneración y la traición de la vieja dirección. La lucha de clases no tolera interrupciones. La Tercera Internacional, después de la Segunda, ha muerto para la revolución.

“¡Viva la Cuarta Internacional!  

“Pero los escépticos no se callan ¿Pero ha llegado ya el momento de proclamarla? La Cuarta Internacional- respondemos- no necesita ser «proclamada». Existe y lucha. ¿Es débil? Sí, sus filas son todavía poco numerosas porque aún es joven. Hasta ahora se compone sobre todo de cuadros dirigentes. Pero estos cuadros son la única esperanza del porvenir revolucionario, son los únicos realmente dignos de este nombre. Si nuestra Internacional es todavía numéricamente débil, es fuerte por su doctrina, por su tradición, y por el temple incomparable de sus cuadros dirigentes. Que esto no se vea hoy, no tiene mayor importancia. Mañana será más evidente. ”(15)

Y subrayó el significado del congreso fundacional:

“Cuando estas líneas aparezcan en la prensa, la conferencia de la Cuarta Internacional probablemente habrá concluido sus labores. La convocatoria de esta conferencia es un gran logro. La tendencia irreconciliablemente revolucionaria, sujeta a persecuciones que ninguna otra tendencia política en la historia del mundo ha sufrido en forma parecida, ha dado de nuevo una prueba de su poder. Sobreponiéndose a todos los obstáculos que tuvo por los golpes de sus poderosos enemigos, convocó a su Conferencia Internacional. Este hecho constituye una evidencia irrefutable de la profunda viabilidad y de la firme perseverancia de la internacional bolchevique leninista. La posibilidad misma de una conferencia exitosa se garantizó primero por el espíritu del internacionalismo revolucionario con el cual están imbuidas todas nuestras secciones. De hecho, es necesario darle gran valor a los vínculos internacionales de la vanguardia proletaria con el objeto de reunir, en la actualidad, al equipo revolucionario internacional, cuando Europa y el mundo entero viven a la expectativa de la próxima guerra. El humo del odio nacional y de la persecución racial compone hoy la atmósfera política de nuestro planeta.”(16)

Crisis en el SWP: Trotsky y la escisión de 1940

Otro punto que había creado bastante polémica en la conferencia fundacional e incluso en el período previo a ella, fue la cuestión rusa. En su magnífico libro, La revolución traicionada, Trotsky había explicado el carácter de la Unión Soviética, definiéndolo cómo un Estado obrero degenerado – dirigido por una casta burocrática que había usurpado el Estado obrero y la economía planificada. Había rechazado cualquier pretensión de definir a la burocracia estalinista como una nueva clase, ya que explicó que el poder y los privilegios de esta burocracia descansaba sobre el mantenimiento de la propiedad estatal de los medios de producción, y no sobre una economía capitalista con base en la propiedad privada.

Desde el inicio había militantes en el movimiento trotskista que no compartían esta postura. En los Estados Unidos, Burnham – un intelectual que se había unido al movimiento por medio de la fusión con el partido de Muste, el AWP – trató de desarrollar otra teoría, en primer lugar denominando el Estado soviético como un “burocratismo colectivo”. El punto trascendental de su análisis fue que la burocracia estalinista se había convertido en una nueva clase social y que por lo tanto no bastaba con una revolución política en la Rusia, sino que hacia falta también una revolución social.

Craipeau, uno de los dirigentes de la sección francesa, defendió ideas parecidas en el Congreso Fundacional. Los argumentos de estos militantes estaban muy influidos por la indignación moral ante los crímenes del terror estalinista, pero Trotsky – quien sufrió las consecuencias del terror más que nadie – insistió en mantenerse sobrio y hacer un análisis materialista del fenómeno del estalinismo.

En septiembre de 1939 – parcialmente como resultado del pacto entre Stalin y Hitler y de la ocupación soviética de Finlandia – una minoría en el SWP norteamericano, encabezada por Schatchmann, Burnham y Abern, comenzó a cambiar su opinión sobre la cuestión rusa. La mayoría, dirigida por James Cannon, mantuvo la misma postura que Trotsky. La cuestión tenía un significado político y práctico en la coyuntura de aquel entonces, ya que los miembros de la minoría estaban sacando la conclusión de que no habría que defender incondicionalmente a la Unión Soviética en la guerra contra las potencias imperialistas.

Las contribuciones de Trotsky a este debate tienen un tremendo valor, no simplemente para aclarar la cuestión rusa, sino para explicar el método del materialismo dialéctico. La recopilación de las cartas y artículos del viejo en la discusión, fueron publicados posteriormente bajo el título “En Defensa del Marxismo”. No obstante, es muy importante analizar este libro de forma cuidadosa, ya que hay mucha gente que ha hecho malinterpretaciones en los años posteriores.

Una lectura seria de este libro muestra que Trotsky no estaba interesado en una escisión con toda la minoría del SWP. Intentaba separar a los mejores elementos de este grupo de los elementos abiertamente anti-marxistas, como Burnham. Trotsky sabía que la oposición representaba alrededor del cuarenta por ciento del partido norteamericano, incluida la mayoría de los militantes jóvenes.

En una carta tras otra invita a una discusión compañera, incluso propone a Schatchmann que viaje a México para discutir la cuestión con él. (17) Lo que muchos biógrafos no entendieron fue que Trotsky, al igual que Lenin en relación a Martov, siempre intentaba trabajar con sus colaboradores e intentaba hacer todo lo posible por salvarlos de cualquier degeneración política. En otra carta Trotsky escribió a Wright (uno de los líderes de la mayoría), que una escisión no era deseable para nada:

“No os interesa lo más mínimo una escisión, aunque, accidentalmente, la oposición obtuviese la mayoría en el próximo congreso. No debéis dar ningún motivo para la escisión a ese ejército heterogéneo y desequilibrado que es la oposición. Aunque quedaseis en minoría, debéis ser fieles al conjunto del partido y guardar la disciplina. Es muy importante para la educación en la auténtica lealtad al partido, sobre la que Cannon me ha escrito una vez muy acertadamente.

“Una mayoría compuesta por los miembros de la oposici6n actual no duraría más que unos meses. Después, la tendencia proletaria del partido recobraría la mayoría, y con una autoridad mucho mayor. Sed muy firmes, pero no perdáis la calma -es más necesario que nunca que la fracción proletaria lo tenga en cuenta en su estrategia-. ” (18)

En otra carta a Joseph Hansen (también de la mayoría) explicó la necesidad de proponer garantías mutuas para la futura minoría:

“Creo que debes responderles más o menos lo siguiente:

“»¿Tenéis miedo de represalias en el futuro? Os proponemos garantías mutuas para la futura minoría, seáis vosotros o seamos nosotros. Estas garantías pueden formularse en cuatro puntos:

  1. No prohibición de las fracciones
  2. la actividad de las fracciones sólo se restringirá en función de las necesidades de la acción común
  3. las publicaciones oficiales representarán, como es natural, la línea que establezca el próximo congreso
  4. la minoría futura puede tener, si lo desea, un boletín interno para los miembros del partido, o un boletín de discusión en común con la mayoría».

“La persistencia de boletines de discusión después de una larga disputa y un congreso no es la regla, sino una lamentable excepción. Pero no somos nada burócratas. No tenemos reglas inmutables. Somos dialécticos, y también en el campo organizativo. Si tenemos una importante minoría dentro del partido que queda insatisfecha con las decisiones del congreso, es muchísimo mejor legalizar la discusión tras éste que sufrir una escisión.

“Podemos ir más lejos, si es necesario, y proponerles, tras el congreso, y naturalmente bajo la supervisión del nuevo Comité nacional, la publicación de números especiales de discusión, para el público en general y no sólo para miembros del partido. Debemos ir lo más lejos posible en este sentido, hacer desaparecer sus prematuros temores y dificultarles la escisión.

“Por mi parte, creo que la continuación de la discusión, si se hace en un clima de buena voluntad por ambas partes, puede ser muy útil, en las condiciones actuales, para la educación del partido. ” (19)

Incluso una de sus últimos artículos, del 21 de febrero de 1940, cuando los portavoces de la oposición habían anunciado la posibilidad de una escisión, estaba titulado “¡Volved al partido!”, llamando a poner alto a la ruptura por parte de la minoría.

Desafortunadamente, Cannon no tenía el mismo método de Trotsky y es un hecho irrefutable que su manera de proceder empujó a muchos militantes valiosos, sobre todo en la juventud, hacia la escisión. La ruptura final del grupo de Schatchmann en abril de 1940 costó alrededor del cuarenta por ciento de la militancia.

Es increíble cómo este libro en particular – En defensa del marxismo – ha sido malinterpretado de un extremo u otro. Algunas tendencias se han obsesionados con las partes dónde Trotsky argumenta, correctamente, contra la concepción pequeño-burguesa de la democracia de un partido revolucionario. Estas tendencias han agarrado citas completamente fuera del contexto, para intentar silenciar cualquier debate interno en una organización revolucionaria. En el otro extremo encontramos gente con cierta tendencia anarquista y oportunista que ponen todo el énfasis en la libertad total de discusión.

Lo que ambos grupos olvidan es el método dialéctico. Trotsky había explicado en una carta previa cómo centralismo y democracia siempre se encuentran en posiciones y grados distintos, ajustándose al momento y a la necesidad concreta de la organización revolucionaria:

“La democracia y el centralismo no se encuentran en absoluto en una proporción invariable la una con el otro. Todo depende de circunstancias concretas, de la situación política del país, de la fuerza y experiencia del partido, del nivel general de sus miembros, de la autoridad que las directivas han logrado ganar. Antes de una conferencia, cuando el problema consiste en formular una línea política para el próximo período, la democracia triunfa sobre el centralismo. Pero cuando se trata de la acción política, el centralismo subordina a la democracia.

“Ésta afirma de nuevo sus derechos cuando el partido siente la necesidad de examinar críticamente sus propias acciones. El equilibrio entre la democracia y el centralismo se establece en la lucha actual, en ciertos momentos es violado y luego se restablece de nuevo.

“La madurez de cada miembro del partido se expresa particularmente en el hecho de que no exige del régimen partidista más de lo que éste, puede dar. La persona que define su actitud hacia el partido por los golpes personales que le dan en la nariz es un pobre revolucionario. Es necesario, por supuesto, luchar contra todos los errores individuales de los dirigentes, toda injusticia, etcétera. Pero es necesario determinar estas “injusticias” y “errores” no en ellos mismos sino en conexión con el desarrollo general del partido a escala nacional e internacional. Un juicio correcto y un sentido de las proporciones en política son extremadamente importantes.” (20)

Trotsky y la Segunda Guerra mundial: La política militar proletaria

Para entender la postura que Trotsky desarrolló en sus últimos escritos, es necesario tener una comprensión general del contexto histórico de aquel entonces. Desde la victoria de Hitler en Alemania, los ojos de los trabajadores de toda Europa estaban fijados en el ascendente triunfo del fascismo en un país tras otro. La instalación de regímenes fascistas en Austria, España, parte de Polonia, Checoslovaquia, etc. eran fuertes señales de alarma para la clase obrera mundial. Posteriormente, también fueron ocupadas por el ejército alemán Holanda, Francia y Dinamarca.

Las potencias imperialistas de Gran Bretaña y los Estados Unidos, por supuesto, no se opusieron a Hitler por motivos morales, aunque posteriormente vendieron la idea de una “guerra por la democracia”. En realidad, el primer ministro británico Churchill había sido un gran admirador del fascismo en su primera etapa, aplaudiendo la discriminación racial y el “predominio del hombre blanco”. Lo que preocupaba a las potencias aliadas no eran la “democracia”, ni los “derechos humanos” (durante la propia guerra mostraron su brutal cinismo con las masacres completamente innecesarias en Dresden, Nagashaki e Hiroshima), sino sus intereses imperialistas; es decir, el control sobre mercados, recursos naturales y zonas de influencia.

Trotsky no tenía ninguna ilusión en la propaganda de los países occidentales y definió desde el comienzo a la Segunda Guerra Mundial como una guerra imperialista, una continuación de la Primera Guerra Mundial. No obstante, entendió el sano rechazo instintivo de los trabajadores al fascismo y su deseo de luchar contra él. Esta fue parte de la razón por la que desarrolló la Política Proletaria Militar. En su opinión no era suficiente oponerse simplemente a la guerra, sino desarrollar una política obrera en este terreno. En uno de sus últimos escritos explicó lo siguiente:

“La guerra actual, como lo manifestamos en más de una ocasión, es una continuación de la última guerra. Pero una continuación no significa una repetición. Como regla general, una continuación significa un desarrollo, una profundización, una agudización. Nuestra política, la política del proletariado revolucionario, hacia la segunda guerra imperialista es una continuación de la política elaborada durante la guerra imperialista anterior, fundamentalmente bajo la conducción de Lenin. Pero una continuación no significa una repetición. También en este caso, una continuación significa un desarrollo, una profundización y una agudización.

“Durante la guerra pasada no sólo el proletariado en su conjunto sino también su vanguardia y, en cierto sentido, la vanguardia de la vanguardia, fueron tomados desprevenidos. La elaboración de los principios de la política revolucionaria hacia la guerra comenzó cuando ya ésta había estallado plenamente y la maquinaria militar ejercía un dominio ilimitado. Un año después del estallido de la guerra, la pequeña minoría revolucionaria estuvo todavía obligada a acomodarse a una mayoría centrista en la conferencia de Zimmerwald. Antes de la Revolución de Febrero, e incluso después, los elementos revolucionarios no se sintieron competentes para aspirar al poder, salvo la oposición de extrema izquierda. Hasta Lenin relegó la revolución socialista para un futuro más o menos distante…Si así veía Lenin la situación no creemos entonces que haya necesidad de hablar de los otros.

“Esta posición política del ala de extrema izquierda se expresaba gráficamente en la cuestión de la defensa de la patria.

“En 1915 Lenin se refirió en sus escritos a las guerras revolucionarias que tendría que emprender el proletariado victorioso. Pero se trataba de una perspectiva histórica indefinida y no de una tarea para mañana. La atención del ala revolucionaria estaba centrada en la cuestión de la defensa de la patria capitalista. Los revolucionarios replicaban naturalmente en forma negativa a esta pregunta. Era completamente correcto. Pero mientras esta respuesta puramente negativa servía de base para la propaganda y el adiestramiento de los cuadros, no podía ganar a las masas, que no deseaban un conquistador extranjero.

“En Rusia, antes de la guerra, los bolcheviques constituían las cuatro quintas partes de la vanguardia proletaria, esto es, de los obreros que participaban en la vida política (periódicos, elecciones, etcétera). Luego de la Revolución de Febrero el control ilimitado pasó a manos de los defensistas, los mencheviques y los eseristas. Cierto es que los bolcheviques, en el lapso de ocho meses, conquistaron a la abrumadora mayoría de los obreros. Pero el papel decisivo en esta conquista no lo jugó la negativa a defender la patria burguesa sino la consigna “¡Todo el poder a los soviets!” ¡Y sólo esta consigna revolucionaria! La crítica al imperialismo, a su militarismo, el repudio a la defensa de la democracia burguesa, etcétera, pudo no haber llevado jamás a la mayoría abrumadora del pueblo al lado de los bolcheviques…” (21)

Sus instrucciones a los revolucionarios del mundo eran bien claras:

“La militarización de las masas se intensifica día a día. Rechazamos la grotesca pretensión de evitar este militari­zación con huecas protestas pacifistas. En la próxima etapa todos los grandes problemas se decidirán con las armas en la mano. Los obreros no deben tener miedo a las armas; por el contrario, tienen que aprender a usarlas. Los revolucionarios no se alejan del pueblo ni en la guerra ni en la paz. Un bolchevique trata no sólo de convertirse en el mejor sindicalista sino también en el mejor soldado.

“No queremos permitirle a la burguesía que lleve a los soldados sin entrenamiento o semientrenados a morir en el campo de batalla. Exigimos que el Estado ofrezca inmediatamente a los obreros y a los desocupados la posibilidad de aprender a manejar el rifle, la granada de mano, el fusil, el cañón, el aeroplano, el submarino y los demás instrumentos de guerra. Hacen falta escuelas militares especiales estrechamente relacionadas con los sindi­catos para que los obreros puedan transformarse en espe­cialistas calificados en el arte militar, capaces de ocupar puestos de comandante.”

En junio de 1940 la burguesía francesa capituló a Hitler y entregó Paris sin ofrecer resistencia. Trotsky pensaba que este acontecimiento confirmaba que las burguesías nacionales de los países del bloque aliado no estaban realmente interesadas en defender a los trabajadores contra el fascismo. Por esta razón declaró que los revolucionarios deberían agitar entre las masas por que el mando militar pasase a manos de la clase obrera, la única clase realmente capaz de erradicar el fascismo:

“El Instituto de la Opinión Pública estableció que más del setenta por ciento de los trabajadores están a favor de la conscripción. ¡Es un hecho de tremenda importancia! Los trabajadores toman seriamente todas las cuestiones. Si la patria debe ser defendida, entonces la defensa no puede abandonarse a la voluntad arbitraria de los individuos. Debería tratarse de una actitud común. Esta concepción realista muestra cuánta razón teníamos al rechazar de antemano al pacifista puramente negativo o las actitudes semipacifistas. Nos colocamos en el mismo terreno que el setenta por ciento de los trabajadores -contra Green y Lewis- y en base a esta premisa comenzamos a desarrollar una campaña con el fin de enfrentar a los trabajadores con sus explotadores en el campo militar. Ustedes, trabajadores, quieren defender y mejorar la democracia. Nosotros, miembros de la Cuarta Internacional, queremos ir más allá. Sin embargo, estamos listos para defender la democracia con ustedes, sólo con la condición de que sea una defensa real y no una traición a la manera de Petain.” (22)

En una discusión, sobre “Problemas norteamericanos” (23), repitió las mismas ideas de una forma aún más aguda. Subrayó que los revolucionarios deberían decir:

“defenderemos a Estados Unidos con un ejército obrero, con oficiales obreros, con un gobierno obrero, etcétera. Si no somos pacifistas que esperan un futuro mejor, y si somos revolucionarios activos, nuestra tarea es penetrar en toda la maquinaria militar.

(…)

“Debemos usar hasta el fin el ejemplo de Francia. Tenemos que decir: “¡Les advertimos, obreros, que ellos (la burguesía) los traicionarán! ¡Miren a Petain, que es amigo de Hitler! ¿Dejaremos que pase lo mismo en este país? Debemos crear nuestra propia maquinaria, bajo el control de los trabajadores.” Debemos ser cuidadosos para no identificarnos con los chovinistas, ni con los confusos sentimientos de autoconservación, sino que debemos entender sus sentimientos y adaptarnos a los mismos críticamente y preparar a las masas para una mejor comprensión de la situación; de lo contrario seguiremos siendo una secta, cuya variante pacifista es la más miserable.”

El punto central era revelar la incapacidad orgánica de la burguesía para una verdadera defensa contra el fascismo y así ajustar la agitación revolucionaria al pensamiento y preocupaciones de las masas. Por el otro lado, el destacado énfasis en la militarización de la organización revolucionaria significaba que Trotsky aconsejaba sus seguidores buscar todas las vías para acercarse a la clase obrera y fusionarse con ella para dotarla del programa revolucionario necesario para la victoria.

En una situación donde toda la atención de los trabajadores estaba principalmente en la guerra, en algunas fábricas se trabajaba hasta 14 o 16 horas para la industria de armamento. Trotsky entendió que cualquier consigna abstracta de oposición a la guerra solo podía conducir al aislamiento de las fuerzas del bolchevismo-leninismo. Sin dejar de explicar el verdadero carácter de la guerra imperialista, Lev Davidovich instruía a las secciones nacionales a adaptar las consignas transitorias al estado concreto de desarrollo de la conciencia de las masas. No es ninguna coincidencia que el mismo viejo explicara cómo el bolchevismo era sencillamente la historia de la capacidad para realizar “cambios bruscos y repentinos” en la táctica y las consignas de cada momento.

La IV internacional durante la Segunda Guerra Mundial

La muerte de Trotsky, que cayó asesinado por el agente de la GPU Ramón Mercader del Río el 20 de agosto de 1940, fue un tremendo golpe a las fuerzas de la Cuarta Internacional. Vimos en las partes anteriores de este artículo cómo incluso los dirigentes del SWP norteamericano carecían de la misma capacidad teórica y del método dialéctico que tenía Trotsky para entender una situación cambiante. Para ser honestos, también debemos admitir que la Cuarta Internacional en la mayoría de los países estaba fundada sobre bases organizativas muy inestables.

Uno de los casos más graves era probablemente Francia, dónde los seguidores de la sección nacional, el POI (Partido Obrero Internacionalista) se habían escindido otra vez a comienzos de 1939 sobre la cuestión de la entrada al PSOP, una escisión centrista del Partido Socialista. La sección estaba en un verdadero estado de caos, cuando la ocupación nazi de Francia tuvo lugar en junio de 1940. Rápidamente, los principales dirigentes (Jean Rous, Pierre Naville, Joannès Bardin [Boitel]) se adaptaron al nacionalismo burgués y/o abandonaron el movimiento trotskista. Nuevas fuerzas, en su mayoría muy jóvenes, tuvieron que reconstruir la organización bajo condiciones sumamente difíciles.

Por supuesto, no queremos menospreciar el heroico trabajo que centenares de partidarios de Trotsky realizaron en una Europa bajo el talón de hierro del fascismo, ni olvidar por un momento los mártires del movimiento bolchevique-leninista. Podemos mencionar algunos de los casos más emblemáticos:

A pesar de varias oleadas de represión contra sus cuadros dirigentes, la organización trotskista de Francia, logró editar 73 ediciones de su periódico, La Verité, que estuvo circulando con un tiraje de 15.000 copias por númeroLa Gestapo (la polícia secreta de Alemania) logró encontrar y asesinar a docenas de trotskistas franceses, incluido Marcel Hic, el secretario general de la sección, quien fue deportado a Buchenwald y luego a Dora, donde lo mataron. (24)

Los trotskistas franceses, incluso, publicaron un periódico en alemán, titulado Arbeiter und Soldat (Trabajador y soldado), que estaba dirigido explícitamente a las tropas alemanas para ganarlos a posiciones revolucionarias. Su editor, Paul Widelin, fue detenido en 1944 y asesinado por la Gestapo.

En Bélgica, uno de los países dónde la Cuarta había tenido más fuerza, la represión también dejó su huella; Dirigentes reconocidos como León Lesoil y Abraham Leon, entre decenas de otros trotskistas, fueron detenidos y ejecutados. A pesar de todo esto lograron publicar un periódico en francés (La voz de Lenin) y otro en flamenco (La lucha de clases) con 10.000 y 7.000 ejemplares respectivamente.

En Grecia, Pantelis Pouliopoulis, uno de los dirigentes del grupo trotskista fue fusilado por los ocupantes italianos en junio de 1943 junto a 17 camaradas suyos. Pero antes de morir tuvo el coraje de dar un discurso revolucionario a los soldados italianos en su idioma, lo cual provocó un motín entre los mismos soldados que negaron a cumplir la orden de fusilamiento. Fueron los propios tenientes-coroneles quienes tuvieron que hacer el trabajo sangriento.

Uno de las pérdidas más trágicas del movimiento, fue probablemente el de Pietro Tresso [Blasco], uno de los primeros miembros de la Oposición de Izquierda en el Partido Comunista Italiano. Aunque logró escaparse de la cárcel en Marsella en 1943, fue secuestrado y asesinado por los estalinistas.

En este breve recuento no podemos entrar en todos los detalles, pero sería incorrecto olvidar dar mención al heroico trabajo de los trotskistas en Sri Lanka e Indochina (Vietnam). Durante la guerra los partidarios de Trotsky en ambos países se opusieron al dominio sangriento del imperialismo británico, mientras los estalinistas sacrificaron cualquier pretexto de lucha anti-imperialista en nombre de su “sagrada alianza” con las potencias aliadas.

Posteriormente, esto condujo al PC de la India a aceptar en 1947 la criminal división en líneas religiosas del país, abriendo el paso a la creación de un estado musulmán (Pakistán) y al aborto, por medios violentos, de la revolución. En contraste, los trotskistas construyeron un fuerte partido en Vietnam que incluso llegó a ganar las elecciones locales en Saigon en 1939. Trágicamente, el máximo líder de este grupo, el legendario Ta Thu Thau, fue ejecutado por los estalinistas en septiembre de 1945, probablemente por órdenes directas de Ho Chi Minh. (25) En Sri Lanka se formó el primer núcleo del LSSP, (Laja Sama Samanka Party), que estaba afiliado a la Cuarta Internacional y dirigió grandes huelgas generales contra los poderes coloniales, convirtiéndose en la segunda fuerza política de la isla.

Los trotskistas y la Política Militar Proletaria

A pesar de esta gran muestra de sacrificio y trabajo consistente, no podemos evitar una revisión crítica de la política de los bolchevique-leninistas durante la guerra. Recordamos las líneas centrales de la Política proletaria militar de Trotsky: conectar con el sentimiento anti-fascista de las masas y sobre todo mostrar que la burguesía era orgánicamente incapaz de luchar contra el fascismo, que solamente la clase obrera estaba en la posición de destruir de raíz los regímenes de Hitler y Mussolini.

Pero, con algunas excepciones importantes que trataremos más adelante (sobre todo el WIL/RCP de Gran Bretaña), se puede constatar que la gran mayoría de partidos y grupos trotskistas se opusieron al significado de los últimos escritos de Trotsky, o por lo menos no lo entendieron. Varios dirigentes en las secciones nacionales, incluida la sección griega, el grupo alrededor de Grandizo Munis, la sección oficial en Inglaterra (RSL) y otros, rechazaron la nueva política porque, según ellos, hacía concesiones al social-chauvinismo, y mantuvieron la postura del “derrotismo revolucionario” que Lenin había adelantado durante la Primera Guerra Mundial, pero que en las nuevas condiciones les condenaba al aislamiento total. La sección belga, incluso, llegó al extremo de censurar algunas partes del Manifiesto de la Conferencia de Emergencia de mayo de 1940, que había redactado Trotsky.

El otro gran problema fue la incomprensión del concepto de “militarización”. La política proletaria militar no era simplemente una idea propagandística, sino sobre todo una orientación práctica de Trotsky a sus seguidores. Como había explicado en su Historia de la Revolución Rusa, “La mayoría no se cuenta, se conquista” – los trotskistas deberían conquistar a las masas, comenzando en las fuerzas armadas. Encontramos muy poco ejemplos de un trabajo sistemático en este sentido. A pesar de algunas referencias de los trotskistas franceses en sus documentos a la importancia del movimiento partisano, no hubo una participación orgánica en él.

El historiador francés Pierre Broué dio algunas reflexiones interesantes sobre este problema. En un escrito crítico que publicó en su revista Cahiers León Trotsky, afirmó:

“Toda la evidencia muestra que el llamamiento de Trotsky por una posición de lucha armada y su propuesta de que todos los socialistas revolucionarios deberían “militarizarse” para jugar un papel en un mundo militarizado, estaban ausentes en este concepto o por lo menos reducido a un nivel secundario, “partisano”, completamente subordinado a la “lucha en la fábrica”. El descubrimiento de que la “lucha armada” ejerció una fuerza atractiva sobre las masas debe haber presentado muchos problemas cuando la dimensión que Trotsky atribuyó a la “militarización” estaba ausente.

(…)

“En el mismo orden de ideas, la vacilación con la cual los trotskistas miraban hacia la resistencia armada surgiere que sería interesante estudiar cómo fue concebida la revolución dentro de la Cuarta Internacional durante la guerra. Parece que a veces fue concebida como algo apocalíptico que ocurriría independientemente de lo que estaba pasando y no como el resultado de un trabajo por ella. ¿Había sido su educación principalmente “propagandística”, que implica la utilización de armas tales como las denuncias y la “explicación”- que claramente eran las actividades esenciales de una organización cuyas líderes sentían que estaban “nadando contra la corriente-, lo que había preparado a los cuadros para tal concepción? [de la revolución]” (26)

Un ejemplo cualitativamente distinto: La WIL y el RCP

Hubo excepciones a esta actuación, grupos e individuos que sí trataron de aplicar la política proletaria militar al trabajo revolucionario cotidiano. El SWP norteamericano, presionado por Trotsky hasta su muerte, había aprobado formalmente esta política y la llevó acabo de forma parcial, defendiendo esta línea en público e incluso cuando fueron enjuiciados por el Estado norteamericano en las juicios de Minneapolis, acusados y sentenciados por “trabajo subversivo”(27). Como resultado, el SWP tuvo un crecimiento notable en este período, aunque hay que decir que Cannon y los otros líderes pusieron énfasis sobre todo en el aspecto propagandístico de la política, pero no en el trabajo político en las fuerzas armadas.

Un grupo que sí destaca por haber llevado acabo la política proletaria militar de forma enérgica es la WIL británica (Liga Internacional de Trabajadores – desde el 1944 conocida como el RCP, Partido Comunista Revolucionario). El primer núcleo de este grupo se formó en Gran Bretaña a finales de 1937 alrededor de jóvenes inmigrantes provenientes de Sudáfrica como Ralph Lee y Ted Grant.

El estado de los distintos grupos trotskistas en este país era particularmente lamentable, la mayor parte de ellos habían rechazado los consejos de Trotsky de entrar primero al ILP (Partido Laborista Independiente) en 1934 y, posteriormente, el giro que propuso hacia el Partido Laborista. La composición de estos grupos era muy mala, la mayoría de los miembros provenían de sectores pequeño-burgueses y el ambiente era muy cerrado. Sus militantes gastaban más tiempo en peleas internas que en el verdadero trabajo político.

Después un intento de reformar a los grupos existentes, Ralph Lee, Ted Grant, Jock Haston y unos pocos camaradas decidieron abandonarlos a su propia suerte y formar un nuevo grupo que desde sus inicios tuviera una base sana y un trabajo real en el movimiento obrero. Fundaron la WIL con tan solo siete camaradas en 1938.

En septiembre del mismo año rechazaron un intento por parte de Cannon y de otros representantes del SWP norteamericano de hacer una unificación sin principios. Los camaradas de la WIL explicaron que estaban a favor de la unidad con los otros grupos, pero solamente sobre la base de un acuerdo político. Hicieron hincapié en el trabajo entrista en la juventud del Partido Laborista y también en la aceptación de la política proletaria militar. Cuando era evidente que los otros grupos trotskistas no estaban de acuerdo, el WIL descartó la unificación y previó que la unificación de tres grupos sobre una base política heterogénea iba a dar lugar a cinco o seis escisiones en el corto plazo.

Esto fue exactamente lo que ocurrió. Mientras el grupo “unificado”, la RSL (Liga Socialista Revolucionaria), se destacó por su fraccionamiento en tres partes distintas y su pasividad durante prácticamente toda la guerra; la WIL, que partió de nueve miembros a comienzos de 1938, creció hasta transformarse en una importante fuerza política durante la guerra con más de quinientos miembros. Si analizamos este fenómeno detenidamente, veremos cómo fue la aplicación acertada de la política de Trotsky lo que hizo toda la diferencia.

Al aceptar la política proletaria militar, la WIL la adaptó a las circunstancias peculiares de Gran Bretaña, formulando un programa concreto que incluía la exigencia de que el Partido Laborista tomara el poder para combatir al fascismo, formando un ejército obrero compuesto por destacamentos armados de los sindicatos y con la elección de los oficiales por los soldados. Desnudando la hipócrita posición de la burguesía británica, la WIL agitó a favor de libertad para todas las colonías para luchar así realmente contra el fascismo a nivel mundial.

Contrario a cualquier tipo de pacifismo, la WIL ordenó que todos sus miembros deberían entrar en las fuerzas armadas si fueron convocados. Allí fueron instruidos a hacer trabajo revolucionario junto a sus hermanos de clases, ganando el respeto como los mejores soldados en el ejército. Miembros del WIL que estaban en el frente norteafricano del ejército británico utilizaron los foros legales, las asambleas denominadas “Army Bureau of Current Affairs – ABCA” para explicar pacientemente el verdadero significado de la guerra y en varios casos ganaron la mayoría en los ABCA, como en Benghazi, en Libia, y El Cairo, en Egipto.

Incluso en las fuerzas aéreas británicas, las RAF, la WIL logró hacer un importante trabajo político, a través de un piloto llamado Frank Ward que dio clases a otros pilotos como instructor con el programa de la Cuarta Internacional. El ambiente en amplios sectores del ejército británico, sobre todo en el Octavo Armé en el desierto norteafricano, era muy explosivo. Muchos soldados confesaron que ¡querían volver con las armas a Gran Bretaña, una vez que la guerra terminara, para asegurar que las cosas realmente cambiaran!

Conforme la euforia inicial de la guerra comenzaba a disiparse entre las masas trabajadoras, varias huelgas tuvieron lugar en la industria, donde los obreros estaban trabajando hasta catorce horas diarias para sostener los suministros de guerra. A la misma vez, el Partido Comunista giró su postura 180 grados desde su oposición a la guerra a un apoyo ciego al gobierno de Churchill. La razón de ello era, evidentemente, el ataque de Hitler contra la URSS en 1941 que obligó Stalin a cambiar de política para acercarse a los “aliados democráticos”. Por eso, el PC británico comenzó a jugar un papel directamente rompe-huelgas a partir de 1941, denunciando cada conflicto laboral como “sabotaje a la guerra anti-fascista”.

Esta situación colocó a la WIL con mayores posibilidades aún para intervenir entre las masas trabajadoras y participar en las huelgas que estallaron durante la guerra. El año 1942 vio un gran crecimiento en el número de huelgas, y los miembros de la WIL intervinieron con gran éxito en algunos de los paros más emblemáticos como el de los aprendices de Tyneside, Rolls Royce Aircraft Works, y Glasgow, en agosto de 1941 y de nuevo en julio de 1943, en la huelga de Barnbow Royal Ordnance Factory en junio de 1943, y en la huelga del transporte en Yorkshire en mayo de 1943.

El éxito del WIL (y posteriormente del RCP), fue visto como una amenaza seria por parte de la clase dominante británica. Esto se deduce de los informes secretos que hizo la inteligencia británica sobre el WIL y el RCP, explicando en detalle su estrategia, tácticas, fuerzas numéricas, posiciones sindicales, etc. (28)

Hemos resaltado el ejemplo de la WIL porque muestra que no era cierto que los trotskistas estaban condenados al aislamiento por la situación objetiva. Por el contrario, se ve como un grupo pequeño armado con un programa, orientación y táctica correctos puede hacer un trabajo muy exitoso, mientras que las organizaciones más numerosas que no saben adaptarse a una nueva situación sí son impotentes.

Si la Cuarta Internacional, como organización mundial, hubiera seguido la política de Trotsky con la misma capacidad que la WIL, su desarrollo posterior probablemente habría sido distinto.

La perspectiva central de Lev Davidovich era que la Segunda Guerra Mundial, al igual que la primera, terminase con una oleada revolucionaria en los principales países capitalistas. Recordando que la Tercera Internacional se había fundado en la práctica sobre la base del movimiento revolucionario de la postguerra en países como Alemania, Francia, Italia, etc., el “viejo” hizo la previsión en 1938 que, en el espacio de tiempo de una década, no quedaría piedra sobre piedra de las viejas Internacionales (la Segunda reformista y la Tercera estalinista), y que la Cuarta Internacional se transformaría en la fuerza revolucionaria dominante en el planeta.

Los acontecimientos en Europa, y también en el mundo colonial, confirmaron parte de esta perspectiva, aunque también se vieron elementos contradictorios fundados en el propio resultado de la guerra que dificultaron enormemente el trabajo de las fuerzas bolcheviques-leninistas.

Grecia: La revolución estrangulada

La Guerra Civil griega fue un acontecimiento que desenmascaró con toda claridad la engañosa propaganda de los imperialistas sobre una supuesta “guerra por la democracia”. Durante años, el movimiento obrero griego había sido fuertemente reprimido por la dictadura de Metaxas, lo que se vio reforzado por la ocupación de Grecia desde 1940 por las fuerzas italianas y alemanas del Tercer Reich. Pero ya a finales de 1941 comenzaron a verse huelgas sectoriales e incluso marchas obreras en las calles.

En la clandestinidad, se formó el movimiento de resistencia griego, el EAM, cuya ala armada era el ELAS (ejército nacional de liberación). El partido comunista griego, el KKE, sin contacto regular con Moscú, jugó un papel destacado en este movimiento y levantó correctamente la consigna de una asamblea constituyente para decidir sobre el futuro del país, sin la intervención extranjera ni de los italianos y alemanes ni del imperialismo británico. No obstante, el EAM fue fundado sobre la base frentepopulista de “unidad nacional”, negándose a diferenciar entre las clases y a vincular firmemente las reivindicaciones democráticas con la emancipación de la clase trabajadora griega.

Aún así, la heroica resistencia de los trabajadores y campesinos comenzó a dejarse sentir en el país. Los partisanos del ELAS tomaron una ciudad tras otra y cuando los británicos llegaron a Grecia, el país ya estaba efectivamente tomado por las fuerzas armadas de la EAM. La clase obrera griega también actuó decisivamente para derrotar la ocupación; el 25 de junio de 1943 se dio una gran huelga general en Atenas que efectivamente impidió el fusilamiento de líderes obreros del tranvía que habían sido encarcelados y condenados a muerte por haber organizado una huelga anterior.

En Moscú, Stalin estaba extremadamente preocupado por la situación. Quería evitar la revolución en Grecia a toda costa ya que no solo pondría en peligro su alianza con los imperialistas británicos y norteamericanos, sino también porque una sola revolución en un país europeo podría desencadenar un poderoso movimiento en todo el continente, desestabilizando completamente la situación. Por este motivo mandó a un emisario, el coronel Popov, que llegó a Grecia poco después la caída definitiva del régimen ocupante alemán-italiano en octubre de 1944, para ordenar que los comunistas abandonaran cualquier pretexto de lucha de clases y que obedecieran al nuevo gobierno de coalición de Georgios Papandreu.

Pero el 3 de diciembre de 1944 se llegó a una confrontación directa entre los “libertadores” británicos y los seguidores del EAM, cuando los primeros atacaron una marcha pacífica de los últimos en Atenas y mataron a 28 manifestantes e hirieron a otros 148. Esto fue el comienzo de los acontecimientos llamados Dekemvriana. El tema central del conflicto era la posesión de las armas. Los integrantes del ELAS se negaron a entregarlas a las fuerzas británicas y, consecuentemente, los ministros del EAM salieron del gobierno de coalición.

Curiosamente, Churchill definió a los rebeldes del EAM-ELAS en Grecia – quienes en su mayoría eran miembros del KKE – como “trotskistas”. En un discurso ante la Cámara de los Comunes, dijo lo siguiente:

“Creo que ‘trotskismo’ es una definición mejor del comunismo griego y de algunas otras sectas, que el término habitual. Tiene la ventaja de ser igualmente odiado en Rusia” (29)

El mismo Churchill, con la aceptación explícita de Stalin, viajó a Grecia en la navidad de 1944 para dirigir la represión contra la revolución griega. En su libro de memorias, el primer ministro británico explica cómo Stalin y él decidieron la división de Europa entre ellos en un pequeño papel en el lapso de unos minutos (30). También relata cómo la URSS mantuvo un silencio total sobre la virulenta represión de la revolución griega:

“Stalin se adhirió estricta y lealmente al acuerdo de octubre con nosotros, y durante todas las largas semanas de lucha contra los comunistas en las calles de Atenas no salió ni una palabra de reproche en Pravda ni en Izvestia” (31)

A pesar del acuerdo de conciliación que se firmó en Varkiza el 15 de febrero de 1945, con el apoyo del KKE, las fuerzas del ELAS en Atenas rechazaron el desarme y el conflicto duró hasta la victoria decisiva de la contrarrevolución en 1949.

Italia: El movimiento partisano y el estalinismo

La caída y el ajusticiamiento del dictador fascista Mussolini en 1943, a manos de las masas insurgentes de Roma, abrió una nueva etapa en la revolución italiana. El movimiento partisano, en su mayor parte dirigido por el PC italiano, consistía de más de 100 mil hombres armados y lograron conquistar grandes partes del país sin la ayuda de las fuerzas de los aliados. Incluso dirigentes comunistas como Luigi Longo, admitieron que existía una situación de doble poder con ciudades enteras controladas por el movimiento de resistencia.

Tuvieron lugar huelgas de masas en Milán, Génova, Bolonia, Turín y otras ciudades claves. Los ferrocarriles del norte del país quedaron paralizados por días por la huelga de sus trabajadores. Las masas asaltaron las viejos cárceles fascistas y liberaron a todos los prisioneros políticos. Los viejos locales fascistas fueron saqueados y las grandes imprentas tomadas por los trabajadores en Milán y otras localidades. Toda aquella persona que se vestía con el uniforme o símbolos fascistas fue atacada en las calles. (32)

El desembargo de tropas aliadas al sur de Sicilia, fue en realidad otra medida desesperada para controlar la situación. Los aliados intentaron formar un gobierno de coalición, pero con el conocido fascista, el mariscal Badoglio, a la cabeza y con el simultáneo restablecimiento de la monarquía. ¡Esto expone claramente la mentirosa propaganda sobre una “guerra por la democracia”! Presionados por las masas tuvieron que retroceder y proponer un gobierno dirigido por Bonomi con la participación directa del Partido Comunista.

Aunque el régimen fascista en este momento estaba claramente cayendo, los aliados comenzaron a bombardear Milán entre el 12 y el 15 de agosto ¿Por qué? Milán había sido el centro de las huelgas y de las marchas de masas, la clase obrera estaba disputando abiertamente el poder. En esta situación, los aliados intentaron debilitar el espíritu combativo del proletariado con una destrucción mayor de los barrios obreros milaneses.

La situación era extremadamente grave para la burguesía italiana y solo fue mediante la llegada de Togliatti, el Secretario General del PCI, que lograron formar un gobierno de coalición estable. Se firmó el “Protocolo de Roma” y el movimiento partisano se comprometió a acatar los órdenes de las tropas anglo-americanas. En el periódico estalinista inglés Daily Worker, el corresponsal en Italia, James S. Allen, denominó a los ejércitos de los imperialismos británico y norteamericano como “amigos del pueblo italiano”. (33)

Años más tarde, el propio Togliatti explicó la línea del PCI durante la fracasada revolución italiana:

“Si nos reprochan no haber sabido tomar el poder o habernos dejado excluir del gobierno les diréis que no podíamos transformar Italia en una nueva Grecia; no solamente por nuestro interés sino por el de los mismos soviéticos” (34)

Dinamarca, la huelga general revolucionaria y la insurrección de Copenhague

Un caso muy desconocido, pero en realidad bastante sintomático de toda la situación europea, son los acontecimientos que se vivieron en Dinamarca entre 1943 y 1945. Ubicada al norte de Alemania, y con el control de todo el tráfico marítimo entre el mar Báltico y el Atlántico, la ocupación de esta pequeña nación se volvió una necesidad absoluta para Hitler.

Desde el comienzo de la ocupación, el 9 de abril de 1941, los socialdemócratas pactaron con el ejército alemán, dejando al país sin defensa y entregando el poder al dominio nazi sin disparar un tiro. Era una repetición de la cobardía de Pétain en Francia, un desarrollo que Trotsky había previsto brillantemente. Como en las otras zonas ocupadas, la explotación de la clase obrera se intensificó ya que el país sirvió como retaguardia alemana, forzado a proveer el ejército del wehrmacht con comida y armamento.

En la clandestinidad se formaron centenares de círculos de resistencia a la ocupación nazi, la mayor parte de ellos organizados por el Partido Comunista que había sido ilegalizado y cuyos dirigentes fueron encarcelados a partir de junio de 1941, salvo algunos que lograron esconderse y seguir la lucha desde la clandestinidad. Durante los cuatro años de ocupación alemana, se efectuaron 2.674 actos de sabotaje industrial (35) (bombas contra el sistema ferroviario y el transporte de armamentos, etc.). Pero lo más importante fue el maravilloso movimiento de la clase obrera que comenzó con la huelga general de julio-agosto de 1943 contra la presencia de un barco de guerra alemán en el puerto de Odense. Rápidamente, la huelga se extendió de Odense a ciudades importantes como Esbjerg, Kolding y Vejle y posteriormente hubo manifestaciones en la capital, Copenhague.

Aunque el ejército alemán, con la ayuda de los socialdemócratas, consiguió poner fin a este movimiento a través de la represión, el descontento en la clase obrera no disminuyó. Un año más tarde, al finales de julio de 1944, estallaron las famosas “huelgas populares”, comenzando como una protesta de los trabajadores del B&W en el puerto de Copenhague contra las restricciones al movimiento nocturno, que habían impuesto los invasores alemanes. Rápidamente, esto se convirtió en una insurrección en los barrios obreros más importantes de la ciudad; Los trabajadores de la capital danesa levantaron barricadas y durante días hubo enfrentamientos sangrientos en Copenhague. Solo tras haber cedido en todas las demandas de la protesta, se hizo una tregua temporal.

Cuando el fin del imperio de Hitler era inminente, hacia marzo de 1945, se creó una situación de vacío de poder en Dinamarca. Los comités de la resistencia, dirigidos en su mayor parte por el Partido Comunista, estaban armados y solo mediante su colaboración fue posible que los ingleses controlaran la situación. Incluso los historiadores más conservadores, hablan de un mínimo de 43 mil milicianos armados. La clase obrera danesa estaba rompiendo con el Partido Socialdemócrata y pasando en masa al Partido Comunista, que antes de la ocupación había sido una organización minúscula sin representación parlamentaria.

Las consignas de los trabajadores no eran solo de carácter democrático sino por encima de todo de carácter social; reivindicaban que se recuperara todo el poder adquisitivo perdido durante la ocupación, y la expropiación de todos los capitalistas que habían colaborado con los invasores (incluido Mærsk, el máximo representante de la burguesía danesa). Estas demandas estuvieron presentes en una marcha histórica el 4 de julio de 1945 con más de 100 mil trabajadores en la Plaza de Christiansborg en Copenhague. Fue solo tras la aparición de los parlamentarios comunistas que lograron persuadir a las masas, cuando la gente abandonó la plaza. El estalinismo había traicionado otra revolución. (36) 

Repercusiones en el mundo colonial

El mismo fenómeno que hemos explicado en los casos de Italia, Grecia y Dinamarca vimos reflejado en países como Finlandia, Bélgica, y en el derrocamiento por vía electoral del gobierno conservador en Gran Bretaña y la llegada al poder del Partido Laborista. Pero la oleada revolucionaria que siguió al fin de la guerra no se restringió a Europa. En los países bajo dominio imperialista vimos un movimiento realmente sin precedentes.

Como mencionamos en la parte anterior de este articulo, este fue el caso en la India donde el imperialismo británico se vio enfrentado a la mayor sublevación de la historia de su marina. El 18 de febrero de 1946, los marineros del barco de guerra británico HMS Talwaar, ubicado en el puerto de Bombay, se declararon en huelga a causa de las malas condiciones de los alimentos.

Rápidamente, la huelga se extendió a las patrullas terrestres de Bombay y los soldados tomaron varias guarniciones y levantaron banderas rojas. En 48 horas, este episodio se repitió en una división tras otras, en 74 barcos de guerra, 20 flotas y 22 unidades de la marina, incluyendo tropas de Calcuta, Karachi, Madrás, Cochín y Vishakapatam. (37)

No obstante, la política de colaboración con el imperialismo por parte de los estalinistas del Partido Comunista de la India, y también por parte de Gandi y de los nacionalistas burgueses, significó el aislamiento de la rebelión de los marineros. No se pudo vincular la lucha con las grandes huelgas que tuvieron lugar en el sector textil, y cuando los imperialistas británicos comenzaron a reprimir a sangre fría, matando a 228 marineros y dejando un saldo de 1,046 heridos, el movimiento se quedó sin otra alternativa que la rendición.

A pesar de todo eso, se dieron grandes movimientos de los trabajadores en la India, entre ellos 60 mil trabajadores ferroviarios que fueron a la huelga y, posteriormente, 100,000 trabajadores del servicio de correos. También se vio una huelga regional en Bombay, organizada inicialmente por el Partido Comunista.

El imperialismo británico estaba seriamente preocupado y decidió mandar una comisión especial para intentar utilizar los antagonismos religiosos para evitar la revolución socialista a toda costa. Fue en este contexto que surgió la criminal división de la India, con la creación de un estado musulmán (Pakistán) en agosto de 1947, y la posterior masacre que tuvo lugar. De esta manera se aniquiló la revolución del sub-continente con la aceptación explícita del estalinismo.

En otras partes del mundo colonial, el mismo fermento causó estallidos revolucionarios. En Argentina, los trabajadores de Buenos Aires derrotaron una intentona golpista contra el gobierno nacionalista de Juan Domingo Perón, radicalizando así el proceso de lucha de clases en este país y debilitando seriamente al imperialismo británico.

En China vimos la guerra campesina de las fuerzas de Mao Zedong que terminó con el dominio de Chang-Kai-Shek en 1949. La emancipación de China de las cadenas del imperialismo, a pesar del régimen estalinista de Mao, fue un acontecimiento absolutamente progresista y debe considerarse parte de la misma oleada revolucionaria del mundo colonial.

África también se vio afectada por el ambiente revolucionario con un crecimiento notable del movimiento a favor de la independencia, entre ellos en Argelia contra los franceses, y en Egipto donde un ala nacionalista-revolucionaria dentro del ejército se organizó alrededor de Nasser, preparando a su vez su llegada al poder en 1952.

El estalinismo y el reformismo – ¿Debilitados o reforzados?

Para resumir, podemos decir que la perspectiva de Trotsky de una enorme oleada revolucionaria tras la guerra fue confirmada por el desarrollo de los acontecimientos. Pero esto no resultó, salvo en casos muy excepcionales, en un crecimiento explosivo de las fuerzas del trotskismo. La Cuarta Internacional no quedó como la “fuerza política dominante del planeta”, y ni el estalinismo ni el reformismo socialdemócrata colapsaron como corrientes en el movimiento obrero. Evidentemente, esto requiere una explicación.

Es importante recordar que cualquier perspectiva es condicional y su pronóstico depende de toda una serie de factores. Si estos factores cambien, el resultado también puede alterarse. Para entender esto, es imprescindible analizar a fondo el resultado militar de la guerra, que sorprendió a todos, incluidos los estrategas militares más avanzados y los propios presidentes de los EE.UU. y Gran Bretaña.

En realidad casi toda la guerra contra Hitler tuvo lugar en el frente oriental, en suelo ruso. Los imperialistas británicos estaban luchando por sus intereses en el norte de África y los norteamericanos por el control del pacífico en su guerra contra Japón. Todas las batallas decisivas tuvieron lugar entre Rusia y Alemania, siendo las más importantes las de Estalingrado y Kursk en 1942-43. Después esto, el ejército rojo avanzó, haciendo retroceder a los alemanes a una velocidad muy alta.

Los imperialistas habían esperado que Rusia y Alemania se destruyeran mutuamente para asegurar las condiciones para el dominio total con Europa por parte de los aliados. Pero la guerra se desarrolló de otra manera, sobre todo por las dos grandes ventajas soviéticas: la economía planificada y la heroica resistencia de las masas, que permitieron reagrupar las fuerzas y derrotar a los invasores alemanes.

El llamado “Día-D” con el desembarco de tropas aliadas en el norte de Francia en julio de 1944, no fue un acto para “liberar los pueblos europeos del fascismo”, sino un acto desesperado de los imperialistas para no dejar que toda Europa quedara en manos de los soviéticos. Aún así, fueron los rusos quienes llegaron primero a Berlín e hicieron ondear la bandera roja en el edificio del Reichstag.

Lejos de debilitar al estalinismo, el avance histórico del ejército rojo, liberando todo Europa del Este de la ocupación alemana, lo reforzó como corriente política en el movimiento obrero. Muchos trabajadores pensaban que el ejército rojo estaba sembrando semillas del socialismo en cada país liberado. La situación creó una tremenda confusión, incluso en las filas del trotskismo, donde muchos activistas comenzaron a tener ilusiones en el estalinismo.

Por el otro lado, la ayuda económica del imperialismo norteamericano, el llamado Plan Marshall, jugó un cierto papel en reforzar la autoridad del reformismo socialdemócrata. Los líderes socialdemócratas prometieron grandes reformas en los países de Europa occidental y en algunos países, como Gran Bretaña, las masas de trabajadores giraron hacía ellos, esperando una transformación radical de la sociedad.

Fue así, sobre la base del fortalecimiento del estalinismo y del reformismo y de su capacidad para traicionar las revoluciones, que se pudo consolidar, temporalmente, el capitalismo. Esta fue la base política que posibilitó el gran boom económico que siguió a la Segunda Guerra Mundial.

Las tesis catastróficas de Canon y cía.

¿Que hicieron los seguidores de Trotsky frente a esta realidad? Lejos de reconocer la nueva situación y cambiar la táctica de acuerdo con ella, los principales dirigentes de la Cuarta Internacional mantuvieron la vieja perspectiva y repitieron las mismas frases.

En primer lugar, James Cannon, el dirigente del SWP norteamericano, negó que la guerra hubiera terminado. En segundo lugar, insistió junto al dirigente belga Ernest Mandel, en la imposibilidad de una recuperación económica del capitalismo a nivel mundial. En las “Perspectivas sobre la revolución americana”, escritas en 1946, Cannon predijo una contracción inmediata en la economía norteamericana:

“El imperialismo norteamericano, que se mostró incapaz de recuperarse de su crisis y estabilizarse en los diez años anteriores al estallido de la Segunda Guerra Mundial, está yéndose hacia una explosión aún más catastrófica en la actual etapa de postguerra”. (38)


Las mismas ideas se repetían en todos los escritos de los principales dirigentes de la Cuarta Internacional, con muy pocas excepciones. En la resolución principal de la conferencia mundial de la Cuarta Internacional, celebrada en Paris en 1946, la misma perspectiva equivocada estuvo presente.

Además, había otros errores fundamentales en este texto. En el borrador original se decía que la URSS había emergido debilitada de la guerra y que “podría caer como resultado de una combinación de presión económica, política y diplomática, y las amenazas militares del imperialismo norteamericano y británico.” (39)

Pensamos que estas líneas hablan por si solas. En un momento donde las fuerzas armadas de la Unión Soviética habían logrado quizás la mayor victoria en la historia de batallas militares, estos señores ¡pensaban que el régimen estalinista podría caer por presiones diplomáticas y amenazas militares!

Como si estas malinterpretaciones no fueran suficientes, Cannon, Frank, Pablo, Mandel y los otros principales dirigentes, también declararon que la burguesía no podía gobernar en los países europeos ¡sino a través de dictaduras militares bonapartistas! (40) La única base para este argumento era que las potencias aliadas habían intentado llegar a un acuerdo para instalar una dictadura en Italia en 1944 después la caída de Mussolini con el general Badoglio a la cabecera.

Esta concepción chocó otra vez con la realidad que se vivía en Europa. Lejos de poder instalar dictaduras, la burguesía estaba de hecho en una posición dónde tenía que gobernar a través de la democracia burguesa, por la simple razón de que no tenía la fuerza para destruir las poderosas organizaciones de la clase obrera. En esta situación decidió usar otra táctica, el viejo método de la colaboración de clases, en la forma de gobiernos de frente popular.

La contrarrevolución en una forma democrática

Todas estas cuestiones no tenían un significado meramente académico, sino que eran de gran importancia para elaborar las consignas y las tácticas de los revolucionarios. Como explicó muchas veces Ted Grant, en la guerra, la calidad de los generales es esencial a la hora de dirigir el avance. Pero en tiempos de dificultades y retrocesos, el papel de la dirección se vuelve aún más decisivo. Con buenos generales, se puede hacer un retroceso exitoso para reagrupar los soldados y preparar la próxima batalla, pero con malos generales el retroceso temporal se vuelve en una derrota.

Había, por supuesto, gente en la Cuarta Internacional que hicieron un balance bastante más sobrio de la correlación de fuerzas y se opusieron a las tendencias ultraizquierdistas de la mayoría. En los Estados Unidos, una minoría del SWP dirigida por Albert Goldman (el abogado de Trotsky), Félix Morrow (el autor del famoso libro sobre la revolución española) y Jean Van Heijenoort (Secretario personal de Trotsky durante siete años), comenzaron desde 1943 a analizar los cambios que tuvieron lugar, comenzando por Italia. (41) Llegaron a algunas conclusiones correctas – sobre la necesidad de vincular las luchas democráticas con las sociales, la participación orgánica en el movimiento armado, la imposibilidad de dictaduras militares en Europa a corto plazo, etc. – pero también cometieron algunos errores, entre ellos el fallido intento de unidad con el Workers’ Party de Max Shatchmann. Posteriormente, casi todos los integrantes del grupo Morrow-Goldman se desilusionaron y abandonaron la política.

No obstante, la oposición más consistente, y políticamente más clarividente, fue por parte del PCR (Partido Comunista Revolucionario, abreviado RCP en inglés), la sección británica dirigida por Jock Haston y Ted Grant. En sus documentos vemos una defensa meticulosa del método de Trotsky, aplicado a la nueva realidad en la Europa de la postguerra. En un documento de Marzo de 1945 explicaron que Europa estaba atravesando un período de contrarrevolución bajo una forma democrática. (42) Subrayaron que, históricamente, la burguesía no solo ha podido liquidar revoluciones con la instalación de regímenes dictatoriales, sino también a través de la democracia burguesa. Con una claridad increíble, hicieron la analogía con el aborto de la primera revolución alemana en 1918-9 y el régimen Noske-Sheidemann.

Otra gran muestra de claridad política contenida en este documento fue cómo el PCR comprendió “el significado contradictorio” del avance de la URSS. Explicaron que, por un lado, las victorias del ejército rojo hicieron a las masas europeas recordar la revolución rusa de octubre, pero a la misma vez el triunfo militar permitió que la burocracia soviética estrangulara la revolución proletaria en Europa. Concluyeron que era perfectamente posible que el estalinismo pudiera sobrevivir por un periodo substancial de tiempo. Incluso llegaron a prever cómo Stalin, tres años después en 1948, iba a implementar economías planificadas en Europa del Este, pero controladas desde arriba, al estilo bonapartista. (43)

Aunque Ted Grant y el PCR no podían prever toda la magnitud del boom de la postguerra (un fenómeno que iba a influenciar toda la política europea hasta 1973), sí tenían claro que no íbamos a ver una recesión en lo inmediato, sino una recuperación económica del capitalismo. En la pre-conferencia de la Cuarta Internacional en abril de 1946, presentaron unas enmiendas al documento de la mayoría que hablan por si mismas:

“En oposición a los reformistas y a los estalinistas, quienes buscan cansar a las masas con la perspectiva de un renacimiento del capitalismo y un gran futuro para la democracia, la resolución de la pre-conferencia Internacional está cien por ciento acertada en subrayar la época de declive y de colapso de la economía capitalista mundial. Pero en una resolución que busca orientar a nuestros cuadros en las perspectivas económicas inmediatas – de la cual se deriva a grandes rasgos la próxima etapa de la lucha de clases, y consecuentemente, nuestra propaganda y tácticas inmediatas – la perspectiva es claramente falsa.”

(…)

“La teoría sobre el colapso espontáneo del capitalismo es completamente ajena a las concepciones del bolchevismo. Lenin y Trotsky subrayaron una y otra vez que el capitalismo siempre encontraría una salida, en caso de no ser destruido por la intervención consciente de un partido revolucionario que, a la cabeza de las masas, tomen ventaja de las dificultades y de las crisis del capitalismo para derrocarlo. La experiencia de la Segunda Guerra Mundial subraya la certeza de las concepciones de Lenin y Trotsky”

“Dada la paralización del proletariado, por la traición de sus organizaciones de masas, el auge cíclico de las fuerzas productivas, el desgaste de la maquinaria, la degradación de los salarios, todo conduce a una absorción de las mercancías almacenadas y a la recuperación, o a la recuperación parcial de la tasa de ganancia. Así, el camino está preparado para un nuevo auge cíclico que a su vez genera el fundamento para otra recesión aún más fuerte.

(…)

“No importa cuán devastadora sea una recesión, si los trabajadores no logran [el poder], el capitalismo siempre encontrará una salida a su estancamiento económico, al costo de los explotados y de la preparación de nuevas contradicciones. La crisis mundial del sistema capitalista no termina con el ciclo económico pero lo da un carácter diferente. La teoría de los estalinistas, que argumentaban durante la última crisis que ésta era la última crisis del capitalismo de la cual nunca se recuperaría, ha sido expuesta totalmente como antimarxista. Hay un peligro grave de que esta teoría reaparezca en nuestras filas hoy.” (44)


Pero la mayoría de los dirigentes de la Cuarta Internacional no hicieron caso a los argumentos del PCR. Su incomprensión causó una tremenda confusión en el movimiento trotskista, y toda la historia y evolución posteriores de la Cuarta Internacional está dominada por este hecho. La línea destructiva de subordinarse a todos los movimientos pequeño-burgueses – la adaptación al guerillerismo y sus consecuencias nefastas en Argentina y Perú, el flirteo con el estalinismo en Yugoslavia y China, el “invento” del estudiantado como un nuevo “sujeto” revolucionario – todo esto fue el resultado de la incomprensión del nuevo periodo que se abrió tras la Segunda Guerra Mundial y, por ende, de la “búsqueda” de soluciones mágicas a los problemas reales en la construcción del partido revolucionario.

El legado de Trotsky

El “viejo” no podía haber previsto todos los acontecimientos en detalle ni la manera cómo terminó la Segunda Guerra Mundial. No obstante, sus escritos dan la clave, el método dialéctico, para entender no solo la nueva situación, sino también las tareas de los revolucionarios. A pesar del fracaso histórico de los líderes de la Cuarta Internacional, que efectivamente destruyeron la organización fundada por Trotsky, su lucha por una Internacional revolucionaria no fue en vano.

Aunque el movimiento marxista experimentó un gran retroceso después la guerra, sobre todo con la disolución del PCR en 1949, el hilo rojo se mantuvo a través del incansable trabajo de Ted Grant. Los escritos de Ted son la continuación directa de Trotsky y su continuo análisis de la situación mundial ayudó a toda una generación comprender la compleja realidad y seguir la lucha contra viento y marea. El hilo rojo continuador entre Ted, quien falleció hace tan sólo cinco años, y Trotsky es lo que une a los cuadros agrupados en la Corriente Marxista Internacional con las mejores tradiciones del bolchevismo.

A 71 años de su muerte, muchos de los pronósticos de Lev Davidovich se vieron confirmados por el desarrollo de los acontecimientos. La caída de la URSS, cuya posibilidad fue negada durante décadas por los estalinistas, reveló la imposibilidad de construir el socialismo en un solo país. Hoy en día, muchos comunistas, entre ellos cubanos, están leyendo los escritos de Trotsky por primera vez, descubriendo cómo previó, casi sesenta años antes, el colapso del llamado “socialismo real”.

Las ideas de Trotsky también están siendo objeto de debate en Venezuela, dónde el presidente Chávez lo ha nombrado en varias ocasiones y recomendado la lectura del Programa de transición. La revolución venezolana, que aún no ha sido completada, es una confirmación brillante de la teoría de Trotsky de la revolución permanente, la imposibilidad de que la burguesía nacional lleve a cabo una reforma agraria y una industrialización integral del país. Ésta tarea cae sobre los hombros del proletariado venezolano, que actualmente está organizando un gran movimiento por el Control Obrero en las industrias básicas y en la compañía petrolera.

En este artículo hemos intentado mostrar el método de Trotsky en la construcción del partido revolucionario. Pensamos que la heroica lucha por una internacional revolucionaria no fue una pérdida de tiempo ni un proyecto utópico, sino un intento audaz y valiente por armar una nueva generación con las herramientas teóricas que pudieran asegurar la victoria final. La crisis actual del capitalismo, descrita por los propios comentaristas burgueses como la peor recesión desde la depresión de 1929, nos obliga a estudiar de nuevo el método de Trotsky. Si este artículo ha servido para ayudar en ello, su objetivo se ha cumplido.

Notas a pie de página

  1. LDT: Diario en el exilio. 1935. Cita reproducida en introducción a “My Life”, Penguin Books, London, 1979. Páginas ix-x
  2. LDT: La conferencia de París: un firme núcleo para una nueva internacional, 1ro de septiembre de 1933
  3. LDT: Luchando contra la corriente, abril de 1939.
  4. LDT: La liga frente a un giro, Junio de 1934. Recomendamos la lectura de los artículos y cartas de Trotsky sobre este tema que se encuentran disponibles en Internet en el libro 4 de los escritos: http://goo.gl/HuhxJ
  5. Entre los escritos que analizan la postura de Trotsky sobre la revolución española se puede destacar la introducción que hizo Pierre Broué a la versión española del tomo de los escritos de LDT sobre España, y también el artículo de Juan Manuel Municio, “Trotsky, La izquierda comunista y el POUM” publicada en Marxismo Hoy No. 2, 1995
  6. Para más detalles históricos sobre la evolución de las Juventudes Socialistas en España: Pierre Broué: The Spanish Socialist Youth (When Carillo was a leftist), reproducido en Revolutionary History, 2007.
  7. LDT: Cómo luchar por un partido obrero en los EE.UU, marzo, 1938. Reproducido en El programa de transición, CEIP, 2008, Buenos Aires, páginas 183-203
  8. Trotsky escribió León Sedov, hijo, amigo, luchador, 1938, como un homenaje a la labor de su hijo. Para una biografía completa recomendamos Pierre Broué: Fils de Trotsky, Victime de Staline, Atelier, 1993, algunos de los capítulos están disponibles en inglés en Revolutionary History, 2007
  9. Pierre Broué: Comunistas contra Stalin, Editorial SEPHA, 2008
  10. Los principales escritos y discusiones con Trotsky sobre la cuestión negra han sido publicados en inglés: Leon Trotsky on Black Nationalism and Self-Determination, Pathfinder Press, New York, 1978.
  11. Trotsky y la lucha anti-imperialista en América Latina, David Rey, América Socialista 2, Agosto 2010
  12. LDT: México y el imperialismo británico, 5 de junio de 1938
  13. La Jornada: http://goo.gl/ojVAJ
  14. Informes de la Conferencia Fundacional de la IV incluidos en León Trotsky: El programa de transición y la fundación de la Cuarta Internacional, CEIP, Buenos Aires, 2008, páginas 311-332 y en el CD-ROM apéndice
  15. LDT: El programa de transición, apartado “Bajo la bandera de la IV internacional”, 1938
  16. LDT: Un gran logro, 30 de agosto de 1938
  17. LDT: En defensa del marxismo, AKAL, Madrid, 1978, página 77: “Si pudiera tomar un avión para Nueva York discutiría personalmente contigo durante cuarenta y ocho o setenta y dos horas seguidas. Siento mucho que, en estas circunstancias, no sientas la necesidad de venir aquí a discutir el problema conmigo. ¿O si la sientes? Me alegraría tanto….”
  18. LDT: En defensa del marxismo, AKAL, Madrid, 1978, página 75.
  19. LDT: Carta a Joseph Hansen, 18 de Enero de 1940.
  20. LDT: Sobre el centralismo democrático. Unas pocas palabras acerca del régimen del partido. 8 de diciembre de 1937
  21. LDT: “Bonapartismo, fascismo y guerra”. Publicado en octubre de 1940.
  22. LDT: Cómo defender realmente la democracia, 13 de agosto de 1940. Mi énfasis, PL.
  23. LDT: Problemas norteamericanos, 7 de agosto de 1940.
  24. El trabajo de los trotskistas durante la ocupación alemana es tratado, entre otros escritos, en los artículos de Rodolf Prager, “The Fourth International during the Second World War” en Revolutionary History: Vol.1 No.3, Autumn 1988. War and Revolution in Europe: 1939-1945
  25. Para más detalles sobre la historia del trotskismo en Indochina y Ta Thu Thau, recomendamos la lectura de la edición especial de Revolutionary History: Vol.3 No.2, Autumn 1990: Vietnam. Workers’ Revolution and National Independence
  26. Pierre Broué: How Trotsky and the Trotskyists faced WWII: http://www.marxists.org/history/etol/revhist/backiss/vol3/no4/ brouww2.html
  27. El discurso de defensa de James Cannon en el juicio de Minneapolis fue posteriormente publicado como un folleto educativo, bajo el título “Wall Street enjuicia al socialismo”
  28. Los informes secretos de la inteligencia británica fueron desclasificados y están disponibles en inglés: http://www.revolutionaryhistory.co.uk/brit/secret.html y http://www.marxists.org/history/etol/revhist/brittrot/ssreport.html
  29. Citado en “Guerra y revolución. Una interpretación alternativa de la Segunda Guerra Mundial”, CEIP, Buenos Aires, 2004. Página 24.
  30. Winston S. Churchill: “Triunfo y tragedía”, pag.228-29
  31. Ibid. pág. 262
  32. Informaciones suministradas por: Ted Grant: The Italian revolution and the tasks of British workers, Workers’ International News, Vol.5 No.12, August 1943: http://www.marxists.org/history/etol/writers/grant/works/4/3/italian_revolution.html
  33. Citado en Felix Morrow: The Italian Revolution, Fourth International, New York, September 1943, Vol.4 No.9, pp.263-73.
  34. Citado en “Guerra y revolución. Una interpretación alternativa de la Segunda Guerra Mundial”, CEIP, Buenos Aires, 2004. Página 28.
  35. Dato suministrado por la encyclopedia leksikon.org: http://www.leksikon.org/art.php?n=299
  36. A pesar del la política conciliadora y traicionera de sus dirigentes, el Partido Comunista danés vio un crecimiento explosivo en su militancia, saltando de 4 mil a 60 mil justo después la liberación de Dinamarca. En el plano electoral crecieron del 2,4 al 12,5% del voto en octubre de 1945. Pero una vez que el partido había revelado sus intenciones reformistas, fue abandonado y perdió nueve escaños en las elecciones parlamentarias de octubre de 1947.
  37. Para una explicación detallada, recomendamos la lectura de: Lal Khan: Pakistan’s Other Story, Aakar Books, Delhi, 2009. pág. 72-83
  38. James P. Cannon: Theses on the American Revolution: http://www.marxists.org/archive/cannon/works/1946/thesis.htm
  39. Citado en Ted Grant: History of British Trotskyism, Wellred, London, 2002, pág. 130
  40. La posición de la mayoría sobre la inevitabilidad de un período de Bonapartismo en Europa se reflejó en muchos de sus escritos de aquel entonces, entre ellos los artículos de Pierre Frank: http://www.marxists.org/history/etol/writers/frank/1945/11/demobonapart.htm y http://www.marxists.org/history/etol/writers/frank/1945/11/bonapart2.htm
  41. Los documentos de la fracciónMorrow-Goldman están disponibles en los siguientes archivos: Félix Morrow: http://www.marxists.org/archive/morrow-felix/index.htm Albert Goldman: http://www.marxists.org/history/etol/writers/goldman/index.htm Jean Van Heijenoort: http://www.marxists.org/history/etol/writers/heijen/index.htm
  42. El cambio de la correlación de fuerzas en Europa y el papel de la Cuarta Internacional”, publicado en: Ted Grant: The Unbroken Thread, Fortress Books, London, 1989, pág.83-110.
  43. Ibid. Pág, 92-93
  44. “Proposed line of amendment to International Conference Resolution “New Imperialist Peace and the Building of the Parties of the Fourth International””. Workers’ International News, November-December 1946: http://www.marxists.org/history/etol/newspape/ win/vol06/no10/amendment2.htm