Los planes contrarrevolucionarios del imperialismo norteamericano y su injerencia en América Latina

El golpe de estado en Honduras el 28 de junio del año pasado constituyó un punto de inflexión en la situación latinoamericana. Hasta esa fecha los imperialistas habían visto como un partido de izquierdas tras otro alcanzaba el poder en toda una serie de países estratégicos (Ecuador, Bolivia, Nicaragua, El Salvador, Paraguay y otros), pero no estaban en condiciones de poder impedir la extensión de la influencia izquierdista en el continente. Aunque las políticas de muchos de estos presidentes es sumamente contradictoria, y en algunos casos abiertamente reformista, como en los casos de Mauricio Funes en El Salvador, Daniel Ortega en Nicaragua, para no hablar de Lugo en Paraguay, está claro que las masas votaron de forma entusiasta por estos candidatos para seguir el ejemplo revolucionario que Venezuela ha dado en los años recientes.

La derrota del golpe de estado de 11 de Abril de 2002 en Venezuela fue un acontecimiento histórico, pues mostró que la correlación de fuerzas no estaba a favor de los imperialistas, sino al contrario, a favor de las masas de obreros, campesinos y pobres de América Latina. El imperialismo, aún contando con su enorme aparato militar y sus armas de destrucción masiva, no podía derrotar a la revolución en un país como Venezuela, que anteriormente era concebido como parte de su “patio trasero”. El movimiento revolucionario en Venezuela que derrocó el golpe de estado llenó las masas en todo el continente de un sentimiento de confianza en sus propias fuerzas y este hecho explica en parte la posterior oleada de elecciones a la izquierda en los países mencionados.

Ahora bien, para ciertos sectores reformistas, sobre todo en Venezuela, esta situación temporal creó muchas ilusiones en la “vía constitucional”, es que decir, en la posibilidad de tener un desarrollo lento con reformas tímidas y graduales que pudieran transformar la sociedad poco a poco. Los marxistas explicamos una y otra vez que todos estos gobiernos progresistas al día siguiente de sus respectivas victorias, tendrían que elegir entre servir a las masas explotadas o servir a la clase dominante y su amo imperialista. Dijimos que no existía una vía intermedia y agregamos que los imperialistas no iban a tolerar a los gobiernos que entorpecieran su dominación de clase y limiten su poder o simplemente que abrieran el camino al movimiento revolucionario de las masas.

Al poco tiempo vimos esta perspectiva convertida en realidad: Mel Zelaya, el presidente legítimo de Honduras, a pesar de provenir de uno de los partidos tradicionales de la oligarquía, el Liberal, empezó a vincularse a los países del ALBA y trató de aplicar algunas reformas progresistas. Finalmente intentó convocar un referéndum sobre la convocatoria de una asamblea constituyente. Estas reformas, a pesar de ser tímidas y limitadas, chocaron con una resistencia feroz por parte del imperialismo y las 30 familias de la oligarquía hondureña que no podía permitir que en el seno de las masas de trabajadores y campesinos hondureños anidara la idea de que ellos mismos podían determinar el futuro del país. Eso fue lo que llevó al golpe del estado en junio. En ésta época, incluso las reformas democráticas más limitadas representan un peligro mortal para las clases dominantes de nuestros países.

Por estas mismas fechas vimos otro acontecimiento importante que mostraba con toda claridad el intento imperialista de reforzar sus fuerzas en América Latina: La firma del contrato con Álvaro Uribe, el entonces presidente de Colombia para la instalación de ocho bases militares norteamericanas en dicho país. Junto a esto podemos sumar la reactivación de la Cuarta Flota de la Marina de EEUU, cuyo principal objetivo es proteger intereses estadounidenses en el Caribe y el Atlántico Sur. La conclusión es clara: el imperialismo está intentando frenar el avance de la revolución latinoamericana y reconquistar un cierto grado de control político y militar en el continente.

La estrategia del imperialismo en Venezuela

Desde el principio de la revolución venezolana, con la elección de Hugo Chávez a la presidencia en el 1998, hemos visto como el imperialismo estadounidense ha tratado de aplastar el proceso. Después los fracasos del golpe de estado de 2002 y del paro-sabotaje petrolero de diciembre del mismo año, ambos acontecimientos planificados en detalle con la participación activa de la CIA, vimos como se intentó intervenir de forma más indirecta, financiando a organizaciones contrarrevolucionarias y partidos políticos de la derecha en una estrategia de desgaste. Este envío de dinero, que no solo va a organizaciones en Venezuela, se realiza a través de órganismos como National Endowment for Democracy (NED) y United States Agency for International Development (USAID) que cada año suministran millones de dólares a sus títeres contrarrevolucionarios en los distintos países. De esta forma, organizaciones derechistas como SUMATE, Primero Justicia, Acción Democrática, COPEI y también la CTV, la corrupta confederación sindical proimperialista, recibieron decenas de miles de dólares.

Ahora el eje central para los imperialistas es la campaña hacia las elecciones legislativas del 26 de septiembre de este año. Resulta difícil prever exactamente qué va a ocurrir en estas elecciones, pero está claro que la oposición tratará de ganar una representación importante en la Asamblea Nacional para poder bloquear y frenar la revolución desde el mismo parlamento. Aún logrando solo una minoría en la nueva asamblea, como por ejemplo 1/3, utilizarán estos representantes legales para viajar a lo largo y ancho del país tratando de movilizar a su base social entre la pequeña burguesía y a la vez crear apatía y desmoralización en la clase obrera y entre los pobres.

A esto hay que sumarle el sabotaje de los capitalistas del sector alimenticio que ha creado una situación de desabastecimiento de muchos productos básicos que no se encuentran disponibles en los supermercados. Los que sí están a la venta, han aumentado rápidamente de precio, fruto de la escasez que han provocado los capitalistas con el freno de la producción en estos sectores.

Otro elemento en esta estrategia es la infiltración sistemática de grupos paramilitares colombianos en Venezuela. En octubre del 2009, el servicio de inteligencia venezolano, la DISIP, logró detener a un dirigente paramilitar quien confesó que hay alrededor de 2.000 paramilitares, sobre todo de nacionalidad colombiana, en Venezuela. Su método es infiltrar organizaciones sociales, como los consejos comunales, para así intentar generar un ambiente de caos y conflicto en el país. En otros incidentes se ha visto que estos paramilitares han sido detenidos con grandes reservas de armamento, aparentemente con planes de atacar instituciones del gobierno venezolano.

En muchos sentidos la nueva estrategia de la contrarrevolución en Venezuela es parecida a la que utilizó el imperialismo para derrotar a la revolución Sandinista en Nicaragua en los años 80. El objetivo es, poco a poco, desmoralizar la base social de la revolución y crear un ambiente de inestabilidad en el país, creando las condiciones necesarias para derrumbar a Chávez, ya sea por la vía “legal” o “extralegal”.

Las razones del odio de los imperialistas hacia Chávez y la revolución bolivariana no son meramente económicas (Venezuela suministra el 15% del consumo petrolero norteamericano), sino sobre todo políticas. Desde el punto de vista del imperialismo, el problema principal es que la revolución venezolana representa un peligro mortal por el ejemplo que da a las masas oprimidas en todo el continente. Por esto se vuelve una necesidad histórica para los imperialistas acabar con Chávez y la revolución venezolana para así apagar el fuego revolucionario que se ha encendido, no solo en Venezuela sino en todo el continente.

Las bases militares: La cara fea de Obama

A un año y tres meses de la llegada de Obama al poder, los que esperaban un cambio profundo estarán algo decepcionados. Esto se ve de forma más clara en su política hacia América Latina. Al fin y al cabo Obama es el máximo representante del imperialismo norteamericano y por ello tiene que defender sus intereses. Esto explica la reciente decisión de aumentar la presencia militar estadounidense en la región.

En el mes de julio se firmo el acuerdo con Álvaro Uribe para instalar ocho bases militares norteamericanas en Colombia y dando acceso a Estados Unidos a todo tipo de instalaciones, civiles y militares, en Colombia. La más importante de estas bases está en Palanquero, permitiendo a las tropas estadounidenses un control total sobre los movimientos en la costa pacífica. El congreso en Washington ha decidido invertir 46 millones dólares tan solo en esta base.

Claramente, el objetivo de la instalación de las bases militares no es “la lucha contra el narcotráfico”, sino más bien frenar el movimiento revolucionario en Colombia y otros países de América Latina. Quieren convertir Colombia en un campo armado. En más de diez años Colombia ha aumentado su presupuesto militar del 2,5% del PIB al 5%. De hecho, Colombia es hoy el país del mundo que más gasta en su presupuesto militar como porcentaje del PIB, sólo superado por Israel y Burundi. Este nuevo acuerdo con Colombia llegó después de que el contrato de la base militar de EE.UU. en Manta, Ecuador, venció y no fue renovada por el presidente Correa.

El imperialismo y Cuba

Desde la victoria de la revolución cubana hace 50 años, Cuba ha representado un faro para las masas en toda Latinoamérica. La existencia de una economía planificada que, a pesar de todos los obstáculos, el bloqueo comercial, y los creados por la propia burocracia, etc., ha logrado garantizar vivienda, sanidad y educación gratuitas para las masas, es un ejemplo en todas partes. Pero para el imperialismo es una fuente constante de irritación pues muestra en la práctica que sí es posible una alternativa al capitalismo y la economía del mercado.

Durante décadas hemos visto como el imperialismo ha intentado destruir la revolución cubana, empezando con la fracasada intervención militar en Bahía de Cochinos en 1962. A pesar de los numerosos intentos de asesinar a Fidel Castro y el bloqueo comercial, los imperialistas se han visto incapaces de destruir la revolución cubana. Es increíble ver la hipocresía del imperialismo que crítica a Cuba supuestamente por no “respetar los derechos humanos” mientras guarda silencio frente a las torturas en su Base Naval de Guantánamo o en Irak y Afganistán.

Con la retirada de la escena de Fidel Castro, hay sectores dentro del propio aparato estatal cubano que están considerando la introducción de medidas capitalistas en la economía cubana. A la vez hay sectores más inteligentes del propio imperialismo, quienes calculan que sería mucho más fácil empujar a Cuba hacia una restauración capitalista si se deja a un lado el bloqueo y se restablecen relaciones comerciales con Cuba. De esta manera, poco a poco, se podría socavar el monopolio estatal del comercio exterior y preparar el escenario para ahogar a Cuba con las mercancías capitalistas. Los revolucionarios de Cuba y el resto del continente lucharán con toda dedicación y esfuerzo para evitar semejante desarrollo, pero está claro que la suerte de la revolución cubana está íntimamente ligada a las perspectivas para Venezuela y Bolivia, es decir la extensión de la revolución a nivel continental en un primer momento.

¿Cómo combatimos al imperialismo?

En otros países también hemos visto la mano del imperialismo detrás algunos de los acontecimientos recientes. Tal fue el caso en Bolivia durante los intentos de golpe de estado “a cámara lenta” que protagonizaron sectores de la ultra-derecha, empezando con los prefectos en las regiones de la Media Luna y sobre todo en Santa Cruz de la Sierra.

La revolución bolivariana debe de luchar en todos los frentes posibles, incluyendo el frente diplomático. Pero hay que entender que el imperialismo defiende sus intereses, siempre que sea posible, con formas “democráticas” y “legales”, pero que no duda en recurrir a todo tipo de métodos ilegales si es necesario. Para la revolución, el internacionalismo no es una consideración secundaria sino una cuestión de vida o muerte. En última instancia, sólo se puede acabar con la amenaza del imperialismo, de los EEUU y de los países capitalistas de Europa, mediante la abolición del sistema capitalista a nivel mundial. Eso significa, la expropiación de los grandes banqueros, empresarios y latifundistas en Venezuela, Bolivia, y en toda América Latina, combinado con un llamamiento revolucionario a los trabajadores de los países capitalistas avanzados a ir en la misma dirección.

La construcción de un poderoso movimiento de masas a escala mundial en defensa de la revolución venezolana y latinoamericana puede contribuir a desenmascarar las maniobras del imperialismo. Por este motivo la Corriente Marxista Internacional tomó la iniciativa de lanzar la campaña internacional Manos Fuera de Venezuela y la ha apoyado consecuentemente. La campaña MFV puede estar orgullosa del trabajo que ha hecho para movilizar a la opinión pública del mundo en apoyo a la revolución bolivariana. En su haber cuenta con la aprobación unánime de una resolución de los sindicatos británicos en apoyo a la revolución venezolana, el acto de masas con 5.000 jóvenes en Viena para oír al presidente Chávez, entre otros logros.

Desde unos modestos inicios, la campaña está ahora presente en más de 40 países. Estos son logros importantes, pero es sólo el inicio. Lo que se necesita es algo más que una campaña de solidaridad. Lo que necesitamos es una organización internacional revolucionaria basada en la lucha contra el imperialismo y el capitalismo, por el socialismo y en defensa de la revolución venezolana y latinoamericana. Lo que necesitamos es una auténtica Internacional revolucionaria. Es por ello que recibimos con gran entusiasmo el llamado de Chávez a favor de la V internacional socialista. Esta propuesta abre la posibilidad de agrupar a todos los sectores revolucionarios para defender la revolución latinoamericana.

La única manera viable para defender la revolución en Venezuela es luchar por que se complete definitivamente la revolución socialista con la expropiación de los capitalistas, los terratenientes y los banqueros y por el otro lado por la extensión de la revolución a otros países. En el último análisis es importante destacar que ni la revolución venezolana, ni la cubana podrán sobrevivir si se quedan aisladas. Por este motivo se vuelve más vigente que nunca la consigna de una federación socialista de América Latina. La otra alternativa es la que vimos en Honduras: una victoria sangrienta de la contrarrevolución y la instalación de un régimen profundamente reaccionario. Es por ello que debemos llamar a todos los revolucionarios de América Latina a la atención: ¡Honduras es una advertencia! Ahora más que nunca: ¡Socialismo o barbarie!