La historia de la ciencia es la de la búsqueda de la humanidad por comprender el funcionamiento del universo, libre de misticismo y fuerzas sobrenaturales. En este artículo, Adam Booth explora el proceso revolucionario por el que avanzan las ideas científicas, el vínculo entre los avances de la ciencia y la sociedad en general, y la crisis de la ciencia en el capitalismo actual.
La ciencia está estancada. Puede que la bolsa de valores se haya disparado gracias a la popularidad de la inteligencia artificial (IA), y que los medios de comunicación anuncien con frecuencia noticias sobre los últimos descubrimientos supuestamente «revolucionarios», pero dentro de la comunidad científica no se comparte. Por el contrario, crece la preocupación de que la ciencia, como disciplina, se enfrente a una «crisis existencial».
Son muchos los síntomas que han provocado este pesimismo. El más flagrante es la falta de investigación «disruptiva» que amplíe las fronteras del conocimiento humano.
Basándose en un metaanálisis de millones de artículos y patentes publicados a lo largo de seis décadas, un estudio publicado en la destacada revista científica Nature en enero de 2023 informaba de que las investigaciones «se están volviendo cada vez menos novedosas».
Los autores hallaron pruebas irrefutables de que «el progreso se está ralentizando en varios campos importantes» y de que «cada vez es menos probable que los artículos y las patentes rompan con el pasado de forma que impulsen la ciencia y la tecnología en nuevas direcciones».
Por el contrario, sugieren que los investigadores modernos tienden a basarse «en un conjunto más limitado de conocimientos existentes», favoreciendo las investigaciones que logran avances graduales, en lugar de explorar campos potencialmente innovadores. En resumen, la ciencia se ha vuelto farragosa, no pionera.
«En general», concluye el artículo de Nature, «nuestros resultados sugieren que la ralentización de las tasas de disrupción puede reflejar un cambio fundamental en la naturaleza de la ciencia y la tecnología».
Otro documento de abril de 2020 plantea la pregunta: «¿es cada vez más difícil encontrar ideas?». La respuesta breve es: sí. «El esfuerzo investigador está aumentando sustancialmente, mientras que la productividad de la investigación está disminuyendo de forma acusada», afirman los economistas.
Al mismo tiempo, desde hace tiempo existe la preocupación de que se produzca una «crisis de replicación» en toda la ciencia: la incapacidad de confirmar la validez de los resultados publicados, lo que conduce a una desconfianza general hacia la calidad de la investigación avalada oficialmente.
Una encuesta realizada en 2016 a más de 1500 investigadores reveló que más del 70 % «ha intentado reproducir los experimentos de otro científico y no lo ha conseguido». Estudios anteriores sobre la investigación relacionada con el cáncer y el desarrollo de fármacos descubrieron que solo el 11% y el 25% de los descubrimientos más importantes en estos campos, respectivamente, podrían reproducirse.,
Peor aún, se informó de que más de 10.000 artículos científicos tuvieron que ser retirados por las revistas académicas en 2023, debido a sospechas de que eran fabricados de una u otra manera . Y existe el temor de que estas falsificaciones descubiertas sean solo la «punta del iceberg» en lo que respecta a la investigación falsa, con la preocupación de que la IA solo esté empeorando las cosas, permitiendo que se publiquen artículos falsos en masa.
Si los resultados del sector de la investigación no pueden verificarse ni son fiables, se plantean profundas dudas sobre el statu quo del proyecto científico. De qué sirve la ciencia, se preguntan muchos, si no puede producir resultados creíbles y hacer avanzar realmente el conocimiento humano.
Hablando de confianza, también hay un creciente escepticismo entre una capa del público hacia la ciencia, junto con una hostilidad general hacia los llamados «expertos» a los que la clase dominante recurre constantemente para justificar sus cínicas políticas.
No sólo la ciencia en su conjunto parece estar en crisis, sino que -en determinadas ramas- crece la inquietud ante la posibilidad de que las teorías que dominan actualmente estas materias sean fundamentalmente erróneas.
Las contradicciones se acumulan en el campo de la cosmología, el estudio del universo. Se inventa un número cada vez mayor de falsedades arbitrarias para que los hechos encajen con el «modelo estándar» de la teoría del Big Bang.
Esto incluye conceptos como «materia oscura» y «energía oscura», en cuya búsqueda se han invertido millones en nuevos aceleradores de partículas, nuevos telescopios, cavernas subterráneas llenas de xenón, globos de gran altitud, ninguno de los cuales ha producido ningún descubrimiento. Y sin embargo, cualquier intento de cuestionar la validez de estos factores amañados se topa con un muro de resistencia.
Mientras tanto, nuevos datos procedentes de instrumentos como el Telescopio espacial James Webb (JWST) están descubriendo galaxias tan antiguas y grandes que la hipótesis del Big Bang, según la cual el tiempo y el espacio tuvieron un comienzo hace miles de millones de años, no puede explicarlas. Sin embargo, la teoría se mantiene. La ciencia disruptiva se encuentra bloqueada.
«Resulta que hemos encontrado algo tan inesperado [del JWST] que en realidad crea problemas para la ciencia» , comenta Joel Lega, astrofísico de la Universidad Estatal de Pensilvania. «Ahora mismo me encuentro despierto a las tres de la mañana y preguntándome si todo lo que he hecho está mal», añade la astrónoma observacional Allison Kirkpatrick, de la Universidad de Kansas, en un artículo en Nature.
Y sin embargo, aunque expresan su preocupación, ninguno de estos científicos está dispuesto a cuestionar los supuestos fundacionales de su campo. «Si el Big Bang es erróneo», concluye el escritor científico Eric Lerner en su libro The Big Bang Never Happened [El Big Bang nunca sucedió], «entonces muchas de las ideas básicas de la física fundamental también son erróneas».
Esta crisis polifacética de la ciencia se extiende también a un cuestionamiento de la piedra filosofal de la propia ciencia.
El método científico se basa en el principio de que la realidad es objetiva, de que existe un mundo material independiente de nosotros que puede investigarse y comprenderse. Sin embargo, en medio de estos desafíos, un sector filosóficamente idealista de la comunidad científica está impulsando una perspectiva solipsista y mística.
No es inusual encontrar publicaciones consagradas como la revista New Scientist que suscitan ideas descabelladas que cuestionan la objetividad -y la propia existencia- de la realidad, con portadas que se preguntan «¿existe algo cuando no estamos mirando?» y «¿creamos el espacio-tiempo?».
La ciencia moderna, pues, está en crisis. Se siguen haciendo grandes avances en algunos campos. Pero, en general, el motor del conocimiento humano balbucea.
Para entender por qué, debemos retroceder para examinar la propia dinámica del desarrollo científico, incluida la relación entre la ciencia y las relaciones sociales.
¿Cómo progresa y avanza la ciencia, tanto en campos concretos como de forma más general a lo largo de la historia? ¿Por qué asistimos a un florecimiento de los descubrimientos en algunos periodos y a un relativo estancamiento en otros? ¿Y cuáles son las barreras que frenan la ciencia hoy en día?
¿Qué es la ciencia?
La primera pregunta que hay que hacerse es: ¿qué es la ciencia?
Por un lado, la ciencia es un método: un marco -basado en la observación y la medición; la conjetura y la experimentación práctica- que nos permite comprender la naturaleza, dar sentido a los fenómenos materiales y estructurar este conocimiento en forma de teorías verificadas.
«El conocimiento científico», explica el científico y autodenominado marxista J.D. Bernal, en su libro La ciencia en la historia, «no es simplemente una lista de resultados».
«Antes de poder utilizar estos resultados, […] es necesario atarlos, por así decirlo, en manojos, agruparlos y relacionarlos entre sí», continúa Bernal, «[lo que conduce] a la creación continua del edificio más o menos coherente de leyes, principios, hipótesis y teorías científicas.»
Otro aspecto importante de la ciencia es el de institución social, compuesta por organizaciones y profesionales dedicados, responsables de llevar a cabo investigaciones, santificar hipótesis y resultados, y proporcionar la base de referencia para futuras investigaciones.
Y en su sentido más general, la ciencia representa el conjunto de conocimientos acumulados y colectivos de la sociedad.
A este respecto, al examinar la historia de la ciencia se observa una tendencia al progreso, aunque éste no es en absoluto lineal. Nuestra comprensión del mundo, en general, aumenta con el tiempo.
Cada generación sucesiva de científicos se basa en el trabajo de sus predecesores. En palabras del célebre físico Isaac Newton, quienes amplían los límites del conocimiento humano lo hacen «subidos a hombros de gigantes».
Y añadiríamos: no sólo desarrollando las ideas de «genios» individuales. La ciencia depende de las contribuciones vitales de miles y millones de hombres y mujeres corrientes que mantienen engrasada y en funcionamiento la maquinaria de la investigación científica, así como del impulso de la industria y el trabajo humano, y de los descubrimientos que éstos aportan.
El desarrollo del conocimiento
Volviendo a nuestra pregunta central: ¿cómo se desarrolla y progresa la ciencia, en el sentido de comprensión sistemática de los procesos y fenómenos naturales?
Los marxistas entienden que la realidad es objetiva, que existe independientemente de los seres humanos y de nuestra conciencia. Al mismo tiempo, la naturaleza es conocible. Mediante la práctica, interactuando con nuestro entorno, podemos descubrir la dinámica de la materia en movimiento a todos los niveles.
Con el tiempo, la ciencia construye una imagen más clara y completa del mundo. A través de la investigación y la experimentación, nuestra comprensión de los fenómenos naturales mejora, haciéndose más rica y refinada.
Lo que antes era desconocido y misterioso se convierte en conocido y comprendido. La ignorancia es sustituida por la comprensión y el conocimiento racionales. Empezamos a ver relaciones, patrones y orden; la necesidad detrás de lo «accidental», expresada como leyes científicas.
Esta es la base del conocimiento real, que proporciona un mayor dominio de la naturaleza y, por tanto, abre la posibilidad de nuevas percepciones y técnicas.
Sin embargo, ese conocimiento es siempre relativo. El universo es infinitamente complejo. Todo está interconectado, en un estado de flujo, con diferentes dinámicas que surgen y ocurren a diferentes niveles, desde el subatómico hasta el galáctico.
Las relaciones que rigen la escala cuántica son cualitativamente distintas de las de la materia orgánica, por ejemplo. Aunque todos estamos compuestos de partículas, no podemos reducir la biología a una rama de la física cuántica. Del mismo modo, las relaciones sociales no pueden reducirse a la evolución darwiniana y a las leyes de la selección natural.
Por tanto, cada fenómeno y proceso debe estudiarse concretamente, para descubrir la dinámica, las tendencias y las interrelaciones que se aplican al sistema en cuestión.
Nuestras teorías, leyes y modelos científicos son aproximaciones relativas a estos procesos; intentos de describir y explicar el movimiento material y la realidad dentro de ciertos límites. Ninguna teoría puede abarcar por completo un fenómeno determinado.
Una «exposición científica completa» de las interconexiones de la naturaleza, señala Engels en su brillante polémica Anti-Dühring, «nos es imposible y sería imposible para todos los tiempos».
Sin embargo, a través del «interminable desarrollo progresivo» de la ciencia, continúa Engels, las sucesivas generaciones mejoran estas teorías y modelos, y profundizan el conocimiento de la humanidad sobre los fenómenos naturales.
De este modo, como explica Lenin en su obra maestra filosófica Materialismo y empiriocriticismo, la «verdad relativa» contenida en nuestras teorías se acerca a la «verdad absoluta»:
«Cada fase del desarrollo de la ciencia añade nuevos granos a esta suma de verdad absoluta; pero los límites de la verdad de cada tesis científica son relativos, tan pronto ampliados como restringidos por el progreso ulterior de los conocimientos.»
Este reconocimiento de la naturaleza relativa de nuestros modelos científicos, sin embargo, no significa que los marxistas sean «relativistas», negando la existencia de una realidad objetiva y conocible, como hacen los posmodernos. Como subraya Lenin:
«La dialéctica materialista de Marx y Engels comprende ciertamente el relativismo, pero no se reduce a él, es decir, reconoce la relatividad de todos nuestros conocimientos, no en el sentido de la negación de la verdad objetiva, sino en el sentido de la condicionalidad histórica de los límites de la aproximación de nuestros conocimientos a esta verdad.»
Cada «verdad» descubierta por la ciencia, en otras palabras, siempre contendrá un nivel de error. Las teorías y los modelos sólo serán válidos hasta cierto punto. Con el tiempo se romperán y habrá que profundizar en ellos, perfeccionarlos y enriquecerlos, ad infinitum.
De este modo, la ciencia se despliega sin fin hacia niveles superiores de conocimiento y comprensión, un proceso que nunca es «completo» ni está «acabado».
«En la larga trayectoria histórica de la ciencia», resume Engels, «desde las etapas inferiores, se remonta a fases cada vez más altas de conocimiento, pero sin llegar jamás, por el descubrimiento de una llamada verdad absoluta, a un punto en que ya no pueda seguir avanzando, en que sólo le reste cruzarse de brazos y sentarse a admirar la verdad absoluta conquistada.»
Estructura de la revolución científica
Entonces, en general, ¿cómo contribuye el método científico a hacer avanzar el progreso científico?
En su obra inacabada sobre la Dialéctica de la Naturaleza, Engels da las grandes pinceladas del proceso.
«La forma en que se desarrollan las ciencias naturales», explica, «es la hipótesis». Sin embargo, llega un momento en que nuevas observaciones y hechos entran en conflicto con la hipótesis comúnmente aceptada. «A partir de este momento», prosigue Engels, «se hace necesario recurrir a explicaciones de un nuevo tipo», capaces de absorber los últimos datos.
La antigua teoría no queda completamente abolida o invalidada en este proceso, sino que es negada dialécticamente. El nuevo modelo incorpora todo lo que es cierto en su predecesora pero al mismo tiempo, va más allá, proporcionando la capacidad de explicar racionalmente nuevas observaciones y hacer predicciones adicionales más precisas.
Sin embargo, esta acumulación progresiva de conocimientos científicos no es lineal. Períodos de estancamiento e incluso de declive; saltos y revoluciones: todo ello forma parte tanto del desarrollo científico como del desarrollo social.
Este proceso dialéctico del progreso científico fue esbozado con más detalle por el filósofo de la ciencia del siglo XX, Thomas Kuhn, en su maravilloso libro La estructura de las revoluciones científicas.
Estudiando la historia de la ciencia, con ejemplos de diversos campos, Kuhn demostró cómo la ciencia no progresa gradualmente, en línea recta, sino a través de un proceso de avances incrementales seguidos puntualmente de aluviones y saltos.
La mayoría de los investigadores, durante la mayor parte de su vida, se dedican a lo que él describe como «ciencia normal», compuesta de «resolución de enigmas». Al trabajar dentro de un marco teórico o una escuela de pensamiento determinados, el pilar de la mayoría de las carreras científicas consiste en aplicar las ideas existentes a nuevos problemas y ejemplos, no en desarrollar nuevas hipótesis.
Kuhn popularizó el término «paradigma» para describir estos marcos de referencia y escuelas de pensamiento. En cualquier época, dentro de un determinado subconjunto de la comunidad científica, existirá un paradigma dominante que proporcionará las directrices dentro de las cuales se llevará a cabo la investigación.
La «ciencia normal» consiste sobre todo en «operaciones de limpieza», dice Kuhn, «mediante la ampliación del conocimiento de aquellos hechos que el paradigma muestra como particularmente reveladores, aumentando la extensión del acoplamiento entre esos hechos y las predicciones del paradigma y por medio de la articulación ulterior del paradigma mismo.»
Sin embargo, llega un momento en que, en el proceso de hacer «ciencia normal», los investigadores tropiezan con anomalías, fenómenos que no pueden explicarse con el viejo paradigma. Esto, afirma Kuhn, provoca un «reconocimiento de que en cierto modo la naturaleza ha violado las expectativas, inducidas por el paradigma, que rigen a la ciencia normal».
Es posible que un pequeño número de anomalías de este tipo no lleve inicialmente a cuestionar la teoría existente. Se puede suponer que se encontrará una explicación en algún malentendido o error experimental. Pero la acumulación de descubrimientos de este tipo acaba impulsando a ciertos sectores de la comunidad a buscar explicaciones alternativas, a formular un nuevo paradigma.
En otras palabras, el progreso científico no suele estar tan conscientemente dirigido como la sabiduría popular nos quiere hacer creer. Los descubrimientos y avances no son simplemente el producto de «hombres geniales» a los que les asalta un momento «¡Eureka!» Son el resultado de una acumulación de contradicciones, surgidas en el curso de investigaciones rutinarias, que acaban por salir a la superficie.
Como explica Khun:
«La ciencia normal no tiende hacia novedades fácticas o teóricas y, cuando tiene éxito, no descubre ninguna. Sin embargo, la investigación científica descubre repetidamente fenómenos nuevos e inesperados y los científicos han inventado, de manera continua, teorías radicalmente nuevas..»
La transición de un paradigma a otro, sin embargo, nunca es un proceso sencillo, señala Kuhn. Por el contrario, estos »cambios de paradigma», explica, requieren necesariamente un periodo de crisis dentro de la comunidad científica.
La vieja guardia, con un interés personal y a menudo material en mantener el modelo existente, tenderá a resistirse al cambio y a aferrarse a sus ideas anticuadas. En lugar de aceptar la necesidad de una nueva teoría, tratarán de adaptar su anticuado marco, incluso cuando esto resulte cada vez más insostenible y ya no pueda ignorarse la acumulación de anomalías.
En los tiempos modernos, los defensores del viejo paradigma suelen ser quienes ocupan altos cargos en las instituciones científicas, tras haber construido grandes departamentos y poderosas reputaciones sobre la base del avance de una teoría concreta.
De este modo, se desarrolla un establecimiento científico dentro de un campo determinado. Y después de haber hecho avanzar el tema, estas estimadas damas y caballeros acaban convirtiéndose en un obstáculo para nuevos avances.
Cuanto más «disruptivo» -más fundamental- sea un cambio de paradigma en un campo determinado, más carreras afectará.
Por razones similares, señala Kuhn, no es casualidad que quienes introducen paradigmas nuevos y alternativos sean a menudo «outsiders», procedentes de una nueva generación que no ha sido inculcada en la vieja ortodoxia y el paradigma osificado.
Por lo tanto, un «cambio de paradigma» implica el derrocamiento de un modelo existente y su sustitución por otro totalmente nuevo; no se trata de una simple modificación o parche de la teoría actual, sino del necesario desplazamiento de una visión del mundo en favor de una perspectiva que conserva el núcleo racional de la antigua, pero sobre una nueva base.
Por eso Kuhn elige conscientemente la expresión «revolución científica» para describir este proceso, e incluso establece explícitamente la analogía con las revoluciones sociales y políticas.
Como las revoluciones políticas, señala;
«Las revoluciones científicas se inician con un sentimiento creciente […] de que un paradigma existente ha dejado de funcionar adecuadamente en la exploración de un aspecto de la naturaleza hacia el cual, el mismo paradigma había previamente mostrado el camino».
Este «sentimiento de mal funcionamiento», a su vez, provoca una crisis: «es un requisito previo para la revolución» -la elección entre «paradigmas en competencia»- que representa «modos incompatibles de vida de la comunidad.»
Kuhn ofrece diversos ejemplos para demostrar esta «estructura de las revoluciones científicas». El derrocamiento de la mecánica newtoniana por la teoría de la relatividad de Einstein fue una de esas revoluciones.
Newton describió el universo como un mecanismo de relojería, regido por el tiempo y el espacio absolutos, en el que el tiempo transcurría uniformemente y el espacio era un telón de fondo fijo para el movimiento. Esta visión newtoniana del universo se mantuvo durante 200 años.
Tal fue el éxito aparente de este marco de referencia que el físico Lord Kelvin supuestamente comentó a finales del siglo XIX: «Ya no queda nada nuevo por descubrir en física. Todo lo que queda es una medición cada vez más precisa». La física parecía una mera «operación de limpieza», en palabras de Kuhn.
Sin embargo, seguían existiendo problemas sin resolver. El comportamiento de la luz no tiene explicación. Los experimentos no lograron detectar el «éter luminífero», supuesto medio para su desplazamiento.
Se acumulaban los resultados contradictorios y surgían otras anomalías, como que las partículas adquirían inercia a altas velocidades, fenómenos que la física newtoniana no podía explicar. La acumulación de estas contradicciones abrió una crisis en la ciencia.
Fue en este contexto en el que un joven empleado de patentes, Albert Einstein, volcó la física con su teoría de la relatividad especial. Esto, junto con su posterior teoría de la relatividad general, supuso una brillante revolución científica, demostrando cómo el tiempo y el espacio podían deformarse, expandirse o contraerse en diferentes marcos de referencia.
El mismo proceso de desarrollo científico puede observarse en todos los campos: desde nuestra comprensión de la luz y la óptica, hasta el campo de la química y el descubrimiento de nuevos elementos.
En primer lugar, la acumulación cuantitativa de investigaciones dentro de un marco determinado prepara el terreno para una crisis, ya que la teoría existente entra en contradicción con los fenómenos recién observados.
Finalmente, se produce una ruptura dentro de la comunidad científica, ya que las viejas élites y sus ideas son desafiadas por una nueva oleada de investigadores, que promueven un modelo alternativo, superior, con mayor poder explicativo.
Finalmente, el nuevo paradigma se impone; se produce un salto cualitativo que implica un cambio radical de perspectiva dentro del campo; y la marcha del progreso científico continúa… hasta la próxima crisis y revolución.
«La mayor dificultad del descubrimiento no es tanto hacer las observaciones necesarias», observa Bernal, «como romper con las ideas tradicionales a la hora de interpretarlas». Y prosigue:
«Desde la época en que Copérnico estableció el movimiento de la Tierra […] la verdadera lucha ha consistido menos en penetrar en los secretos de la naturaleza que en derrocar las ideas establecidas, aunque éstas, en su momento, hubieran contribuido al avance de la ciencia.»
Las teorías y modelos científicos, concluye Bernal, deben por tanto «ser continuamente y a menudo violentamente desmontados de vez en cuando, y rehechos frente a nuevas experiencias en los mundos material y social.»
Así, vemos el movimiento dialéctico no sólo en la naturaleza y la sociedad, sino en el desarrollo del conocimiento y el pensamiento mismo.
Periodos de progreso
Así pues, el progreso científico en cualquier campo no se produce en línea recta. Cada rama o área de la ciencia se ha desarrollado a lo largo del tiempo a través de una serie de crisis y revoluciones.
Sin embargo, en una escala más amplia, mirando a la historia, también está claro que tales revoluciones científicas no se producen de manera uniforme o aleatoria. Bernal señala:
«El progreso de la ciencia ha sido cualquier cosa menos uniforme en el tiempo y en el espacio. Períodos de rápido avance se han alternado con períodos más largos de estancamiento e incluso de decadencia.»
«Pero el dónde y el cuándo de la actividad científica son cualquier cosa menos accidentales», continúa Bernal. «Sus períodos de florecimiento coinciden con la actividad económica y el avance técnico».
En otras palabras, para apreciar la amplitud del progreso científico, debemos investigar y comprender la relación entre ciencia y sociedad.
Al hacerlo, vemos que hay factores materiales que impulsan el avance de la ciencia en toda una serie de disciplinas en algunas épocas, y que lo retrasan en otras. No cabe duda de que los individuos desempeñan un papel, pero sólo en las condiciones adecuadas; en entornos sociales, económicos y políticos propicios a la exploración y generación de nuevas ideas.
La falta de esta perspectiva fue uno de los principales límites de Kuhn. Aunque proporcionó muchos ejemplos históricos de cambios de paradigma en diversas ramas de la ciencia, no explicó cómo y por qué estas revoluciones científicas se concentraron relativamente en determinadas épocas y lugares y no en otros.
Los grandes progresos y avances de la ciencia en la época moderna, por ejemplo, a partir del siglo XVI, coincidieron con el temprano desarrollo del capitalismo.
La aristocracia feudal se basaba en una economía conservadora, rural y señorial. Y estaba enredada con la Iglesia y todas las tonterías místicas, religiosas y supersticiosas que desempeñaban un papel importante en el mantenimiento de su dominio.
Por el contrario, la naciente clase capitalista estaba interesada en el avance de la ciencia, en comprender el mundo para cambiarlo en su propio beneficio.
El primer paso de la Revolución Científica inaugurada por la burguesía naciente debía ser romper con la dominación de la Iglesia. El pistoletazo de salida lo dio Copérnico. Su libro, De revolutionibus orbium coelestium, pretendía derribar la antigua visión del universo con la Tierra en su centro (geocéntrica) en favor de una visión centrada en el Sol (heliocéntrica).
Y, una vez reconocido el desafío que representaba, encontró una enorme resistencia por parte de la Iglesia, para la que el geocentrismo constituía una piedra angular de un orden universal divinamente ordenado.
La antigua visión tenía sus aciertos: explicaba cómo el Sol, la Luna y las estrellas giran en círculos por el cielo nocturno. Pero otras cosas eran más complejas, como el peculiar movimiento de los planetas. Para explicarlo, se suponía que los planetas se movían en pequeños círculos llamados «epiciclos», que a su vez se movían a lo largo de círculos mayores centrados en la Tierra llamados «deferentes».
Estos «círculos dentro de círculos» se fueron acumulando para seguir el ritmo de mediciones más precisas. En la época de Copérnico, el sistema abarcaba unos 80 círculos para explicar los movimientos de los cinco planetas conocidos.
La cosmología estaba en crisis. Pero, a decir verdad, llevaba siglos en crisis antes de la llegada de Copérnico.
El viejo sistema pedía a gritos una revolución que no sería posible hasta que una clase revolucionaria de la sociedad, productora de pensadores audaces, emprendiera la lucha para liberar a la ciencia de la asfixia del dogma eclesiástico.
En otras palabras, la ciencia se desarrolla según sus propias leyes, pero éstas no existen en el vacío. Cuando un paradigma entra en crisis, ésta puede prolongarse debido a factores sociales, políticos y económicos que lastran la ciencia.
Capitalismo y ciencia
El ascenso de la burguesía dio un enorme impulso a la ciencia en todos los frentes. El comercio y la navegación, en busca de nuevos mercados y fuentes de beneficios, requerían nuevas tecnologías, que a su vez dieron lugar a descubrimientos científicos paralelos.
Como señala Engels:
«Una verdadera ciencia de la naturaleza no data propiamente sino de la segunda mitad del siglo XV, y a partir de entonces ha hecho progresos con velocidad siempre creciente. La descomposición de la naturaleza en sus partes particulares, el aislamiento de los diversos procesos y objetos naturales en determinadas clases especiales, la investigación del interior de los cuerpos orgánicos según sus muy diversas conformaciones anatómicas, fue la condición fundamental de los progresos gigantescos que nos han aportado los últimos cuatrocientos años al conocimiento de la naturaleza.»
Innovaciones como la lente pulida ayudaron a profundizar los conocimientos de los científicos sobre la luz y la óptica. La invención del telescopio aportó pruebas empíricas en apoyo de la visión copernicana. Los relojes de péndulo para medir el tiempo con precisión impulsaron los avances en mecánica. Y los termómetros y barómetros para medir la temperatura y la presión estimularon una mayor comprensión de las propiedades de los líquidos y los gases.
En este periodo, la ciencia, la filosofía y la religión -antes entrelazadas dentro del sistema feudal- empezaron a separarse. Y comenzaron a formarse distintas ramas de la ciencia, con pensadores especializados que centraron sus investigaciones en aspectos concretos de la naturaleza.
Filósofos como Francis Bacon y René Descartes fueron producto de esta burguesía emergente y de su ruptura con el impacto embrutecedor del antiguo orden religioso. Ayudaron a desarrollar y promover un método de pensamiento sistemático, racional y científico, basado en la observación empírica, la experimentación y el razonamiento inductivo y deductivo. Con la ayuda de la imprenta, el conocimiento pudo difundirse más rápida y ampliamente.
Más tarde, sobre todo a raíz de las revoluciones burguesas de Inglaterra y los Países Bajos, surgieron los grandes pensadores de la Ilustración. Su insistencia en la razón y su desprecio por el misticismo dieron un nuevo impulso al progreso científico.
La revolución industrial de los siglos XVIII y XIX aceleró estos procesos. La introducción de maquinaria a gran escala en la producción exigía nuevas tecnologías y técnicas. Y esto, a su vez, significaba aplicar los conocimientos científicos a todos los aspectos de la industria.
«Una vez que la revolución industrial estuvo bien encaminada, la posición de la ciencia como parte integrante de la civilización estaba asegurada», comenta Bernal en otro lugar. «De mil maneras, la ciencia era necesaria tanto para medir y normalizar la industria como para introducir economías y nuevos procesos».
Los nuevos paradigmas introducidos por las revoluciones de la termodinámica, el electromagnetismo y la química condujeron a la invención del motor de combustión interna, el motor eléctrico, el telégrafo y el fertilizante sintético, entre otras innovaciones clave, junto con mejoras de tecnologías ya existentes como la máquina de vapor.
La principal fuerza motriz de estas nuevas tecnologías no era científica, sino económica. El concepto de máquina de vapor, por ejemplo, existía desde la antigüedad. Pero sólo se desarrolló plenamente y se aplicó de forma generalizada en el capitalismo, donde el afán de lucro impulsó el aumento de la productividad del trabajo.
En este sentido, la maquinaria introducida en la producción durante la revolución industrial encarnó el «trabajo muerto» de generaciones de investigación y comprensión científicas, sustituyendo el trabajo vivo de los trabajadores cualificados por una automatización basada en el aprovechamiento -y profundización- de nuestro conocimiento de las fuerzas naturales.
Obstáculos al progreso
Así pues, a lo largo de la historia vemos cómo los avances de la ciencia están íntimamente ligados al desarrollo de las fuerzas productivas. Los cambios fundamentales en las relaciones sociales transforman radicalmente la sociedad y, con ella, todas las viejas ideas y tradiciones, allanando el camino para saltos cualitativos en el conocimiento y el pensamiento humanos.
Pero lo mismo ocurre a la inversa. Cuando un sistema económico empieza a estancarse y llega a un punto muerto, esto se refleja en todos los ámbitos de la vida, incluida la ciencia.
Las relaciones sociales y económicas que habían promovido el desarrollo científico se convierten en su contrario. Lo que antes era progresista se convierte en retrógrado y reaccionario.
En su apogeo, la clase capitalista buscó una comprensión materialista del mundo, al servicio de sus intereses económicos. Esto dio un tremendo impulso al avance de la ciencia. La fuerza motriz del beneficio y de la competencia espoleó un desarrollo colosal de las fuerzas productivas.
Pero ahora el sistema capitalista, incluido el llamado «libre» mercado, se ha convertido en una enorme traba para la ciencia y la tecnología. Las relaciones sociales capitalistas -sobre todo, la propiedad privada y el Estado-nación- se han convertido en gigantescas barreras para el progreso en todos los ámbitos de la sociedad, incluida la ciencia.
En el capitalismo, las propias ideas se han convertido en propiedad privada, en forma de «derechos de propiedad intelectual» (DPI) y patentes. Y esta propiedad privada sobre el conocimiento ha ahogado, a su vez, las posibilidades y el potencial de avance de la investigación.
En última instancia, todo conocimiento científico se produce socialmente: es el resultado de generaciones de avances. Todos los avances de la ciencia requieren el conocimiento previo acumulado durante siglos de duro trabajo.
Para ser más eficaz, la ciencia requiere colaboración y comunicación, compartir ideas y métodos entre muchos equipos, instituciones y países. Sin embargo, en el capitalismo prevalece la actitud de «el ganador se lo lleva todo». El conocimiento social se convierte en propiedad privada, secretamente custodiada por los grandes monopolios para proteger sus mercados y beneficios.
En lugar de organizar todos los recursos intelectuales y científicos de que dispone la humanidad para resolver los problemas de la sociedad, la investigación se divide en nombre de la competencia. El fruto de este trabajo -el desarrollo de nuevas tecnologías y técnicas- es luego objeto de apropiación privada en aras del beneficio.
Esto no sólo reduce el alcance del trabajo de los científicos, sino que también hace que su producción sea inaccesible para un público más amplio, tanto dentro de la comunidad científica como en la sociedad en general. A su vez, la sociedad se aleja de la ciencia, creando un caldo de cultivo para ideas descabelladas y teorías conspirativas.
Los DPI son, por tanto, uno de los síntomas más repugnantes de la naturaleza parasitaria del capitalismo, que se apropia privadamente de los productos del trabajo social.
Competición académica
Se podría suponer que esa competencia, con su ineficacia y despilfarro debido a la duplicación de esfuerzos, quedaría relegada al sector privado. Seguramente la investigación del sector público, realizada en universidades financiadas con fondos públicos, estaría libre de esa competencia anárquica.
Desgraciadamente, no es así. Por el contrario, vemos que las leyes de la competencia capitalista se dejan sentir con la misma intensidad en el interior de las instituciones públicas.
Las condiciones de enseñanza y aprendizaje están sufriendo las consecuencias de la austeridad. Y a medida que la enseñanza superior se mercantiliza, privatiza y recorta cada vez más, las grandes empresas adquieren una influencia cada vez mayor sobre los departamentos científicos universitarios y sus programas de investigación.
Privados de la financiación de los gobiernos centrales, los académicos se ven obligados a dedicar una parte cada vez mayor de su tiempo a mendigar las migajas de mecenas adinerados y empresas patrocinadoras. Y quien paga, manda.
Para garantizar la supervivencia de sus departamentos y sus puestos de trabajo, los profesores y sus equipos, como trabajadores asalariados, deben justificar su existencia produciendo constantemente nuevas investigaciones.
Esta precariedad conduce a un problema conocido en el sector como «publicar o perecer»: la presión por producir artículos científicos en grandes cantidades para impresionar a los que conceden las subvenciones, sin importar la calidad.
A su vez, esto crea un entorno tóxico para la ciencia, que anima perversamente a los investigadores -incluidos los estudiantes de doctorado y los posdoctorandos a la caza de escasos puestos de trabajo en el mundo académico- a tomar atajos, apresurar su trabajo, rebajar su nivel de exigencia, pasar por alto errores, maquillar y seleccionar resultados, exagerar la importancia de sus hallazgos e incluso promover noticias totalmente falsas.
Este es el trasfondo material de la preocupación por los artículos falsos y la fiabilidad de la investigación que se ha comentado antes. En la mayoría de los casos no se trata de un fraude puro y duro, sino de la presión a la que se ven sometidos los científicos para obtener resultados «significativos», lo que conduce a sesgos. Sin embargo, el fraude real también va en aumento.
Esta exigencia de rentabilidad inmediata de las inversiones por parte de quienes financian la ciencia también explica en parte la tendencia conservadora del mundo académico a dar prioridad a los resultados a corto plazo y realizables frente a la exploración científica creativa y a largo plazo, aunque por lo general poco rentable.
Del mismo modo, para avanzar y mantener sus carreras, los académicos se ven obligados a labrarse y defender un nicho para sí mismos, reforzando esas actitudes pueblerinas y obstinadas que Kuhn describe al explicar la dinámica de las crisis y revoluciones científicas. En lugar de permanecer abiertos a nuevas teorías, los académicos de alto nivel tienen una razón material para atrincherarse si una nueva teoría disruptiva desafía su posición.
Además, para hacerse con una parte de los cada vez más escasos fondos, los académicos deben publicar sus investigaciones antes de que lo hagan los de instituciones rivales. Esta competencia feroz hace que las universidades y sus investigadores compitan entre sí para llegar a la meta, en lugar de colaborar compartiendo datos, métodos y resultados.
El despilfarro y la ineficacia de un planteamiento tan atomizado son evidentes. Y esta contradicción no hace sino acentuarse a medida que crece la cantidad de literatura previa y se amplía la escala de la ciencia, lo que exige una mayor organización y cooperación de la investigación para seguir ampliando los límites del conocimiento humano.
Así vemos cómo el capitalismo en crisis, al crear condiciones de escasez e inseguridad, da lugar a la competencia incluso dentro de la esfera pública, frenando así las posibilidades y el potencial de la investigación científica en todos los campos.
La contradicción, por supuesto, es que esta necesidad bajo el capitalismo es completamente artificial. La situación real es la de pobreza en medio de la abundancia.
La misma anarquía competitiva se reproduce y amplifica a escala internacional, con monopolios multinacionales y Estados-nación que erigen todo tipo de barreras para impedir la colaboración científica mundial.
El imperialismo actual está frustrando activamente la cooperación necesaria para hacer avanzar la ciencia. Esto ha quedado patente en los últimos años por la incapacidad de la clase dominante para abordar colectivamente problemas globales como la catástrofe climática.
Un reciente artículo del Financial Times, por ejemplo, informa de que «las crecientes tensiones entre EE.UU. y China amenazan con romper un pacto científico y tecnológico de 45 años», conocido como el acuerdo Deng-Carter, «obstaculizando la colaboración de las superpotencias en áreas críticas».
Además, estas mismas «tensiones crecientes» entre las principales potencias imperialistas están conduciendo a un despilfarro cada vez mayor de los recursos económicos, industriales y científicos de la sociedad en la producción de armas y armamento, no de medios de producción, sino de muerte y destrucción; no de libros, sino de bombas.
Los guardianes del conocimiento
Otro claro ejemplo de la camisa de fuerza de la propiedad privada es la prisión de ideas creada por las editoriales ávidas de beneficios.
La industria de las revistas académicas, como cualquier otra en el capitalismo, está muy monopolizada. Las cinco grandes (Elsevier, Wiley, Taylor & Francis, Springer Nature y SAGE) dominan el mercado. Cada una de estas empresas factura miles de millones de euros al año. Algunas tienen márgenes de beneficio cercanos al 40%.
Todo esto es una estafa. Los académicos investigan, escriben los artículos y se ofrecen voluntarios para revisarlos. Sin embargo, sus empleadores universitarios, que ya financian este trabajo, se ven obligados a pagar cuotas de suscripción exorbitantes para acceder al contenido de estas revistas, que de otro modo permanece bloqueado y cerrado tras un muro de pago.
Además, los modelos de negocio con ánimo de lucro, combinados con las presiones de «publicar o perecer» en el mundo académico, han contribuido a un crecimiento explosivo de la cantidad de artículos que se publican cada año.
Según un estudio reciente, esto está ejerciendo una creciente «presión sobre las publicaciones científicas», lo que socava aún más la calidad, fiabilidad y credibilidad de las investigaciones y hallazgos destacados en revistas supuestamente reputadas.
A la cabeza de la industria editorial, mientras tanto, se encuentra un establishment científico, similar al descrito por Kuhn.
Los editores de las revistas y los moderadores de los archivos actúan como guardianes de la ciencia, decidiendo qué investigaciones se leen y cuáles se rechazan. Y hay muchas historias de supuestas listas negras y censura contra académicos que se atreven a desafiar el paradigma existente.
En otras palabras, los modernos Copérnico y Einstein se verían reprimidos y silenciados por los de arriba.
«Se consideran los defensores de la ortodoxia científica, como la Iglesia medieval», afirma Wanpeng Tan, de la Universidad de Notre Dame, al hablar de las oscuras prácticas del servicio de preimpresiones de física arXiv.org.
«El comportamiento matón de ArXiv como monopolio», concluye, «ha dificultado la difusión de nuevas ideas (especialmente las no ortodoxas o disruptivas)».
Así vemos el papel clave que desempeña este complejo académico-industrial en la asfixia y el estancamiento de la ciencia.
Ciencia «pura»
La ciencia no siempre se ha desarrollado en la forma en que lo hace hoy.
Fue en el siglo XIX cuando la ciencia empezó a consolidarse como una red de instituciones interrelacionadas. Se crearon sociedades y revistas científicas, además de nuevas universidades. Y surgió una comunidad de profesores, investigadores e intelectuales que poblaban estos organismos.
La era del aficionado entusiasta -el caballero científico o coleccionista- había terminado.
Estas damas y caballeros eruditos se veían a sí mismos cada vez más separados y alejados del resto de la sociedad: como una casta de guardianes académicos, responsables de descubrir y custodiar los secretos del universo. Así surgió el concepto de «ciencia pura», compuesta por intelectuales «independientes», divorciados de la sociedad.
Por un lado, esta noción perdurable y arraigada de «ciencia pura» ha desempeñado un cierto papel progresista, animando a los académicos a perseguir el conocimiento por el conocimiento mismo, libres de preocupaciones prácticas o financieras inmediatas, o de cualquier impacto utilitario de sus estudios.
Como explica León Trotsky:
«En modo alguno. La ciencia cumple una función social, no individual. Desde el punto de vista histórico social es utilitaria. Lo cual no significa que cada científico aborde los problemas de investigación desde una óptica utilitaria. ¡No! La mayoría de las veces los estudiosos están impulsados por su pasión de conocer, y cuanto más significativo sea el descubrimiento de un hombre, menos puede prever con antelación, por regla general, sus aplicaciones prácticas posibles.»
Por otra parte, la ciencia puramente teórica (la «torre de marfil») tiende a distanciarse tanto del resto del mundo que se convierte en pedantería y sofistería sin sentido, lo que permite que el idealismo se cuele en la ciencia.
Esto se puede ver hoy en día en el campo de la física teórica, donde los académicos de sillón debaten la posibilidad de un espacio-tiempo de 10 dimensiones compuesto de cuerdas vibrantes, juzgando la corrección de sus hipótesis únicamente en función de las cualidades estéticas (o no) de sus ecuaciones.
Filosofía e ideología
En última instancia, la ciencia debe estar vinculada a la actividad práctica y social, y ser renovada por ella. Sin embargo, la ciencia no es sólo un avance continuo de tecnologías y técnicas. También es un conjunto de conocimientos teóricos que proporcionan un marco para nuevas investigaciones y aplicaciones.
Por tanto, los científicos también necesitan un método filosófico consciente que guíe sus exploraciones, que ayude a iluminar el camino que deben seguir los investigadores.
Sin embargo, la hiperespecialización de la ciencia contemporánea, aunque necesaria debido a la enorme cantidad de conocimientos e investigaciones que los académicos deben abarcar colectivamente, no favorece esta perspectiva.
Dadas las presiones materiales y la anarquía de la competencia descritas anteriormente, la mayoría de los académicos carecen del tiempo, los medios o la libertad necesarios para discutir, debatir y disentir a fondo; para colaborar e intercambiar ideas; para explorar y poner a prueba hipótesis y métodos pioneros; para dar un paso atrás y reflexionar sobre las «grandes cuestiones».
De hecho, la mayoría de las veces hay un desdén hacia la filosofía o un rechazo de la misma (lo que no es sorprendente, teniendo en cuenta lo que hoy en día se entiende por «filosofía» en la mayoría de las universidades).
En cambio, la ciencia actual tiende a conducirse según una forma estrecha de empirismo, basada únicamente en el examen de «los hechos», sin ninguna apreciación de la perspectiva más amplia, los procesos subyacentes o el carácter polifacético del problema sometido a escrutinio.
Y esta escasez de filosofía en la ciencia es uno de los muchos factores que contribuyen a su estancamiento actual.
Sin una filosofía consciente, los científicos son tan propensos como los profanos a adoptar inconscientemente los prejuicios filosóficos que predominan en la sociedad. Inevitablemente, éstas son las ideas que emanan de la clase dirigente.
Para muchos, el papel de la ciencia en la sociedad es sacrosanto e incuestionable. Se supone que los científicos -y la institución científica en su conjunto- son infalibles y objetivos: libres de cualquier sesgo; no influidos por la política mezquina y las presiones sociales a las que sucumbimos y nos preocupamos el resto de seres imperfectos.
Pero la «ciencia» no es una fuerza mística externa a la sociedad. Se trata más bien de un conjunto de instituciones, compuestas por seres humanos vivos, situados en un mundo material real, sujetos a las mismas fuerzas económicas, sociales y políticas que el resto de nosotros, y moldeados por ellas.
Esto incluye todas las presiones y prejuicios propios de la sociedad de clases, que se filtran en la ciencia y afectan a la perspectiva de quienes operan en ella.
La propia ciencia surgió con la primera separación entre el trabajo mental y el manual, que surgió con la división de la sociedad en clases. Por primera vez en la historia, una capa de la sociedad se liberó del trabajo manual para desarrollar la escritura, las matemáticas y la astronomía.
Desde los inicios de la ciencia, ésta ha estado reservada a una minoría privilegiada. Esto es tan cierto hoy como lo fue para los sacerdotes de Egipto.
«Esperar una ciencia imparcial en la sociedad de la esclavitud asalariada,», subraya por tanto Lenin, «sería la misma ingenuidad un poco necia que esperar que los fabricantes sean imparciales en cuanto a la conveniencia de aumentar los salarios de los obreros, disminuyendo las ganancias del capital.»
En última instancia, como en todos los demás aspectos de la sociedad, son los intereses de la clase dominante los que moldean y dirigen la ciencia. Como explican Marx y Engels en La ideología alemana, los de arriba «regulan la producción y distribución de las ideas de su tiempo» y eso explica que sus ideas sean «por ello mismo, las ideas dominantes de la época.»
Los avances de la ciencia fuerzan continuamente un retroceso del misticismo y el idealismo. Pero estas tendencias perniciosas nunca serán completamente expulsadas de la ciencia, mientras exista la sociedad de clases. Las tendencias idealistas siempre reaparecerán, tratando de engañarnos, para justificar y mantener el actual estado de cosas.
Para la clase dominante,una comprensión real de cómo funciona el universo puede ser algo peligroso. Tal visión del mundo revela que la naturaleza y la sociedad son dinámicas y cambiantes, no rígidas y estáticas.
Tal comprensión elimina la base divina del orden actual, y proporciona a la gente corriente la perspectiva de que el statu quo puede transformarse y derrocarse, amenazando la posición y los privilegios de los de arriba.
Esta es la razón por la que la clase dirigente se ha resistido a lo largo de los tiempos -o incluso ha reprimido abiertamente- los principales avances materialistas de la ciencia: desde la represión de Galileo por parte de la Iglesia, como defensor del heliocentrismo copernicano, hasta el desprecio y el escepticismo burgueses vertidos sobre las teorías de la evolución de Darwin.
Y es la razón por la que hoy en día se promueven constantemente ideas oscurantistas dentro de las ciencias: desde la idealista interpretación de Copenhague de la mecánica cuántica; hasta las negaciones solipsistas de la realidad objetiva a las que nos hemos referido anteriormente.
El pesimismo de la clase dominante en su avanzado estado de decadencia; su alejamiento de la realidad hacia el irracionalismo; su cínica promoción del misticismo para apoyar y justificar su dominio: todo ello pesa y oprime las mentes de hombres y mujeres, sobre todo en las ciencias.
Es por esta razón que los marxistas debemos interesarnos activamente en los debates que tienen lugar en el seno de la ciencia moderna; y por qué nosotros, como afirmaba Lenin, «nuestro deber indiscutible es el de atraer a todos los partidarios del materialismo consecuente y militante al trabajo común, a la lucha contra la reacción filosófica y los prejuicios filosóficos de la llamada “sociedad instruida”».
Potencial comunista
Todos estos factores están frenando a la ciencia y, por ende, a la sociedad en general.
Estos grilletes, en su raíz, son producto del capitalismo, que, a través de la anarquía del mercado, la propiedad privada sobre los medios de producción y la lógica del beneficio, crea crisis, escasez y despilfarro en toda la sociedad.
Mientras tanto, la profunda alienación engendra un sentimiento de desconfianza y escepticismo entre amplias capas hacia todos los pilares del orden existente, incluida la ciencia oficial. Prueba de ello es el creciente apoyo a las teorías conspirativas y al fundamentalismo religioso, así como a los charlatanes y demagogos que impulsan estas ideas, a menudo con fines políticos.
A su vez, a medida que se agudiza la crisis del capitalismo, la clase dominante erosiona y ataca cada vez más las condiciones de los propios científicos.
La profesión académica se está proletarizando. Los catedráticos, profesores e investigadores están saliendo de sus torres de marfil para incorporarse a la clase trabajadora. Y se organizan para luchar contra la patronal universitaria.
En Gran Bretaña, por ejemplo, los trabajadores del sector de la educación -en colegios, institutos y universidades- se han declarado en huelga en repetidas ocasiones en los últimos años para protestar por los puestos de trabajo, los salarios y la carga de trabajo. Del mismo modo, el personal de Nature y de otras importantes revistas científicas se ha declarado recientemente en huelga en un conflicto salarial.
Esto confirma la afirmación de Marx: que el capitalismo «despojó de su halo de santidad a todo lo que antes se tenía por venerable y digno de piadoso acontecimiento. Convirtió en sus servidores asalariados al médico, al jurista, al poeta, al sacerdote, al hombre de ciencia».
Pero también muestra el camino a seguir para liberar a la ciencia de sus actuales grilletes.
Como parte integrante de la clase obrera organizada, los científicos tienen que luchar para acabar con este sistema podrido; para echar al capitalismo y al imperialismo de la educación; y para convertir las universidades de fuentes de beneficios privados en santuarios del aprendizaje, poniéndolas bajo el control democrático del personal y de los estudiantes.
Sólo derrocando al capitalismo y acabando por completo con la sociedad de clases podremos eliminar las presiones del beneficio y la competencia del mundo académico; abolir la rígida división entre trabajo mental y manual, abriendo la educación y la cultura a millones de personas hasta ahora excluidas de ellas; y librar a la ciencia de todo rastro de idealismo, misticismo y oscurantismo.
Las ideas científicas de Marx y Engels, basadas en el materialismo dialéctico, permiten vislumbrar el potencial de la ciencia, si ésta se asentara sobre bases totalmente racionales y la investigación se guiara por las necesidades humanas y no por el beneficio privado.
Con una economía socialista planificada, podríamos organizar la sociedad de forma consciente y democrática, aplicando métodos y conocimientos científicos a todos los ámbitos de la naturaleza y la actividad humana.
En lugar de una escisión entre teoría y práctica, la ciencia sería inseparable de la vida cotidiana, con diferentes campos y disciplinas reunidos bajo un mismo paraguas, en pos de un objetivo común.
Por un lado, la ciencia en el socialismo estaría estrechamente vinculada a las necesidades sociales prácticas. Por otro, los científicos dispondrían del tiempo y los recursos necesarios para investigar más a fondo nuevas teorías e ideas.
Sobre esta base, podríamos reducir drásticamente las horas de trabajo semanales, proporcionar a la gente corriente el tiempo libre y los recursos necesarios para dedicarse a la ciencia, la política y la cultura y, de este modo, implicar a las masas en la gestión de la producción.
Así, la ciencia dejaría de ser patrimonio de una élite -una institución distante y ajena, desconectada del resto de la sociedad- para formar parte de la vida de todos.
Todos los trabajadores y campesinos actualmente atrapados y explotados en las fábricas y los campos tendrían acceso a una educación y un aprendizaje de calidad desde la cuna hasta la tumba, dando a toda la humanidad la oportunidad de desarrollar su potencial científico y artístico, y convertirse en los próximos Galileo, Darwin o Einstein.
Esto abriría un nuevo capítulo en la historia de la humanidad, permitiendo que la ciencia y la cultura florecieran de nuevo.
Bajo el comunismo, se abrirán nuevas perspectivas de investigación. Surgirán nuevas ideas y formas de ver el mundo. Y dentro de cada hombre, mujer y niño surgirá una nueva sed de conocimiento y apetito creativo.
Así, la revolución socialista abrirá el camino a una nueva edad de oro de la revolución científica. Por eso luchamos nosotros, los comunistas.
