EEUU: la lucha por un partido laborista de masas

Los Estados Unidos son la mayor potencia económica y militar del mundo. También poseen la clase obrera potencialmente más poderosa del mundo. A pesar de una caída sostenida de su militancia en los últimos 30 años, los sindicatos siguen siendo una fuerza importante en la sociedad, organizando a millones de trabajadores en todos los sectores de la producción y los servicios, en el sector público y privado. A pesar de la densidad sindical relativamente baja en comparación a muchos países industrializados, una huelga general organizada por la clase obrera paralizaría el país. Esto refleja el poder real de la clase obrera norteamericana.

Sin embargo, a los trabajadores estadounidenses les falta una herramienta fundamental en su lucha contra los patronos: un partido obrero o laborista, un vehículo político para la defensa de sus intereses de clase. A pesar de los numerosos intentos por establecer un partido de este tipo en el pasado, nunca se ha logrado que tuviera raíces de masas. En el período tormentoso en que hemos entrado, la exigencia de un partido laborista basado en los sindicatos adquiere nuevamente una importancia y una urgencia tremendas.

La causa fundamental de la crisis por la que estamos pasando es la incapacidad del capitalismo mundial para desarrollar las fuerzas productivas colosales que la creatividad y el trabajo de la clase obrera ha desencadenado. Los límites estrechos del estado nacional y el caos de la economía de mercado, ambos parte intrínseca del sistema capitalista, inevitablemente conducen a crisis periódicas. Durante años, los defensores del sistema nos han dicho que estas crisis eran ya cosa del pasado, que el capitalismo había resuelto sus problemas. Los marxistas explicamos que la crisis es inherente e inevitable y se produciría más pronto o más tarde. Sin embargo, era imposible predecir con precisión cuándo se iba a desencadenar.

El retraso en el desarrollo de la crisis ha tenido un efecto en la conciencia de las masas y sobretodo en la de los dirigentes obreros, que han girado mucho más a la derecha que lo que nadie se podía imaginar. Durante un período, parecía que el capitalismo efectivamente había resuelto sus problemas. La Unión Soviética había colapsado, y la “Pax Americana” – aunque imperfecta y con guerras, pobreza, miseria y explotación endémicas – era “lo mejor a lo que se podía aspirar”. Ahora todas esas ilusiones se han hecho añicos. Una nueva generación sabe lo que es vivir en un período de guerra, revolución, contra-revolución, crisis y desempleo masivo. Esto tiene implicaciones revolucionarias para el futuro. Y sin embargo, es precisamente ahora cuando los reformistas están tratando, de manera desesperada, de sembrar más ilusiones en el sistema que nunca.

Aunque la situación se ha estabilizado hasta cierto punto en los últimos meses, la realidad es que, para los trabajadores, las cosas están mucho peor bajo Obama que con Bush. La economía de los EEUU ha destruido empleo cada mes durante 24 meses seguidos, una caída más fuerte que durante la Gran Depresión de los años 30. La tasa de desempleo ha superado el 10% por primera vez desde 1983, y probablemente se mantendrá alrededor de este nivel durante algún tiempo. En algunos estados del llamado “cinturón del óxido”, como por ejemplo Michigan con casi un 15%, las tasas son sustancialmente mayores. Uno de cada cuatro hombres en edad laboral está desempleado. Las tasas para inmigrantes y negros son incluso peores. El 34,5% de los hombres jóvenes afro-americanos están desempleados. El desempleo afecta de manera particularmente aguda a la juventud.

El 2009 finalizó con una pérdida neta de 4,2 millones de empleo y una tasa media de desocupación del 9.3% comparado con una media del 4,6% en el 2007. Desde el inicio de la recesión en diciembre del 2007 se han evaporado más de 8 millones de empleos, tres veces más que los que se destruyeron en la recesión de 1980-82. Si tomamos en cuenta la tasa de subempleo, es decir, aquellos trabajadores que trabajan a tiempo parcial pero quisieran un trabajo a tiempo completo, y aquellos que han dejado de buscar empleo de manera activa, la tasa de desempleo asciende al 17,5%.

A finales del 2009, la cantidad de trabajadores que no habían encontrado empleo durante seis meses o más llegó a un nuevo record de 5,6 millones, o un 35,6% de los desocupados. Por cada empleo disponible hay seis trabajadores buscando empleo. Desde que empezó la recesión se han destruido más del 5,2% de todos los empleos. Teniendo en cuenta que la economía estadounidense requiere añadir unos 125.000 empleos cada mes simplemente para mantenerse a la par del crecimiento de población, en realidad estamos hablando de un déficit neto de unos 10 millones de empleos. Heidi Shierholz, un economista del Economic Policy Institute en Washington, ha declarado que los EEUU sufren una “brecha de empleo” de casi 10 millones. Para cerrar esa brecha y volver a los niveles de antes de la recesión en dos años sería necesario crear más de medio millón de empleos cada mes, un ritmo de creación de empleo que no hemos visto desde 1950-51.

¿Cómo es posible que haya una recuperación del PIB al mismo tiempo que hay millones de empleos menos que hace dos años? La respuesta es simple: los capitalistas están obligando a un número menor de trabajadores a trabajar más por menos salario. Según el Departamento de Trabajo, la productividad – la cantidad producida por trabajador por hora – aumentó en un 9,5% en el tercer trimestre del 2009, después de un aumento del 6,9% en el segundo trimestre. Y sin embargo, los salarios y beneficios apenas aumentaron un 1,5% en el 2009, la cifra más baja desde que se empezaron a registrar estos datos en 1982. Un menor poder adquisitivo se traduce en menores ventas de productos. En una economía que depende en un 70% del consumo privado, esta situación no se puede mantener de manera indefinida.

Los capitalistas encontrarán una salida incluso de la crisis más profunda, a no ser y hasta que el sistema sea derrocado por la acción consciente de la clase obrera. Debido a la ausencia del factor subjetivo, la dirección revolucionaria, más pronto o más tarde saldrán de la crisis a costa de los trabajadores, sobre la base de su sangre, sudor, y nervios destrozados. Pero no habrán resuelto ninguna de sus contradicciones fundamentales, al contrario, las habrán agudizado incluso más, preparando así las bases para crisis todavía más profundas en el futuro.

Después del estrés y las presiones de los últimos dos años, los trabajadores desean creer que lo peor ya ha pasado, y que han cruzado la tormenta y se encuentran a relativamente a resguardo. Muchos todavía están dispuestos a “esperar y ver”, y tienen esperanzas en que Obama traiga un cambio real. Pero esto tiene sus límites; lo peor no ha pasado. El shock inmediato de la crisis puede haber disminuido, pero ahora la realidad lentamente se está asentando: los trabajadores estadounidenses se verán obligados a aceptar una calidad de vida menor, y no habrá una recuperación rápida del empleo. Millones de esos empleos se han destruido para siempre, para ser reemplazados por menos empleos con salarios menores, sin beneficios ni protección sindical.

El fondo de la cuestión es que los salarios de los trabajadores en los EEUU son “demasiado altos” en comparación con los estándares globales. Los capitalistas han recorrido el planeta buscando mano de obra barata, forzando los salarios y las condiciones a la baja en los EEUU en una despiadada “carrera hacia abajo”. Incluso teniendo en cuenta su mano de obra más productiva y educada, los economistas calculan que los obreros industriales estadounidenses necesitarían reducir sus salarios otro 20% para llegar a algún equilibrio con los estándares mundiales. Ahora todos los trabajadores, incluyendo la llamada “clase media”, se verán obligados a aceptar incluso menos que antes. “Menos es más” es la nueva virtud, después de décadas de empujar a los trabajadores a un consumismo desenfrenado y a endeudarse hasta el cuello. Atrás quedaron los aumentos más o menos sostenidos del nivel de vida que sentaron las bases para la relativa paz entre las clases en el período de la posguerra. El aumento en los salarios, beneficios y niveles de vida durante el período de la posguerra fue la base material para que los trabajadores apoyaran a los dirigentes obreros pro-capitalistas. Ésta base material está siendo minada. Como explicó Trotsky, no son los niveles absolutos de pobreza, sino los cambios bruscos entre períodos de estabilidad y períodos de inestabilidad, lo que más afecta la conciencia.

Trotsky también dejo claro que no existe una relación automática ni lineal entre las crisis económicas y la combatividad de los trabajadores. Una crisis no significa automáticamente un aumento de la lucha de clases. Especialmente en el caso de una crisis profunda que puede tener el efecto de intimidar a los trabajadores temporalmente. A menudo los trabajadores recuperan la confianza y pasan a la ofensiva sobre la base de una recuperación. Pero eso tampoco es un proceso automático. Las luchas defensivas durante una recesión pueden convertirse en luchas ofensivas y se pueden dar oleadas huelguísticas importantes en mitad de un boom económico. Debemos seguir el despertar de los trabajadores a la conciencia de clase a través de todos sus giros y serpenteos contradictorios.

La falta de una alternativa clara y de una dirección decidida por parte de los dirigentes obreros es un factor importante en la situación. El papel de la burocracia obrera se ha convertido no sólo en un factor subjetivo, sino en un factor objetivo que bloquea la lucha obrera. Aunque no ha habido ninguna derrota significativa de la clase obrera en décadas, el lento desgaste de los sindicatos y la pasividad de los dirigentes, se siente como una derrota, sin que ni siquiera se haya luchado. Obama es la bota “izquierda” de la clase capitalista, y está aplicando ataques a los trabajadores que ni siquiera Bush logró aprobar. De la misma manera, Clinton jugó un papel más importante en el desmantelamiento del “estado del bienestar” y en ataques a los derechos y condiciones de vida de los trabajadores, por ejemplo, con la aprobación del TLC, que Reagan y Bush Sr. juntos. Al no existir una alternativa clara a los Demócratas y los Republicanos, y con el despedazamiento de las grandes ilusiones que existían en Obama, esto puede crear también una sensación de derrota.

Pero hay una cosa que está absolutamente clara: la crisis está teniendo un efecto profundo en la conciencia de los trabajadores. No podía ser de otra manera. Sin embargo, por ahora, los trabajadores están en estado de conmoción. La cantidad de paros laborales importantes, que impliquen a 1.000 trabajadores o más alcanzó un mínimo record de 5 en el 2009. En estas huelgas participaron solamente 13.000 trabajadores y provocaron la pérdida de solamente 124.000 jornadas de trabajo, también un mínimo histórico. Los trabajadores agachan la cabeza tratando desesperadamente de mantener lo poco que tienen, sintiendo que en mitad de una crisis tan generalizada no pueden exigir mucho más que el mantenimiento de lo que ya consiguieron. Claramente, pueden ver que las bonificaciones empresariales exorbitantes y la bonanza en Wall Street continúan, mientras que sus condiciones empeoran o se estancan. Sin embargo, a regañadientes, aceptan el mantra de la clase dominante de que “estamos todos juntos” y se aprietan el cinturón. Pero esta situación no puede prolongarse indefinidamente.

Durante casi 30 años, los trabajadores de los EEUU han sufrido un declive en sus salarios reales y condiciones. Para contra-restar esta situación usaron todas las soluciones individuales posibles: tomar un empleo adicional o dos, trabajar horas extraordinarias, una casa más pequeña, un carro más barato, el trabajo de ambos conyugues, el trabajo de los hijos para complementar el ingreso familiar, eliminar las vacaciones, endeudarse hasta las cejas, quedarse sin seguro médico, no enviar a los hijos a la universidad, etc. Para poder mantener sus empleos hasta incluso han aceptado concesiones como trabajar sin pago en días de licencia, y en algunos casos, literalmente, trabajar sin pago varios días al año. Pero ni siquiera eso es suficiente para satisfacer la voracidad de los empresarios. Como consecuencia, más pronto o más tarde, los trabajadores se verán obligados a actuar de manera colectiva a través de los sindicatos para enfrentarse a estos ataques. Si se le da una dirección, el movimiento podría desarrollarse de manera significativa. Ya existen síntomas importantes de un fermento en las filas de los sindicatos y entre los trabajadores no organizados.

Los niveles de afiliación sindical han caído de manera sostenida por lo menos desde 1983, cuando el porcentaje de afiliación era del 20.1%. A pesar de la crisis y de la hemorragia de empleos sindicales del año pasado, la tasa total de sindicalización apenas cayó en un 0,1%, llegando al 12,3% en el 2009, un indicio de que más trabajadores están afiliándose a los sindicatos para resistir la ofensiva empresarial. Los trabajadores del sector público tienen ahora un nivel de afiliación sindical mayor que sus compañeros del sector privado. Los trabajadores municipales son los que más organizados están, con un nivel de afiliación sindical del 43,3%. Los trabajadores negros están más organizados que los trabajadores blancos, asiáticos o hispanos, y Nueva York tiene la tasa de afiliación sindical más alta (25,2%), mientras que la más baja es la de Carolina del Norte (3,1%).

La historia nos muestra una y otra vez que cuando los trabajadores se ven bloqueados en el terreno sindical, buscan una alternativa política y vice-versa. De forma distorsionada, los trabajadores estadounidenses trataron de buscar una solución a sus problemas con la elección de Obama. Pero Obama representa a los capitalistas, no a los trabajadores, y rápidamente ha mostrado sus auténticos colores. La frustración ante la falta de una alternativa real en el terreno político empujará a los trabajadores a expresarse a través de las únicas organizaciones tradicionales de masas que tienen en los EEUU: los sindicatos.

La ocupación de la fábrica de Republic Windows and Doors, en diciembre del 2008 fue de una importancia sintomática significativa. Aunque la primera huelga con ocupación (“sit in”) en los EEUU desde los años 30 no desencadenó una oleada de ocupaciones similares en todo el país, sí envió un mensaje claro que no cayó en balde entre los muchos activistas obreros que siguieron esta lucha: la acción de masas combativa, a pesar de los esfuerzos de los dirigentes obreros de encauzar todo por canales moderados, sí sirve. También hemos presenciado movilizaciones importantes contra la crisis económica en ciudades de todo el país, incluyendo en St. Louis, un suburbio de Granite City, Illinois, dónde miles de trabajadores se manifestaron contra los despidos en la acería local. Incluso en el propio Wall Street, miles se manifestaron y respondieron favorablemente a los volantes que declaraban que “el capitalismo ha fracasado”.

El reciente cambio en la dirección de la AFL-CIO sólo se puede caracterizar como un giro a la izquierda, independientemente de que sea muy modesto y a regañadientes. Por lo menos en palabras, aunque todavía no en hechos, la elección de Richard Trumka, un minero con una imagen e “militante a la izquierda del centro” en el contexto del movimiento sindical en EEUU, es un reflejo de la creciente presión de la base, que está harta de concesiones y recortes. En la conferencia de la conferencia de la federación obrera de setiembre del 2009, la lista ganadora de la dirección se comprometió a luchar por los empleos, la cobertura sanitaria universal, nuevas leyes como la Employee Free Choice Act que abran el camino a organizar a los trabajadores no sindicalizados, y por un plan de recuperación económica que sirva a los intereses de los trabajadores. Por supuesto, de las palabras a los hechos hay un buen trecho. Pero para la mayor federación sindical de EEUU, que representa más de 9 millones de trabajadores en 57 sindicatos nacionales e internacionales, ésta es claramente una cara más activa y combativa, comparado con los días de George Meany y John Sweeney. Este es un cambio importante en relación al pasado, especialmente ahora que los Demócratas están en el poder.

Apenas un año después de la euforia que siguió a su victoria, el consenso general es que Barack Obama no ha hecho mucho, aparte de continuar con las políticas de su predecesor de una u otra manera. Ciertamente no ha cumplido con la “esperanza y cambio” que prometió. Para muchos, “esperanza y cambio” significaba, simplemente, “trabajo”. Ya hemos visto cómo están las cosas en ese rubro; en diciembre del 2009, el desempleo aumentó en 43 estados. Millones de estadounidenses sin empleo van a perder su magro subsidio de desempleo, condenados a unirse a los “nuevos pobres”, una subclase permanente de desempleados a largo plazo. De hecho, lo que es realmente sorprendente es lo poco que ha hecho Obama. Incluso su Premio Nobel de la Paz está basado en la expectativa de lo que pudiera hacer en el futuro, no en la realidad de su política.

Al principio parecía que por lo menos iba a hacer algunas concesiones, aunque fueran meramente cosméticas, para diferenciarse de los años de Bush. Pero la realidad es que tiene muy poco margen de maniobra y se ve obligado a defender los intereses del capitalismo y del imperialismo de los EEUU con métodos similares. Pero, debido a la falta de una auténtica alternativa, todavía quedan ilusiones entre sectores significativos de la población. Sin embargo, eso no va a durar indefinidamente. Incluso ahora, muchos de los principales defensores de la política electoral del “mal menor” se han visto obligados a reconocer que no existe una diferencia fundamental entre Demócratas y Republicanos.

La frustración con el atasco de los dos principales partidos en Washington eventualmente se expresará por la izquierda. Hasta que un sector decisivo de los sindicatos rompa con los Demócratas y plantee la formación de un partido laborista de masas de uno u otro tipo, podemos ver todo tipo de formaciones temporales y peculiares. Es posible que en cierto momento, un sector de los Demócratas gire más decisivamente hacia la izquierda, o incluso se escindan para formar un nuevo partido. En otro desarrollo sintomático, el sindicato de los trabajadores del acero (USW) amenazó con presentar a un candidato independiente en Western Pennsylvania contra el titular Demócrata por haber votado contra la reforma sanitaria de Obama. En Carolina del Norte, el SEIU, el mayor sindicato del país, está organizando un partido a nivel estatal para presentarse contra Demócratas y Republicanos. Estos son síntomas importantes para el futuro.

Una encuesta de opinión de Rasmussen en el 2009 reveló que entre los estadounidenses menores de 30 años de edad, el 37% prefieren el capitalismo, el 33% el socialismo, y un 30% están indecisos. En otras palabras, más de la mitad de la primera generación desde la Gran Depresión, que se enfrenta a niveles de vida más bajos que sus padres, está a favor o por lo menos abierta a la idea de que el socialismo podría ser una alternativa mejor, aunque posiblemente no entienden muy bien lo que significa.

Justo antes de las elecciones de mitad de mandato, los votantes rechazan tanto a Demócratas como a Republicanos. En Febrero, en una encuesta del New York Times/CBS el 75% de los encuestados tenían una opinión negativa del trabajo del Congreso; y sólo un 8% dijo que los miembros del Congreso se merecían la reelección. La mayoría no piensa que Obama tenga ningún plan real para crear empleos. A no ser que se den acontecimientos espectaculares o imprevistos, la tendencia general será a la continuación de la pulverización de las ilusiones en Obama y su política, lo que llevará a muchos a cuestionarse su lealtad a los Demócratas.

Por este motivo, la reivindicación de un partido laborista de masas basado en los sindicatos es crucial y definitoria. Esta consigne se desprende de la situación objetiva. La clase obrera no tiene representación política de masas. Ésta es una de las contradicciones más llamativas de la situación política en los EEUU.

Aquellos que se limitan a criticar el capitalismo o que incluso defienden la idea del voto del “mal menor” por los Demócratas, o que se presentan a sí mismos como el partido de la revolución, en la práctica son impotentes o peor. Sólo fuerzas de masas – no una organización de 600 o incluso de 60.000, sino de millones de trabajadores, con todos los recursos y capacidad del movimiento obrero organizado – pueden plantear un desafío serio a los dos partidos del Capital. La formación de un partido de este tipo no sería una panacea para los problemas de la clase obrera. Aunque crearía enormes oportunidades para los marxistas para coordinar su trabajo a escala nacional y discutir nuestras ideas con capas mucho más amplias de activistas obreros, también traerá consigo nuevas presiones y peligros. Pero, por encima de todo, permitirá una clara diferenciación po
lítica después de 150 años de control conjunto por parte de los dos partidos de los grandes negocios. Esta marcará un cambio colosal en la situación.

Durante casi una década, los Republicanos estaban en la Casa Blanca, y durante la mayor parte de ese tiempo también controlaron el Congreso. Como resultado, por todo un período, las perspectivas de los marxistas no cambiaron dramáticamente de un año al siguiente. La presión de la política del “mal menor” era intensa. Nosotros explicamos pacientemente y de manera consistente que los Republicanos eran anti-obreros e imperialistas, pero que los Demócratas no eran fundamentalmente diferentes y que lo que se requería era un partido laborista de masas basado en los sindicatos. Desde el punto de vista de nuestro análisis general de la situación, no hay ningún cambio fundamental ahora que Obama está en el poder. Sin embargo, debemos entender que para las masas, su elección sí marca un cambio dramático.

Una cosa es tener ilusiones en una futura administración Demócrata; otra muy diferente es vivir bajo esa administración. Una cosa es exigirle a George W Bush y no conseguir nada; otra cosa es exigirles a los Demócratas en el poder, y ver tus expectativas frustradas. La turbulencia de la crisis económica también es un cambio importante en la situación. Es imposible predecir con precisión lo que va a suceder para el 2012, ya que se pueden dar muchos cambios de ahora a entonces. No es descartable que Obama gane de nuevo por falta de alternativa; también es posible que para entonces sea tan impopular que el “mal mayor” vuelva al poder. De lo que podemos estar seguros es que la ilusión del “sueño americano” está siendo violentamente expulsada de las cabezas de millones de obreros y de jóvenes. Y esto ya está afectando al movimiento obrero organizado.

La AFL-CIO movilizó a decenas de miles de afiliados y gastó unos 450 millones de dólares para ayudar a elegir a Obama y no ha recibido prácticamente nada a cambio. Las bases, correctamente, se cuestionan esta política. Gastar un penique más de esta manera equivale a tirar el dinero a la basura. Una decisión reciente de la Corte Suprema permite a las grandes empresas destinar incluso más dinero, de manera abierta, para financiar a sus candidatos preferidos. La misma decisión también permite a los sindicatos hacer donativos de campaña sin límite. Al parecer, algunos dirigentes sindicales piensan que esto les permitirá competir al mismo nivel cuando se trate de presionar al Congreso. Esta idea es absurda. Bastaría con que los cuatro mayores bancos de EEUU gastaran simplemente la centésima parte de un uno por ciento de sus activos para contra-restar una campaña en la que el movimiento obrero en su conjunto gastara todos sus activos. La única salida es sobre la base de la independencia de clase, basándose en la gran cantidad de militantes y recursos del movimiento obrero, para luchar por políticas que mejoren las vidas de los trabajadores.

Imaginémonos un Partido Laborista que se presentara en las elecciones y proclamara que no recibe un solo penique de las grandes empresas y que por lo tanto no les debe nada. Teniendo en cuenta la rabia acumulada y la frustración que existen, si un sector decisivo del movimiento obrero rompiera con los dos partidos del Capital y formara un Partido Obrero de masas que no cediera a los ricos, sino que luchara por el pleno empleo, mejores salarios, incluyendo un salario mínimo, vivienda digna y al alcance de los trabajadores, y una sanidad y educación universales y gratuitas, la política estadounidense se transformaría de arriba abajo. Ésta es la perspectiva que debemos explicar pacientemente.

Los dirigentes obreros no podrán resistir indefinidamente la presión de la base. Más pronto o más tarde se verán obligados a hacer algo más que coordinar campañas de llamadas telefónicas a los congresistas, hacer amenazas imprecisas, o ser detenido de vez en cuando en un piquete. Al final se verán obligados a utilizar su influencia para tomar acción política. En Pennsylvania, la AFL-CIO movilizó a miles de afiliados sindicales en marzo del 2010 para protestar contra los recortes y el rescate bancario. La AFL-CIO también organizó a varios miles de sus miembros en una manifestación en Wall Street. Sin embargo, no basta con presionar a los representantes políticos del Capital.

Para los dirigentes sindicales la movilización real de las bases depende de su voluntad de romper con los Demócratas y la presión de la base para organizarse y empujar a los dirigentes a movilizar el movimiento obrero. Los dirigentes quieren evitarlo como el diablo evita el agua bendita, hasta que se vean ante de la disyuntiva de dar un paso adelante o enfrentarse a una explosión desde abajo que no puedan controlar. Tenemos que seguir presionando a estos dirigentes, planteándoles exigencias en positivo, llamando a que hagan aquello para lo que se les eligió: defender los intereses de los trabajadores, no sólo en los talleres sino también en el terreno político. Su negativa a hacerlo les desenmascarará ante la militancia mucho más que denuncias estériles desde la barrera. Nuestra actitud no es denunciar a la dirección y poner exigencias poco realistas a las masas para que, como por arte de magia, conjuren una nueva dirección de un día para otro. Nuestra actitud es la de poner exigencias positivas a los dirigentes, mientras que explicamos paciente y consistentemente nuestras ideas y estrategias a la base, para construir una dirección alternativa.

Los años venideros serán convulsivos para el movimiento obrero estadounidense. Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta la mitad de los años 70, los sindicatos se concentraron en la negociación colectiva y ganaron algunos aumentos salariales, mejores beneficios y condiciones de trabajo. Esto permitió que algunos dirigentes se convirtieran en “dirigentes sindicales vitalicios”. Sin embargo, desde aquel entonces, el fin del boom de la posguerra del capitalismo americano significa que los capitalistas están en crisis y que tratan de que los trabajadores la paguen. A la clase dirigente no le queda otra alternativa que imponer políticas de austeridad, utilizando la crisis como excusa para recortar a su mínima expresión los ya de por si míseros servicios sociales. Cambios bruscos y repentinos en el terreno económico y político están en el orden del día y eso va a tener también efectos sociales profundos. Estamos pasando por un período muy diferente del que estábamos acostumbrados. Habrá una creciente polarización acompañada de giros violentos a derecha e izquierda.

Debemos de pasar por la experiencia de la lucha de clases acompañando a nuestros hermanos y hermanas de clase, ofreciendo nuestras perspectivas y planteando en cada momento consignas transicionales adecuadas. En los próximos años, en la medida en que las masas se den cuenta de la realidad de la nueva “pesadilla americana” de bajos salarios, y ante la ausencia de una auténtica alternativa política, muchos trabajadores, desesperados por luchar por defenderse de los ataques patronales, van a mirar hacia los sindicatos para organizarse. Probablemente serán los sindicatos más agresivos y combativos los que organicen a estos trabajadores, y empezaremos a ver un cambio en la dinámica del movimiento obrero. Por ejemplo, los trabajadores jóvenes, inmigrantes, las decenas de miles de trabajadores del automóvil no organizados en el Sur, los trabajadores de centros de llamadas y en otras industrias de servicio, traerán un soplo de aire fresco y de combatividad al movimiento. Se está abriendo una nueva fase en la política de los EEUU y en el movimiento obrero en la medida en que los trabajadores estadounidenses se encuentran entre la espada y la pared y sin ninguna otra alternativa que defenderse luchando. La lucha por un partido laborista de masas jugará un papel clave en este proceso.