
A continuación publicamos el editorial del nuevo número de la revista América Socialista – en defensa del marxismo. (Número 44 – Agosto 2026)
Este mes de julio se cumplen 90 años desde el inicio de la Guerra Civil Española. En esa lucha titánica entre la revolución y la contrarrevolución, millones de trabajadores y campesinos se levantaron y lucharon valientemente contra el fascismo. Y aunque al final fueron derrotados y brutalmente reprimidos, su lucha ha dejado una huella imborrable en la memoria de la clase trabajadora, sirviendo de inspiración para todos los luchadores de clase de hoy.
Al mismo tiempo, mientras este número de la revista va a imprenta, los últimos vestigios de la Revolución de Rojava, en el noreste de Siria, se enfrentan a una crisis existencial.
Además de apoyar a quienes luchan por defender su libertad en Rojava, también debemos tratar de entender cómo se llegó a esta situación. Por eso, los artículos de este número de En Defensa del Marxismo están dedicados a las lecciones de estos importantes movimientos.
Paralelismos
Hay varios paralelismos llamativos entre las revoluciones española y de Rojava.
Primero, ambas estuvieron íntimamente ligadas a una guerra civil, en la que se derrumbó la autoridad del viejo Estado. Tanto en España como en Rojava, ante la destrucción provocada por un enemigo ultrarreaccionario, la gente común tomó las armas y se organizó para defender sus comunidades.
En el proceso, las masas crearon sus propios órganos de democracia de base de los trabajadores y campesinos. Estos tomaron la forma de «comités revolucionarios» o «consejos populares» en los barrios, pueblos y lugares de trabajo, que empezaron a hacerse cargo del funcionamiento de la sociedad.
Entre los importantes logros sociales y democráticos conseguidos en el transcurso de ambas revoluciones, la posición de las mujeres fue fundamental. Las mujeres tomaron las armas y se unieron a las milicias revolucionarias, además de desempeñar roles vitales en la retaguardia.
Ambas revoluciones también tuvieron una fuerte influencia anarquista. La confederación sindical anarcosindicalista, la CNT, jugó un papel protagonista durante la Revolución Española, y las decisiones de sus líderes moldearon los acontecimientos en gran medida. En Rojava, el partido que lideró la revolución, el PYD, se declara fiel al «confederalismo democrático» —la ideología de Abdullah Öcalan—, que se vio muy influenciada por el «municipalismo libertario» del anarquista Murray Bookchin.
Este hilo conductor lo resaltan con orgullo los propios anarquistas. David Graeber, posiblemente el anarquista más influyente del siglo XXI, describió los acontecimientos en Rojava como «uno de los experimentos políticos más emocionantes desde los anarquistas en España en la década de 1930».
Además de reconocer los logros inspiradores y progresistas de ambas revoluciones, debemos enfrentar el trágico hecho de que ambas acabaron siendo derrotadas.
En ambos casos, los enemigos de la revolución recibieron apoyo de potencias extranjeras, mientras que las esperanzas que tanto Rojava como la República Española habían depositado en las llamadas potencias imperialistas «democráticas» fueron traicionadas. Pero su derrota no se puede explicar simplemente con las maquinaciones y traiciones del imperialismo.
Lo más importante es que, en ambos casos, sus líderes frenaron el lado social revolucionario del movimiento para enfocarse en el aspecto puramente militar, y al hacerlo, socavaron ambos.
En España, se impidió que los trabajadores y campesinos se apoderaran de la mayor parte de las propiedades de los terratenientes y capitalistas. Los dirigentes justificaron esto con el argumento de que solo un «Frente Popular» amplio e interclasista, que luchara por defender una república capitalista, podría derrotar al fascismo. Solo después de lograr esto se podría hablar de revolución socialista.
En Rojava, surgió una lógica similar. La milicia YPG y los consejos de base quedaron acorralados por la dirección del PYD, que diluyó el programa de la revolución para asegurar alianzas militares con jeques árabes locales, estados vecinos y el imperialismo estadounidense.
Al final, los líderes de ambas revoluciones siempre le dieron prioridad a los aspectos democráticos formales por encima de las cuestiones sociales y de clase fundamentales que planteaba la lucha. Y en lugar de fortalecer a los dos movimientos, esto los debilitó políticamente, allanando el camino para la derrota.
Este paralelismo no es casual. Los errores de los anarquistas españoles y del PYD en Siria se derivan de los problemas fundamentales del propio anarquismo.
El Estado
El marxismo y el anarquismo se han considerado teorías revolucionarias opuestas desde que ambos existen. Pero con demasiada frecuencia la diferencia fundamental entre ambos queda oscurecida por debates históricos específicos sobre temas como la Primera Internacional y la Guerra Civil Rusa.
La diferencia política clave entre el marxismo y el anarquismo tiene que ver con la cuestión del Estado, que es una parte central de cualquier teoría revolucionaria.
Hoy en día es imposible vivir en sociedad sin toparte con el poder abrumador y omnipresente del Estado. Lo vemos sobre todo en sus ejércitos, la policía, los tribunales, etc., pero también en la extensa burocracia civil, que supervisa e interfiere en casi todos los aspectos de la vida cotidiana.
Lejos de ser un árbitro neutral o un foro para que la población dirija colectivamente la sociedad, el Estado existe principalmente para proteger la propiedad y las ganancias de los patrones y los terratenientes. Ya sea que hablemos de una dictadura militar o de una democracia parlamentaria liberal, el Estado existe para mantener el «orden» —es decir, el orden social de la clase dominante.
Basta con fijarse en los innumerables vínculos entre el gobierno y las grandes empresas, la legislación represiva contra el movimiento obrero en todos los países y el saqueo imperialista de las masas del mundo por parte de una serie de Estados para ver cómo están las cosas. El Estado no es, en el fondo, más que un instrumento de opresión de clase. Si el poder económico de la clase dominante es la base de su dominio, el Estado es el medio indispensable mediante el cual se mantiene ese dominio.
La estrecha conexión entre el Estado y la opresión de la mayoría es algo que reconocen tanto los anarquistas como los marxistas. Donde no se ponen de acuerdo es en la naturaleza de esa conexión y en qué postura debería adoptar la revolución por la que luchamos al respecto.
El debate entre el marxismo y el anarquismo suele presentarse así: por un lado, los marxistas defienden el Estado en general, con su policía, su ejército y su burocracia, pero insisten en que la clase trabajadora debe reemplazar el viejo aparato estatal burgués por uno propio; por otro lado, los anarquistas buscan abolir el Estado por completo en el menor tiempo posible.
Según Graeber, por ejemplo: «Cuando lleguen esos marxistas, la policía seguirá ahí. Probablemente habrá más de ellos, ¿no? Si llegan los anarquistas, toda la estructura cambiará. A la gente le dirán que es completamente innecesaria».
Por eso, los anarquistas suelen referirse a los marxistas como «socialistas de Estado», mientras que ellos son socialistas «libertarios» o «antiestatalistas».
En realidad, esta es una caracterización errónea de ambas posturas.
Marx y Engels estaban explícitamente a favor de la abolición del aparato estatal existente. Todo él. «la clase obrera no puede limitarse simplemente a tomar posesión de la máquina del Estado tal y como está y servirse de ella para sus propios fines», escribió Marx en 1871.
Pero entonces, ¿qué es lo que va a reemplazar al viejo Estado, si es que hay algo? Al escribir sobre la Comuna de París de 1871 —que él aclamó como «la forma política finalmente descubierta bajo la cual llevar a cabo la emancipación económica del trabajo»—, Marx explicó:
«No se trataba de destruir la unidad de la nación, sino por el contrario, de organizarla mediante un régimen comunal, convirtiéndola en una realidad al destruir el poder del Estado, que pretendía ser la encarnación de aquella unidad, independiente y situado por encima de la nación misma, en cuyo cuerpo no era más que una excrecencia parasitaria ».
Engels expresó el mismo sentimiento cuando describió al Estado como un «mal heredado por el proletariado», cuyas peores características deben ser eliminadas de inmediato, hasta que una nueva generación pueda «tirar todo el lastre del Estado al basurero».
Entonces, ¿qué queda del Estado en la visión de estos llamados «socialistas de Estado»? Básicamente, la fuerza organizada de los oprimidos, dirigida contra la resistencia de los explotadores —la «dictadura del proletariado»—, que Engels describió en una carta como «no un Estado en el sentido estricto de la palabra».
Todas estas ideas fueron retomadas y defendidas por Lenin en El Estado y la revolución, escrito apenas unos meses antes de que llevara a los trabajadores rusos al poder en 1917. Y desde entonces han seguido siendo el núcleo del auténtico programa marxista.
El camino anarquista
De lo anterior queda bastante claro que los marxistas, en última instancia, luchan por una sociedad sin Estado, libre de toda opresión. De hecho, irónicamente, esta es la razón más importante por la que los marxistas se oponen al anarquismo.
El anarquismo, que viene del griego antiguo y significa «sin gobernante», suele resumirse como «en contra del Estado» o «la abolición del Estado». Pero, ¿qué propone realmente la teoría anarquista?
Pierre-Joseph Proudhon, el primero en describirse a sí mismo como anarquista, escribió con valentía sobre la necesidad de que el Estado fuera «disuelto», o incluso «destruido». Pero su idea de cómo lograrlo estaba muy lejos de la revolucionaria «destrucción del poder estatal» que proponía Marx.
En lugar de llamar a los trabajadores a levantarse y arrebatarle el poder político a la clase dominante, para luego desmantelar su maquinaria estatal, Proudhon rechazaba rotundamente la lucha por el poder político en cualquier forma. En sus propias palabras:
«La revolución social se ve seriamente comprometida si se lleva a cabo mediante una revolución política».
En cambio, creía que el Estado se disolvería gradualmente mediante la expansión de las cooperativas de trabajadores y las sociedades de ayuda mutua que comerciaran entre sí y asumieran ellas mismas las funciones del Estado. Mientras tanto, el aparato opresivo del Estado seguiría en pie.
Los anarquistas rusos Mijaíl Bakunin y Piotr Kropotkin se diferenciaban de Proudhon en que pensaban que el Estado debía abolirse en el menor tiempo posible. Imaginaban que el Estado sería barrido de un solo golpe por una revolución espontánea, que surgiría del pueblo de una sola vez.
Al igual que Marx, abogaban por reemplazar la burocracia estatal por comunas democráticas establecidas por las masas. Sin embargo, rechazaban la economía planificada socialista como una extensión del poder estatal, y al partido como medio para dirigir y organizar la insurrección.
Según ellos, esto llevaría inevitablemente a la restauración de todos los males del Estado, ya sea un Estado burgués o uno obrero. En cambio, las tareas de la revolución social deberían llevarlas a cabo cada comuna a nivel local, solo con una coordinación espontánea y voluntaria.
Ambos aceptaban la necesidad de contar con alguna fuerza común para defender la revolución, como una milicia obrera, pero insistían en que esta debía estar compuesta por una federación de asociaciones autónomas, sin ninguna autoridad central que impusiera su voluntad a ninguna de sus partes integrantes.
En última instancia, todas las variantes del anarquismo proponen vaciar de contenido al Estado burgués en lugar de tomarlo y desmantelarlo directamente. En este sentido, tanto Bakunin como Kropotkin solo proponían un proudhonismo acelerado.
Siguiendo esta estrategia, la revolución se enfrenta a la resistencia de los explotadores y su Estado de manera puramente defensiva: las comunas solo luchan cuando las atacan, con la esperanza de que el Estado burgués acabe por marchitarse. En Rojava, a esto se le dio el título poético de «la espina que protege a la rosa»: una política de «coexistencia pacífica», que recurre al conflicto violento solo cuando se les ataca.
Pero en Rojava, en España y en la Comuna de París, el resultado de esta estrategia siempre ha sido el mismo: la lucha de clases y la revolución social se detuvieron justo antes de tomar el poder político, dejando al Estado burgués en pie.
En resumen, los marxistas se oponen al anarquismo, no porque los anarquistas quieran abolir el Estado, sino precisamente porque no lo quieren.
Doble poder
Los errores teóricos llevan inevitablemente al desastre en la práctica. Y la estrategia errónea de los anarquistas respecto al Estado se vuelve más evidente y peligrosa precisamente durante los períodos de revolución y contrarrevolución.
En toda revolución, las masas crean espontáneamente órganos democráticos —comunas, consejos («soviets») o comités— para proteger y expandir su movimiento. La creación de estos órganos de masa de la democracia revolucionaria nunca la dicta un solo partido o individuo; surgen naturalmente del movimiento.
A primera vista, esto parece respaldar la adoración de la espontaneidad y el rechazo al liderazgo que a menudo se encuentran en los círculos anarquistas. Pero la revolución no termina simplemente con la creación de órganos democráticos. Con el tiempo, surge una situación de «doble poder» en la que estos órganos se enfrentan al Estado de la clase dominante preexistente.
Una situación de doble poder es fundamentalmente inestable y, al final, se resolverá de una de estas dos formas: o los consejos obreros derrocan al viejo Estado, o la clase dominante recupera el control y aplasta la revolución. La estrategia anarquista, sin embargo, intenta prolongar esta tensión agonizante indefinidamente, con la esperanza de que el «no Estado» acabe por hacer que el viejo Estado sea innecesario. En la práctica, esto es fatal.
En su obra maestra, Revolución y contrarrevolución en España, Felix Morrow escribe:
«Realmente, la colaboración de clases está encerrada en el corazón de la filosofía anarquista. Está escondida, durante los periodos de reacción, por el odio anarquista a la represión capitalista, pero en un período revolucionario de doble poder tiene que salir a la superficie».
En España, los líderes anarquistas se jactaban de que podrían haber tomado el poder en julio de 1936, pero se negaron a hacerlo porque rechazaban el poder político en cualquier forma.
En consecuencia, el Estado burgués —con sus generales, su administración pública y su maquinaria parlamentaria— pudo reagruparse y reafirmarse, revirtiendo las conquistas de los trabajadores y los campesinos. En la ironía definitiva, ¡los ministros anarquistas incluso se unieron al gobierno en noviembre, con la excusa de que, como los trabajadores y los campesinos controlaban las milicias y los comités revolucionarios, el Estado había dejado de ser, en la práctica, un instrumento de opresión de clase!
No es casualidad que los líderes anarquistas terminaran repitiendo las mismas ideas que los socialdemócratas. El anarquismo se convierte en reformismo en la práctica porque ambos defienden la «democracia» en abstracto, por encima de la lucha de clases. Al argumentar que tanto un Estado burgués como uno obrero son igual de malos, no luchan ni por uno ni por el otro, sino solo por la mayor «democracia» posible en general.
El mismo problema surgió en Rojava, donde podría decirse que el Estado burgués era aún más débil. Tras haber liderado la creación de órganos democráticos de autogobierno, el PYD estableció luego un régimen parlamentario liberal por encima de ellos, al tiempo que conservaba el control de ambos.
Graeber planteó explícitamente esta cuestión en 2016, explicando: «Esto es lo que uno esperaría en una situación revolucionaria de doble poder», y agregó que «ambos bandos no solo están aliados […] sino que, de hecho, fueron creados por el mismo movimiento, incluso, en algunos casos, por las mismas personas».
Su único consejo para la Revolución de Rojava fue «formalizar» el acuerdo. Pero el doble poder no se resuelve en el papel. O se derriba a la burguesía y se destruye su Estado, o se derrota a los trabajadores y se destruyen sus consejos.
Lejos de destruir el Estado, el PYD en realidad lo reconstruyó, al tiempo que protegía la propiedad de los grandes terratenientes y capitalistas. Esto detuvo el proceso revolucionario en Rojava, con consecuencias nefastas para los kurdos y para toda la región.
Así, el anarquismo, que es tan revolucionario de palabras en tiempos de paz, se vuelve conservador en tiempos de revolución y guerra civil. ¿Y de qué sirve una ideología revolucionaria que deja de ser revolucionaria en tiempos de revolución?
El bolchevismo
Entonces, ¿qué hay que hacer? Desde la experiencia de la Comuna de París hasta los consejos de Rojava, la conclusión es la misma. La única forma de preservar y expandir el nuevo poder revolucionario de los oprimidos es llevarlos a arrebatar directamente el poder político de las manos de la vieja clase dominante.
El hecho es que lo más cerca que la humanidad ha estado de reemplazar un Estado capitalista opresor por la autoorganización democrática de los oprimidos fue la Revolución Rusa de 1917, liderada por esas bêtes noires del anarquismo: Lenin, Trotsky y el Partido Bolchevique.
El programa bolchevique de abril de 1917 se podía resumir así: «¡Todo el poder a los soviets!» Todas las demás demandas y consignas estaban explícitamente vinculadas a esto. Y esto no fue simplemente una consigna: los bolcheviques realmente lo llevaron a cabo.
Apoyándose en los trabajadores y campesinos revolucionarios, los bolcheviques convirtieron a los soviets en el único poder político del país. Al hacerlo, tuvieron que superar la furiosa resistencia y condena de los otros partidos «republicanos», tanto en Rusia como en el extranjero.
En este sentido, el bolchevismo puede considerarse la unidad entre palabras y hechos. Por el contrario, tanto el reformismo como el anarquismo prometen libertad y democracia, solo para luego limitar la lucha a los horizontes de la burguesía democrática. Y es por esta razón que Lenin sigue siendo un anatema tanto en la sociedad respetable como en los círculos anarquistas.
Pero hay que reconocer que dentro del movimiento anarquista hay alas reformistas y revolucionarias, igual que ha habido muchos reformistas que dicen ser «marxistas». La diferencia clave es que, mientras que un reformista tiene que revisar y distorsionar la teoría marxista para justificar la colaboración de clases, un anarquista que rompe definitivamente con el reformismo también debe abandonar lo más sagrado de lo sagrado para los anarquistas: el rechazo a la dictadura del proletariado.
Damos la bienvenida a todos los compañeros y compañeras que luchan por destruir el Estado burgués y establecer el autogobierno de los trabajadores. Solo añadiríamos que no nos basta con luchar por esto de manera espontánea, a nivel local. Debemos organizarnos internacionalmente y construir un partido revolucionario capaz de poner en práctica estas lecciones.
Esto no es un proyecto para un futuro lejano. Las nuevas revoluciones son inevitables en el período que se avecina. Estemos listos y hagamos realidad la visión de libertad por la que los revolucionarios de España, Rojava y el mundo han dado su vida.
