Combatir el racismo: Luchar por el Socialismo

“Nosotros, negros y socialistas, que luchamos contra el racismo, por la igualdad de todos y por el fin de la explotación del hombre por el hombre y, por lo tanto, por la abolición de la propiedad privada de los grandes medios de producción, no podemos aceptar la propuesta del “Estatuto de Igualdad Racial”. (…) ¡La historia ya ha demostrado que la división de una nación en etnias, religiones, “razas”, sólo puede llevar a la desagregación y a la guerra!”

Declaración de la reunión nacional constitutiva del Movimiento Negro Socialista el 13 de mayo de 2006

Los marxistas luchan por los intereses inmediatos e históricos del proletariado y en todas las etapas de estos combates siempre encuentran el desafío de construir la unidad de los oprimidos y explotados frente a los obstáculos creados por la propia sociedad de clases. Obstáculos que muchas veces son verdaderas trampas, principalmente ideológicas, que crea la burguesía con objeto de mantener su dominación de clase y evitar la revuelta de los oprimidos. El capitalismo en el periodo de desarrollo de las fuerzas productivas creó una de las ideologías más reaccionarias: el racismo.

En nombre de la pseudocientífica tesis de la existencia de “razas humanas”, fueron cometidas las mayores atrocidades contra los pueblos. A pesar de los numerosos avances de la ciencia que prueban de forma cabal que no existen razas humanas, estas teorías son difundidas permanentemente de tal manera que aún es necesario un gran esfuerzo en el combate del racismo.

Desde comienzos de los años 70 del siglo XX se desarrolla de forma amplia una nueva “teoría” en los EEUU que se propone para combatir el racismo. Aunque las primeras cuotas o acciones afirmativas hayan sido usadas en la India inmediatamente tras la independencia, como las reservas de plazas en escuelas y establecimientos públicos para los llamados intocables (dahlits), fue con Lyndon Jonson y Nixon cuando surgieron las acciones afirmativas como política de gobierno de los EEUU. Era una reacción a las movilizaciones por los derechos civiles (derechos democráticos que exigen igualdad) que movilizaron a millones a inicios de los años 60.

Esta política tomó un gran impulso en Brasil tras la llamada Conferencia Contra la Xenofobia, la Discriminación y la Intolerancia realizada en Durban, Sudáfrica, en 2001. Esta política tiene como centro la aplicación de cuotas o reserva de plazas para negros en las universidades públicas, la administración, las empresas, programas de TV etc. Denominadas “acciones afirmativas”, nada tienen que ver con las reivindicaciones de los trabajadores, o con reivindicaciones democráticas, sino que se destinan a perpetuar la competición inherente al sistema capitalista transformando al proletario en ciudadano de la corporación cotada sin relación con su clase u origen social. Crea así otro obstáculo para la organización del proletariado como clase e incentiva el racismo.

La lucha contra el racismo y el “racialismo” (política de creación de leyes y medidas basadas en la supuesta “raza” de cada uno) forma parte de la lucha por la unidad de la clase obrera y por tanto es una tarea de todos los que luchan por el socialismo.

De dónde vino el racismo

En el siglo XX, el racismo científico fue elevado a la categoría de sistema. Fue usado por el nazismo contra los judíos, pero también contra los gitanos, negros y árabes. Estudios sobre el origen del hombre y el ADN buscaban demostrar que los negros eran inferiores, que los árabes eran inferiores. Pero con la derrota del nazismo, en lugar de acabar, estos “estudios” aumentaron. Por algo el racismo es fruto del capitalismo, y no de su cara más repulsiva. En los EEUU se desarrolló toda una literatura, una ideología y una colección de estudios e investigaciones para demostrar que la raza blanca es superior, y que negros, latinos,. Amarillos… son razas “inferiores”, menos “cualificadas”, menos “desarrolladas”. En Brasil, la mayoría de la población es mestiza de negros y blancos, mayoritariamente, y minoritariamente (aunque con una fuerte presencia) de indios. Los estudios genéticos desarrollados sobre los ancestros de la población mostraron que incluso en los “negros” existen antepasados “blancos” e “indios” y en los “rubios” existen antepasados “negros” e “indios”.

No existen razas humanas

La genética probó que las diferencias icónicas de las llamadas “razas” humanas son características físicas superficiales, que dependen de una parte ínfima de los 35.000 genes estimados del genoma humano. El color de la piel, una adaptación evolutiva a los niveles de radiación ultravioleta vigentes en diferentes areas del mundo, ¡se expresa por entre cuatro y seis genes!

En palabras del genetista Sérgio Pena:

“El hecho comprobado de la inexistencia de “razas” debe ser absorbido por la sociedad e incorporado a sus convicciones y actitudes morales. Una postura coherente y deseable sería la construcción de una sociedad desracializada, en la que la singularidad del individuo sea valorada y celebrada. Debemos asimilar la noción de que la única división biológicamente coherente de la especie humana es en “millardos de individuos”, y no en un puñado de razas”.

Receta para una humanidad desracializada”,Ciência Hoje Online, septiembre de 2006

Pero en cualquier redada policial, en cualquier hotel o restaurante, si tu color de piel es más oscuro, eres inmediatamente tratado de forma más brutal o descuidada que si fueras un “blanco”. En las redadas policiales se matan más negros pobres que blancos pobres. Por ello el racismo, al igual que el “sexismo”, el tratamiento diferente a las mujeres, existe y se nota en
cada acción y en cada momento del día a día.

En Brasil, la mayoría de los pobres es negra o mulata, y sólo podría ser así puesto que la población brasileña está constituida mayoritariamente por la mezcla de esclavos y europeos. Es decir, es la herencia de la esclavitud en la formación de Brasil.

El racismo es fruto del enorme abismo económico y social entre las clases sociales y sus verdaderas raíces sólo pueden encontrarse en los tortuosos caminos realizados por el capital en la búsqueda del beneficio.

Dividir para dominar mejor: el racialismo

El imperialismo busca inventar una nueva forma de evitar la revuelta negra y por tanto proletaria. Su objetivo es destruir los movimientos negros que buscan el camino del socialismo y ayudar así a toda la calse obrera. La Fundación Ford, constituída con fondos de una de las mayores empresas mundiales, se formó con el objetivo de promover la “igualdad de oportunidades” (que no tiene nada que ver con la igualdad de derechos) e intervenir directamente en el movimiento negro. La política de “reparación” fue inventada por la Fundación Ford.

Observemos que esto no es sino un nuevo paso de la burguesía americana. Primero incentivaron a Marcus Garvey y su nacionalismo capitalista negro. Intentaron también construir Liberia, en una alianza entre nacionalistas negros y reaccionario blancos con el objetivo de devolver a los negros a África.

Al constituirse el Partido de los Panteras Negras el imperialismo introdujo las drogas y la política de “reparación” para destruirlos. Los blancos, compungidos por haberles esclavizado y explotado, dan a los pobres negros otra “oportunidad”: cuotas para las universidades, para empleos mejores, cuotas para oposiciones a funcionario. En todos los lugares los negros seguían discriminados, pero ahora existía una industria y una forma de “promoverlos”. Revistas para negros, champú para negros, cosméticos especiales para negros, medicinas especiales para negros, puesto que habría incluso enfermedades “de negros”. Incluso esto es mentira, puesto que la “enfermedad de negro”, la anemia falciforme, aparece
en todos los pueblos que sufrieron la malaria durante siglos, sean africanos o asiáticos.

Esta “industria negra” tenía por encima de todo un objetivo político: intentar crear una clase media negra integrada en el sistema capitalista y que lo defendiera ya que la inmensa mayoría de negros en este sistema no tenía nada que perder salvo sus grilletes.

¿Y cómo diferenciar si alguien es negro o no para acceder a todo ello? En los EE.UU. es fácil: basta tener una característica negra para ser negro. Aún hoy la idea de la “única gota de sangre” impregna el imaginario popular, fruto de la racialización social realizada por las leyes Jim Crow. Pero siempre quedan otras formas. El mulato que se hizo presidente (Lula) declaró en un debate sobre cómo reconocer a un negro: “Es sólo adoptar criterios científicos” (¡!).

Sí, el racismo supuestamente científico tiene más raíces de las imaginadas. En la UnB (Universidade de Brasilia) se hace fácil también: coge una foto y ve si es negro. El escándalo del caso de los dos hermanos gemelos, uno declarado negro y el otro blanco por la misma universidad, destruye este criterio. Sobran las palabras.

Actualmente se intenta profundizar la división racial de Brasil con la tarjeta de identificación racial mediante la aprobación en el Congreso de un “estatuto de igualdad racial” que caracteriza a todo el mundo desde la infancia como blanco o negro (afrobrasileño) y exige que todos los niños en la escuela sean declarados blancos o negros. Todo ello “inocentemente” reproduce la forma de clasificación e identificación usada por el nazismo. ¿Y si alguien se niega?

No puede negarse, la ley obliga. Es la institucionalización de las razas. Y todo el que dice que esto es tapar el sol con un colador, crear la división étnica y la catástrofe social, son acusados de aliados de los racistas.

¡Qué ironía! Quienes aceptan e incentivan los conceptos racistas son los “puros” y “abnegados” que “luchan por nuestra raza”. Y quienes siguen combatiendo a los racistas son llamados traidores incluso por algunos que se juzgan de izquierda. Pero de hecho esto es el abandono de la lucha por la igualdad, base de la lucha por el socialismo, y la aceptación del cuadro impuesto por el capital, por los presupuestos públicos orientados hacia el capital financiero y no a las necesidades del pueblo trabajador.

La única salida que la derecha caritativa y la izquierda esclava de las maniobras del capital consiguen ver es la que los “señores blancos”, el capital imperialista, descubrieron: las “cuotas”. La única salida es dividir al proletariado y unirse a la burguesía imperialistas, unirse a la Fundación Ford.

¿Existiría otra salida? Podríamos quizás sugerir algunas:

  • ¿Qué tal prohibir a la policía invadir casas en las favelas de una patada en la puerta sin mandato judicial?
  • ¿Qué tal apresar por racismo al gobernador de Rio de Janeiro que defiende esta acción policial y dice que “la policía debe enfrentar” y que “la mujer de la favela cuando queda embarazada produce bandidos y debería abortar”?
  • ¿Qué tal en lugar de dar 150 millardos de reales a banqueros y especuladores como se hizo de agosto a octubre de 2008, invertirlos en educación pública y gratuita de calidad?
  • ¿Qué tal coger los 150.000 millones de reales y construir casas decentes, calles decentes, servicios públicos y de salud para la mayoría pobre de la población y que, “casualmente”, es negra?

¿Eso acaba con el racismo? ¡No! ¡Pero mejorará la vida de los negros pobres mucho más que cualquier cota en universidades!

El racismo sólo desaparecerá con el fin del capitalismo, pues es una ideología reaccionaria para dividir y explotar más a la clase trabajadora.

El marxismo y las acciones afirmativas

El impulso dado a las políticas denominadas “acciones afirmativas” viene de la ONU, del Banco Mundial y sus seguidores, entre ellos los gobiernos de todos los colores políticos, ONG´s de todas las especies e intelectuales bien remunerados por grandes contribuciones de fundaciones internacionales billonarias como la Fundación Ford.

La necesidad actual de acumulación de capital requiere cada vez más la destrucción de las conquistas de la clase obrera. Es lo que gritan los economistas e intelectuales burgueses cuando afirman que “es necesario contener los gastos públicos”, o “es fundamental flexibilizar la legislación laboral”, etc.

La explotación ilimitada de los pueblos y el desmontaje de los servicios públicos trajeron consigo las medidas compensatorias para evitar explosiones sociales. Junto a la distribución de limosnas se introdujo la política de “cuotas”, que no tienen nada de compensatorias, con el falso argumento de “compensar” las desigualdades.

El argumento “más ilustrado” a favor de las cuotas acabó convertido en el núcleo central de las múltiples variantes del corporativismo étnico típico del pos-modernismo: la relación entre las clases sociales no contendría en su interior las desigualdades raciales, de manera que la superación de la propiedad privada, de la explotación del hombre por el hombre, no implicaría la superación histórica del racismo.

Al mismo tiempo, en la medida en que la revolución fue saliendo de la vida cotidiana de muchas organizaciones tradicionales del movimiento obrero, este hecho fue enturbiando ideológicamente las fronteras entre las clases sociales, retrocediendo muchas de estas organizaciones para un campo cada vez más conservador. Fue éste el contexto ideológico en que la izquierda y las llamadas “minorías” fueron aceptando las cuotas con un argumento no necesariamente nuevo: como la revolución no está en el horizonte, vincular el problema racial a la superación del capitalismo conduciría al inmovilismo.

La concepción subyacente es de un simplismo y pobreza típicos del espíritu rebajado de nuestro tiempo: la política se reduce a la política institucional, la acción transformadora se limita a las políticas estatales y la lucha ideológica queda constreñida en los límites de la ideología burguesa.

La consecuencia más seria es la renuncia a la lucha por la revolución socialista. Para defender su adaptación a las cuotas la izquierda presenta estas políticas como “realistas o como “¡las posibles mientras la revolución no llega!”

Estos son los argumentos que escuchamos por parte de la mayoría de las organizaciones tradicionales e incluso de organizaciones ultraizquierdistas como el PSTU y el PSOL.

Pero las “políticas afirmativas” parten de supuestos rigurosamente incompatibles con la concepción marxista del mundo. En primer lugar, defienden que, a diferencia del pasado, la sociedad contemporánea es mucho más “compleja” (afirmación velada de que sería esencialmente distinta). Por ello sus contradicciones ya no estarían predominantemente determinadas por la forma de producción del “contenido material” de la riqueza social. A diferencia del pasado, hoy la sociedad sería multipolar, con múltiples determinaciones de varios órdenes que se entrecruzarían en un proceso marcado por la fragmentación de las causas y sus efectos, por la inconstancia y la novedad casi infinitas. Se cancela el movimiento predominante ejercido por la producción del “contenido material de la riqueza social”, se retira la universalidad de las determinaciones de clase en las sociedades que conocen la explotación del hombre por el hombre, se separan los procesos de explotación en diferentes y autónomos momentos de “construcción de las diferencias” (siempre valoradas positivamente como democráticas, en contraposición al momento predominante, que se convierte en una categoría “totalitaria”) y se funda la causa última de los procesos históricos en las diferencias particulares, individuales incluso.

Desarma también política e ideológicamente a las fuerzas revolucionarias porque contribuye a la división del proletariado y de los trabajadores. En vez de, por ejemplo, en el caso de las universidades, luchar todos por la universalización de la educación pública, gratuita y de calidad se organiza a los negros e indígenas para luchar por sus cuotas “tomando” una parte de las plazas que el capital (el presupuesto nacional) concede a los “blancos europeos”.

Para el movimiento “cotista” no hay diferencia si los negros y blancos, mestizos o amarillos implicados son obreros, trabajadores o burgueses. Esta contraposición del “corporativismo” de una “raza” contra otra sólo refuerza el racismo inherente a la sociedad de clases, pues lo que contrapone de hecho al indio, el negro o el blanco no es la etnia, sino la dominación de clase y la existencia de la explotación del hombre por el hombre después de tanto tiempo bajo regencia de la propiedad privada. ¿O es que la Sudáfrica post-Mandela dejó de ser racista por contar ahora con una burguesía negra?

Otro argumento ridículo: las cuotas serían una superación, aunque parcial y limitada, de la injusticia inherente al derecho burgués que no puede ir más allá de igualar a los desiguales. Postula que la adopción de cuotas sería un paso en la dirección de “de cada uno según su capacidad, a cada uno según su necesidad”. Esto es una falsificación consciente del concepto socialista, pues esconde y disimula la existencia del régimen de propiedad privada de los grandes medios de producción, o sea, de que la producción de la riqueza ya es social, pero su apropiación continúa siendo privada.

Las cuotas eliminan la pertenencia a una clase. Para las cuotas no importa si el individuo es burgués, trabajador, campesino o proletario. Al igual que la ideología burguesa disuelve al individuo en un ciudadano abstracto, carente de determinaciones sociales, eliminando así las clases sociales, también las cuotas eliminan la pertenencia a una clase social mediante el criterio racista del color de la piel.

Los marxistas deben denunciar y combatir las “políticas afirmativas”, entre ellas las cuotas y todo tipo de política basada en conceptos de “raza” por la función social que ejercen: reproducen y renuevan los prejuicios y el racismo de todo tipo en lugar de combatirlos; fortalecen el particularismo y el espíritu corporativo, desarman y debilitan la crítica revolucionaria de la sociedad y, finalmente, dividen a los trabajadores entre diferentes “razas” creando un nuevo obstáculo que superar en la lucha contra el capitalismo.

Socialismo o barbarie, esta es la encrucijada en que se encuentra la humanidad. Las políticas afirmativas, las divisiones raciales, son una expresión de esta descomposición social que ofrece el capitalismo como única salida. En una época en que la burguesía destruye los fundamentos de su propia obra, la república democrática, y sumerge cada vez más al mundo en el totalitarismo abyecto lleno de guerras y miseria social, nuestra lucha por el socialismo exige más que nunca la defensa de todas las conquistas democráticas, de todas las conquistas de la igualdad. Puesto que ¿qué es el socialismo sino la extensión real y universal de la proclamada y nunca realizada “Libertad, Igualdad, Fraternidad” mediante la retirada de los últimos verdaderos obstáculos materiales para su realización: el régimen de la propiedad privada de los medios de producción y su estado burgués?

Ésta es la lucha que el MNS y la Esquerda marxista realiza en Brasil. Ésta debe ser la lucha de todos los que defienden la lucha por el socialismo.