Argentina: Las Malvinas, el petróleo y la Antártida. Una posición socialista

El problema de la soberanía de las Islas Malvinas ha vuelto a la primera línea del debate político regional. La razón de ello fue el inicio de prospecciones petroleras en las aguas territoriales de las islas por empresas británicas. Esto levantó una oleada de pronunciamientos y protestas indignadas del gobierno argentino y de todos los grupos políticos representados en el congreso nacional, quienes insistieron en el reclamo de la soberanía argentina sobre las islas y sus recursos, y sobre una parte de los territorios antárticos.

Es indudable que el interés del gobierno británico por el supuesto yacimiento de petróleo en Malvinas tiene un carácter imperialista, busca reafirmar su control y soberanía sobre las islas para favorecer el negocio petrolero de las multinacionales, y reforzar su pretensión de colonizar una parte de la Antártida que también reclama como propia por su cercanía a las Islas Malvinas.

Claramente, un elemento añadido a la lógica del imperialismo británico para mantener su posesión sobre las Islas Malvinas es la disputa por la Antártida y sus recursos1, de la misma manera que se expresa la disputa del Ártico por los países nórdicos de Europa, Canadá y EEUU, sin importar el impacto que podría generar en la biosfera el derretimiento de los polos y su expoliación a gran escala por empresas multinacionales para conseguir ganancias fabulosas con la extracción de petróleo y minerales. Sobre este tema volveremos luego.

Breve historia del conflicto de las Malvinas

Desde el punto de vista del marxismo, lo que se conoce como “el problema nacional” o “la cuestión nacional” hace referencia, en general, a la opresión nacional de una parte de la población por otra que ejerce el papel de nacionalidad dominante dentro del mismo Estado. Hace referencia, por lo tanto, a personas y no a territorios; y menos aún a territorios deshabitados.

El problema nacional no tiene nada que ver, entonces, con la ambición de territorios que, históricamente, estuvieron al margen del surgimiento y de la formación de las naciones, que luego éstas reclaman como propios.

Tal es el caso de las Islas Malvinas y la Antártida en relación a Argentina y, mucho más todavía, en relación a Gran Bretaña. Si bien, por la herencia colonial española y por su cercanía geográfica, las Malvinas integraban el territorio argentino, en el momento de su anexión por Gran Bretaña (1832) las islas estaban deshabitadas. No existía, por lo tanto, una población nativa que fuera expulsada o que padeciera una opresión nacional por parte de la nacionalidad ocupante. Unos años más tarde, las islas fueron pobladas con familias de origen británico cuyos descendientes han estado habitando las islas desde hace más de 150 años.

Indudablemente, la ocupación de las Islas Malvinas por Gran Bretaña tuvo un carácter imperialista. Se enmarcó en el avance del entonces naciente imperio británico por todo el mundo, para mejor controlar las rutas de navegación y apuntalar su política comercial colonialista, sustentada en el estandarte del “libre cambio”.

En todo este lapso, los reclamos de los sucesivos gobiernos argentinos no hicieron mella en el imperialismo británico, que se apoyó en la negativa de la población británica malvinense a perder sus vínculos con Gran Bretaña. Sólo a fines de los años 70 un sector del “stablishment” británico comenzó a mostrarse partidario de acceder parcialmente a los reclamos argentinos, otorgando formalmente la soberanía de las islas a Argentina a cambio del compromiso de favorecer a empresas británicas en la explotación de los recursos de las islas y, posiblemente, de aceptar la instalación en las mismas de una base militar británica permanente2. El sostenimiento de unos pocos miles de ciudadanos británicos a 13.000 kilómetros de la metrópoli en unas islas rocosas e inhóspitas parecía una carga demasiado onerosa para una gran potencia en declive, como Gran Bretaña; al tiempo que, la cesión de las Malvinas a Argentina, serviría para reforzar el apoyo interno a la Junta Militar asesina y una forma de agradecerle los servicios prestados en el aplastamiento del proceso revolucionario argentino de 1969-1976 y su importante colaboración con decenas de oficiales en la represión de los movimientos guerrilleros en Centroamérica.

Pero la precipitación de la Junta Militar al invadir militarmente las islas en abril de 1982, para forzar a Gran bretaña a alcanzar un acuerdo rápido sobre este tema, y la posterior derrota de Argentina en la guerra que le siguió, hizo naufragar esa posibilidad. Desde entonces, la pretensión argentina de alcanzar un acuerdo con Gran Bretaña sobre la soberanía de las Islas Malvinas está más lejos que nunca. Y éste sigue siendo el caso.

Las Malvinas y la soberanía nacional

Hay que decir, francamente, que la cuestión de Malvinas tiene una importancia menor en relación a los problemas que enfrenta Argentina y, muy particularmente, nuestra clase trabajadora. Las Malvinas no son un espacio geográfico ni productivo esencial, cuya pérdida trabe o ahogue el libre desenvolvimiento y desarrollo de las fuerzas productivas en Argentina.

Argentina es el 8º país más extenso del mundo. Potencialmente, tiene espacio y recursos más que suficientes para dar satisfacción a todas las necesidades de su población. Pero no es el caso. Más del 30% vive en la pobreza, la mayoría de los asalariados (el 75% de la población económicamente activa) tienen dificultades para llegar a fin de mes, y el 55% de los argentinos carecen de cloacas.

Esto es así porque un puñado de empresarios riquísimos, nacionales y extranjeros, se ha apropiado, durante generaciones, de casi toda la riqueza del país: la tierra, los alimentos, el agua, los recursos naturales (petróleo, gas, minerales), la producción energética, los servicios públicos, las telecomunicaciones, etc. Los empresarios nacionales tiene oculta al fisco, o depositada en el extranjero, una cantidad de dinero equivalente a la deuda pública total argentina, unos 150.000 millones de dólares, extraída con la explotación de la riqueza de nuestro país y de sus trabajadores.

Por eso nos parece completamente ridícula, y una farsa, la indignación que muestran el gobierno de Cristina y la oposición política a su derecha en su reclamo del petróleo de las Malvinas, cuando entregan el petróleo del país a un puñado de multinacionales y a empresarios nacionales, como Eskenazi y Bulgheroni, a quienes sólo les interesa lucrar con estos recursos. La misma impresión nos produce su queja sobre los recursos pesqueros que manejan los isleños, cuando la flota pesquera argentina ha sido diezmada y la mayoría de los recursos pesqueros del país fueron entregados a la explotación depredadora de grandes empresas extranjeras (españolas, japonesas, rusas, etc.)

Unas Malvinas argentinas, sobre bases capitalistas, no cambiaría la situación de la clase trabajadora. No eliminaría el desempleo, la pobreza ni la explotación laboral. Pero, seguramente, serían una fuente de enriquecimiento para una minoría de grandes empresarios, nacionales y extranjeros, que saquearían y expoliarían sus recursos como ocurre con nuestro territorio continental. El principal acto de soberanía que necesitamos impulsar, y mucho más urgente que la posesión de las Malvinas, es por lo tanto el de recuperar Argentina para los argentinos. Todos esos recursos, creados y desarrollados con el trabajo de la clase obrera, deberían ser nacionalizados y puestos bajo control de los trabajadores y el conjunto de la población, para poder planificar democráticamente el desarrollo económico y social del país en beneficio de la mayoría trabajadora y no de una minoría opulenta, como ocurre ahora.

En realidad, el reclamo de Malvinas ha sido inflado de manera artificial durante generaciones, y se ha convertido en una moneda de cambio barata que la clase dominante y los gobiernos de turno se sacan del bolsillo cada vez que tienen problemas, particularmente cuando las masas trabajadoras buscan el camino de la lucha para cambiar su situación de explotación, como ocurrió en marzo-abril de 1982.

Los capitalistas argentinos y británicos defienden los mismos intereses

Detrás del humo espeso del patriotismo y de los reclamos de soberanía, se esconde la verdadera actitud de las burguesías argentina y británica hacia este asunto, que está guiada por el interés mezquino de la ganancia. En realidad, los capitalistas argentinos y británicos se necesitan mutuamente, y se lamentan del ruido organizado en torno a las prospecciones petroleras en Malvinas.

La extracción de petróleo en las Malvinas, para que sea rentable, necesita de una infraestructura de apoyo en la costa continental argentina, para el reemplazo de repuestos y maquinaria de extracción, avituallamiento de los miles de operarios, y para el embarque envasado y primera transformación del petróleo crudo, antes de su exportación. Según Daniel Gerold, consultor de G&G Energy Consultants: “La declaración presidencial [de prohibir la colaboración de empresas argentinas y británicas en la exploración petrolera en las islas. Nota de EM] también subirá los precios de todos los fletes, servicios y seguros que se utilizan en esta clase de exploraciones. Tanto para los ingleses como para los argentinos” (Clarín, 17/02/10). Y añade: “’Lo que hay que hacer es cooperar si se quiere desarrollar algo y avanzar en el terreno diplomático” (Ibid.). A su vez, una reciente Editorial del diario argentino Clarín (12/05/10), afirmaba:

“Para nuestro país, cortados los vínculos comerciales y aislado el territorio insular por el escudo protector fijado por la presencia militar británica y la prohibición del tráfico marítimo entre Malvinas y nuestras costas, [la explotación petrolera de Malvinas] incrementa los costos de la marginación para los intereses nacionales en juego. Por el contrario, la existencia de recursos hidrocarburíferos en la zona podría representar un incentivo para la cooperación transnacional y para el reinicio de un tratamiento bilateral que incluya el tema de la soberanía”. (el énfasis es nuestro)

Esta es la auténtica voz de la burguesía argentina y desnuda perfectamente el nacionalismo de la clase dominante, una cobertura conveniente para ocultar a las masas trabajadoras sus verdaderas intenciones: su deseo de alcanzar un acuerdo con el imperialismo británico para explotar conjuntamente el supuesto petróleo descubierto junto a las costas de las Malvinas.

La actitud de la clase dominante británica es la misma, sólo que expresada en un lenguaje más cínico. Así, el diario británico The Guardian, en un artículo del 5 de abril titulado: Es la hora de cooperar en torno a las islas, decía: “Creemos que Argentina debería iniciar con Londres las negociaciones sobre recursos naturales sin olvidar su reclamo soberano, el cual podría quedar bajo el “paraguas diplomático”, como ocurrió en los 90… Londres, por su parte, debería dejar de tomar decisiones unilaterales en tales actividades económicas hasta tanto se alcance el acuerdo y convencer a los isleños de que las tratativas los beneficiarán.”

En suma, lo que ambas partes vienen a decir es lo siguiente: “entretengamos a la gente con charlas inútiles sobre la soberanía (es lo que debe significar “paraguas diplomático”), no demos pasos unilaterales que enojen a la población argentina e isleña, y alcancemos un acuerdo para hacer negocios juntos, que es lo importante; ya nos encargaremos de convencer a argentinos e isleños de que lo hacemos por su bien”.

No existe una solución capitalista “realista”

El problema de la soberanía de Las Malvinas no tiene una solución bajo el capitalismo que satisfaga a todas las partes en conflicto. Tampoco la burguesía argentina tiene una alternativa a la población de origen británico que habita las islas desde hace más de 150 años, que ha desarrollado una identidad malvinense y no quiere perder sus vínculos con Gran Bretaña. Como socialistas, nos oponemos frontalmente al ejercicio de la violencia o a la compulsión para expulsar a miles de personas comunes que han habitado un territorio durante generaciones; tal como proponen los nacionalistas argentinos más reaccionarios.

No tenemos espacio para tratar a fondo sobre la guerra de las Malvinas de mayo-junio de 1982. Recomendamos fervientemente a nuestros lectores que lean los brillantes análisis sobre este tema escritos por Ted Grant: La crisis de las Malvinas. Los marxistas ante la guerra. Mayo 1982; y por Alan Woods: Las Malvinas, la guerra, la cuestión nacional y el socialismo. Respuesta a Luis Oviedo. Febrero 2004. Ambos están disponibles en nuestra página web www.argentina.elmilitante.org. Sólo nos basta con decir que la invasión militar de las islas en abril de 2002 fue una aventura reaccionaria que tenía como fin desviar en líneas nacionalistas y chauvinistas el malestar acumulado de la clase obrera argentina contra la Junta Militar, que amenazaba con estallar en cualquier momento. A cambio de una “fachada” de soberanía argentina sobre Malvinas, como explicamos en un apartado anterior, la Junta planeaba secretamente otorgar a empresas británicas los recursos de las islas y permitir la instalación de una base militar británica en las islas.

Nuestra corriente internacional se opuso a esta guerra, y denunció al imperialismo británico y a la Junta Militar asesina. Propusimos que las clases obreras argentina y británica se levantaran contra sus explotadores y establecieran un gobierno obrero y socialista en ambos países como única manera de alcanzar una solución amistosa y fraternal, que diera satisfacción al deseo de las masas trabajadoras argentinas de sentir las Malvinas como propias, al mismo tiempo que se resguardaban los derechos democráticos de los isleños que habitaron estas islas durante generaciones.

Una alternativa socialista

No somos nacionalistas, sino internacionalistas. Como socialistas decimos que los Estados nacionales, si bien fueron necesarios en el pasado y jugaron un papel muy progresista contra el atraso feudal y colonial, y para el desarrollo de las fuerzas productivas en el marco de las estructuras del capitalismo; hoy día, en la época del imperialismo monopolista y del dominio del capital financiero, estos mismos Estados nacionales se han transformado en algo reaccionario, que obstruyen el potencial de desarrollo de las fuerzas productivas, y son la fuente de odios, guerras y enfrentamientos entre los pueblos y trabajadores de diferentes naciones que son impulsados por las burguesías de cada país. Lo que se necesita es barrer las fronteras nacionales junto con la propiedad privada de los grandes medios de producción, y avanzar hacia la formación de una federación socialista mundial que posibilite la integración y colaboración fraternal de todos los pueblos y trabajadores en todas partes, y la planificación democrática y armónica de las fuerzas productivas y la riqueza de nuestro planeta.

Es por eso que planteamos en aquel momento, y lo seguimos planteando hoy, que la única solución posible al problema de Malvinas está en las manos de las clases obrera argentina y británica, con el derrocamiento del capitalismo y el establecimiento de una Federación Socialista de ambas naciones que comparta el territorio de las islas. Es posible que algunos digan que esta solución no es “realista”, pero ¿cuál es la solución “realista” que nos ofrecieron hasta ahora? La vía militar se demostró inútil, lo mismo que las conversaciones diplomáticas. Después de 180 años estamos como al principio. Fuera de una política de clase que vincule el problema nacional con la transformación socialista de la sociedad, no hay salida a la cuestión de las Malvinas, y los hechos nos dan la razón.

La disputa de la Antártida

Finalmente, queríamos dejar sentada nuestra posición sobre los reclamos territoriales en la Antártida por Argentina, reclamos que comparte con Chile, Gran Bretaña, Australia, Nueva Zelanda, Noruega y Francia. Como decíamos más arriba, desde el punto de vista del marxismo, el “problema nacional” surge de la opresión nacional de una parte de la población de un Estado por otra, que suele ser la nacionalidad política y económicamente dominante. Tiene que ver con personas y no con territorios.

La Antártida es un continente deshabitado e inhóspito que no jugó papel alguno en el proceso de surgimiento y formación de ninguna de las naciones que existen en el planeta.

De ahí que las ambiciones territoriales de las burguesías argentina, chilena, británica, australiana, neozelandesa, noruega y francesa sobre la Antártida tienen como único fin su colonización y la explotación de sus riquezas minerales y petroleras. Sus demandas no contienen nada de progresivo, por no hablar de las consecuencias medioambientales dañinas para la biosfera que traería aparejadas la explotación industrial capitalista a gran escala de este territorio tan sensible para el conjunto del planeta. El único interés de estas burguesías es reforzar entre su población el sentimiento burgués de prestigio nacional y ofrecer a los grandes empresarios y multinacionales de sus países un campo vasto de desarrollo y enriquecimiento.

El reclamo de territorios en la Antártida, como en el Ártico, tiene por lo tanto un contenido imperialista, no importa que la demanda provenga de países de vieja raigambre imperialista, como Gran Bretaña y Francia, o de países de desarrollo capitalista más atrasado, como Argentina o Chile.

Pero este es sólo un aspecto de la cuestión. Hay otros. Por ejemplo, ¿quién efectuaría el reparto de la Antártida? Todos estos países discrepan entre sí sobre las partes que, supuestamente, deberían corresponderles a cada uno. Concretamente, Argentina y Chile le niegan a Gran Bretaña derecho alguno sobre la Antártida. Una situación similar se dio entre las potencias europeas durante el reparto imperialista de África y Asia entre mediados del siglo XIX y comienzos del siglo XX que provocaron guerras devastadoras, y que culminaron en la 1ª Guerra Mundial. En última instancia, la amenaza de un conflicto bélico entre estos países y potencias por un “reparto justo” de la Antártida, y también del Ártico, estará siempre presente, y por lo tanto la posibilidad de una catástrofe para los trabajadores de todas estas naciones que serían los únicos que pagarían con su sangre y con la pobreza la barbarie que acompaña toda guerra interimperialista, para mejor servir a los intereses de cada burguesía nacional.

Es una abominación y una traición al marxismo y al socialismo, por lo tanto, el reclamo de una Antártida argentina o chilena por organizaciones que se reclaman de izquierda y socialistas en nuestros países.

El continente antártico, como el Polo Norte, es un patrimonio inalienable de la humanidad, y una parte delicadísima del equilibrio medioambiental del planeta. No queremos un nuevo reparto imperialista, a sangre y fuego, que utilice a la clase obrera y a sus hijos como carne de cañón para los negocios capitalistas. Los hechos demuestran que la ONU no puede garantizar el mantenimiento de la Antártida, como tampoco de los territorios del Ártico, como “patrimonio de la Humanidad”, como tampoco puede hacerlo ningún otro organismo burgués de ese tipo, sino solamente el establecimiento del socialismo mundial.